Medina Azahara, capital del mundo en el año 1000, es declarada Patrimonio Mundial

Manuel Mateo Pérez
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Las leyendas románticas nos han hecho creer que Medina Azahara es el regalo que un ardiente enamorado encargó para enaltecer a su favorita. Pero no es así. Medina Azahara fue el más elevado ideal del autoproclamado califa Abd al-Rahman III por construir una ciudad desde la nada y convertirla en el centro del mundo. Así de categórico. Y es que al filo del año 1000 al-Andalus era ese centro del mundo. Cuando París y Londres eran insignificantes ciudades abstraídas en las oscuridades del Medioevo, Córdoba era la capital de Occidente a pesar de que sus ciudadanos profesaran la religión islámica. Córdoba, entonces, iluminaba sus calles a la caída de la noche, tenía una red de saneamiento de la que carecía cualquier urbe de entonces, pavimentaba sus plazas y mantenía abiertas madrazas (universidades) y cientos de baños públicos para la higiene física y espiritual de sus habitantes.

Este domingo Medina Azahara ha sido declarada por la Unesco Patrimonio Mundial. El comité de expertos reunido en Baréin, en el Golfo Pérsico, subrayó el significado histórico y el valor patrimonial de este conjunto arqueológico ubicado a ocho kilómetros de Córdoba, en las suaves laderas que descienden desde Sierra Morena buscando las orillas del Guadalquivir, el río mayor de Andalucía.

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Madinat al-Zahra, castellanizada con el nombre de Medina Azahara, significa "la ciudad brillantísima". Sus alarifes pusieron sus primeras piedras en 936 y para 944 buena parte de la ciudad había sido construida. Medina Azahara no era un palacio: Fue una ciudad extendida a lo largo y ancho de ciento quince hectáreas ordenadas en tres terrazas, la superior destinada al Salón del Trono y la residencia del califa y su familia, la segunda dedicada a los edificios administrativos, políticos, religiosos y financieros, y la tercera y última, la más próxima al río y su puerto fluvial, dispuesta para acoger a los habitantes, los militares y los artesanos.

Para incentivar la llegada de nuevos vecinos el califa concedió cuatrocientos dírhams a cuantos súbditos se establecieran aquí con sus familias. A la muerte de Abd al Rahmán III en 961 su hijo al-Hakam II continuó las obras de ampliación en Medina Azahara. La historia le ha concedido un lugar de honor por su afición a la bibliofilia. Se dice que su biblioteca era la más grande del mundo y que poseía un séquito de bibliotecarios que la ordenaban. El califa pedía a sus embajadas que en lugar de regalos inútiles les trajeran libros de todos sus lejanos países de origen. Pero la muerte de al-Hakam II en 976 supuso el principio del fin de la dinastía omeya que había gobernado la capital de al-Andalus desde mediados del siglo VIII. A su muerte le sucede su hijo Hisam II, inútil, acomplejado e incapaz. Al frente de su gobierno se sitúa el caudillo Almanzor que erige su propia ciudad, Madinat al-Zhaira, cuyo emplazamiento aún se sigue discutiendo. Almanzor extiende las fronteras de al-Andalus a la práctica totalidad de la península ibérica. Llega incluso a saquear Santiago y a hacerse con las campanas del templo del apóstol. Aseguran que las trajo a Córdoba y con su bronce fundido modeló las lámparas de la ampliación que él promovió en la Mezquita.

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Su muerte desató una cruenta guerra civil y con ella el saqueo, el escarnio y el olvido de Medina Azahara. La historia a partir de entonces ya es conocida. Las taifas, la llegada de los almohades y los almorávides y la última estrella blanca que representaron los nazaríes de Granada pusieron fin a ocho largos y caudalosos siglos de dominio hispanomusulmán. Hoy de aquel periodo de un renacimiento temprano nos quedan conjunto arqueológicos como Medina Azahara, la ciudad efímera que apenas se mantuvo en pie un siglo pero que constituyó el sueño de un califa por convertir ese lugar en capital del mundo.