Mediterráneo, por Mariano López

El progreso siempre vino del encuentro con el otro, el forastero, del contacto entre el sedentario y el viajero.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

Estoy en una preciosa playa con la que me entiendo desde hace varias décadas, El Perelló, en la costa de Valencia, junto a una de las salidas al mar de la Albufera. Tengo la suerte de contemplar el mar, disfrutar de la luz, saber que dentro de poco llegará la hora de comer el mejor arroz del mundo -la paella de Casa Chiva- y tener entre mis manos un libro fantástico, que trata, precisamente, de la historia del Mediterráneo. Se llama El Gran Mar y está escrito por David Abulafia, profesor de Historia del Mediterráneo en la Universidad de Cambridge. Narra la historia de los pueblos del mar, desde los primeros navegantes de las Cícladas, hace trece mil años, hasta la llegada de los vuelos de bajo coste a las islas, el topless a las playas y la eclosión de los cruceros turísticos. Es una historia apasionante, escrita con la erudición propia de un historiador y la necesidad de síntesis que caracteriza a los matemáticos; una narración que se detiene en los encuentros y, sobre todo, en los conflictos, porque -sostiene Abulafia- la unidad, la identidad del Mediterráneo radica en su capacidad de cambiar y girar igual que un remolino: es el mar de la diversidad y -al mismo tiempo- el de la proximidad. "Las costas opuestas del Mediterráneo -escribe- están lo bastante cercanas la una de la otra como para facilitar los contactos entre ellas, pero lo bastante apartadas como para permitir el desarrollo de sociedades distintivas, no solo bajo la influencia de los territorios de su interior sino también bajo la influencia de la costa al otro lado del mar".

El primer latido del gran mar lo sitúa Abulafia en lasislas Cícladas de Grecia. Se sabe que en el año 11000 a.C. llegaron navegantes de origen desconocido, pero cercano, a la isla de Melos, en busca del vidrio volcánico: la piedra de la obsidiana, fácil de laminar y desgajar en lascas cortantes y puntiagudas, útiles como armas o como herramientas. A la búsqueda de la obsidiana siguieron otros móviles que espolearon la navegación: el cobre, el estaño, los caballos que se domaban en Troya, la cerámica de las Cícladas... Los artesanos de las Cícladas fueron los primeros que demostraron gran preocupación por las proporciones del cuerpo humano: "Sus obras -dice Abulafia- desprendían un sentido de la armonía que no tiene equivalente en otras esculturas monumentales de la época, ni en Malta, ni en el reino antiguo de Egipto, ni tampoco en Mesopotamia".

Fueron los fenicios y los griegos de Eubea los primeros que navegaron por todo el Mediterráneo, desde Ugarit hasta Málaga y Cádiz, desde los sagrados bosques del Líbano hasta los territorios de Tartessos y de Gerión, donde las columnas de Hércules ayudaban al gigante Atlas a sostener el cielo. Lainfluencia de los pueblos del mar sobre los íberos, escribe Abulafia, dio nacimiento a dos características fundamentales de la España moderna: el vino y la aceituna. También nació de esta influencia la escultura íbera más famosa:la Dama de Elche, el busto de una diosa o de una sacerdotisa, una joya que recoge cánones griegos y cartagineses y el propio gusto artístico de los íberos, que nunca compartieron el placer de los griegos por reproducir el cuerpo desnudo. Tenían preferencia por los relieves y alcanzaron un nivel de sofisticación, según Abulafia, solo sobrepasado, entre los pueblos indígenas del Mediterráneo occidental, por los etruscos.

Durante siglos, diosas y dioses viajaron en la bodega de los barcos junto a los cereales, la plata, la salsa de pescado cartaginesa, la escritura y una idea cosmopolita del mundo y de la belleza. Los barcos navegaban durante la primavera y el verano, solo con buen tiempo. "Lo más probable -narra Abulafia-es que desde las costas del Líbano siguieran una ruta por el norte, pasando junto a Chipre, Rodas y Creta, antes de salir a mar abierto y cruzar el Jónico navegando por el sur de Sicilia, el sur de Cerdeña, el sur de Ibiza, hasta el sur de la Península Ibérica". Algunos barcos tenían ojos pintados en la proa mientras que los últimos tablones del alcázar de popa formaban la cola de un pez.

La vida de los pueblos del mar, subraya Abulafia, no era fácil. En cada puerto eran considerados extranjeros, gentes que hablaban otra lengua, vestían diferente, profesaban otras religiones. Fueron los viajes de estos permanentes forasteros los responsables de que el Mediterráneo sea la porción de agua que más ha contribuido a transformar y a enriquecer la historia de la humanidad. El progreso siempre vino del encuentro con el otro, el extraño, el desconocido, del contacto entre el sedentario y el nómada, el residente y el viajero.

Y todo fue en este mar, que ahora acoge con su indolencia veraniega a miles de turistas. Aquí nació el turismo. Aquí han nacido tantas historias como para que resulte pequeño el título de Gran Mar. Un mar que conforme pasan los años me va atrayendo más y más, como si por fin escuchara cantar a las sirenas cuando me duermo con el ruido acompasado con que se rompen las olas. Hoy toca paella y después helado -de Llinares- y horchata con fartons. Mañana seguiré con El Gran Mar, con el capítulo que habla de Ramón Llull, autor de un álgebra para demostrar que los cristianos, los musulmanes y los judíos adoraban a un Dios común, un claro caso de pasión y de talento, de los que solo define con precisión una palabra: mediterráneo.