Medina Azahara, camino de ser Patrimonio Mundial

Enamórate de la ciudad que brilla. Ese es el lema que Medina Azahara ha elegido para dar a conocer su candidatura para convertirse en Patrimonio Mundial.

Manuel Mateo Pérez
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Foto: ribeiroantonio / ISTOCK

La Unesco evaluará la única candidatura que presentará España el próximo año 2018. La ciudad palatina, mandada construir en el siglo X por el autoproclamado califa Abd al-Rahman III como residencia de su poderosa corte, aspira a entrar en el club de los lugares universales del mismo modo que entró hace años la Mezquita y la Judería de Córdoba. Hoy el conjunto arqueológico, situado a ocho kilómetros de la capital, ha fortalecido su oferta cultural desde la apertura del museo que proyectaron los arquitectos Nieto y Sobejano. El nuevo edificio es la puerta de entrada al conjunto, salas donde se exhiben alguna de las piezas arqueológicas más ricas de la ciudad perdida y donde se proyecta una película que nos hace retrotraernos en el tiempo, viajar mil años antes, para revivir la grandeza de una ciudad que entonces no tenía rival alguna en el mundo conocido.

A los historiadores les gusta repetir que mientras París y Londres eran dos insignificantes aldeas Córdoba era la capital del planeta, pavimentaba sus calles, alumbraba sus plazas a la caída de la noche y mantenía abiertos centenares de baños para la higiene física y espiritual de sus ciudadanos. Córdoba era además la capital del pensamiento y de la ciencia, la heredera de Roma que ostentó en este mismo lugar una de sus capitales más importantes.

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Cuando la dinastía omeya entró en Córdoba y se hizo con el poder que habían ostentado los visigodos hasta el siglo VIII la ciudad volvió a recuperar el esplendor de su pasado imperial. Fue su segundo renacimiento. Entre  los años 921 y 961, durante sus últimos treinta años en que se autoproclamó califa, Abd al-Rahmán III quiso construir una ciudad desde la nada. Desplazó el poder desde la capital cordobesa donde habían gobernador sus antepasados a una ciudad hecha para subrayar su inmenso poder. La leyenda nos ha hecho creer que Medina Azahara fue el capricho de un poderoso gobernante hacia su más deseada concubina. Pero no es así. Medina Azahara fue una ciudad que nació para impresionar y demostrar la supremacía de un gobernante y de su pueblo frente a sus antagonistas y belicosos contrincantes. 

Pero fue una ciudad efímera. Ni un solo siglo permaneció en pie. Tras la muerte del último califa, el pusilánime Hisham II, una guerra civil acabó con aquel sueño de lujo y mármol. Durante siglos Medina Azahara permaneció oculta y desconocida. Los viajeros románticos la denominaban "Córdoba la vieja" y muchos anticuarios buscaban en ella materiales con los que engrandecer sus nuevas construcciones. Las tareas de recuperación comenzaron en 1911, mucho tiempo después que en otros conjuntos arqueológicos españoles. Desde entonces los trabajos no han cesado y el visitante obtiene una idea íntegra y general de la grandeza de aquella ciudad.

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Entre el Museo de Medina Azahara y el conjunto arqueológico hay un servicio de lanzaderas continuo. Una vez en la vieja ciudad hay que dirigirse al Salón Rico, recuperado con piezas originales y una escenografía que nos hace retrotraernos en el tiempo e imaginar el solio del califa frente a las embajadas absortas y empequeñecidas por la grandeza y la suntuosidad que los rodeaban.

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