Mata Mua, érase una vez, por Luis Pancorbo

Creo que todo cuanto se dijo y se vendió acerca del exotismo de Gauguin no fue sino espuma de un paraíso.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Todo mejorará: es lo mínimo que augurar en la primera luna de este año. También se podría decir Mata Mua,érase una vez. Esa frase en maohi, el idioma de los antiguos tahitianos, es el título de un cuadro magistral, pintado por Gauguin en 1892, que se puede ver en la exposición permanente del Museo Thyssen de Madrid. Mata Mua no viajará de vuelta a algún museo del mundo, como otros cuadros que han integrado la exposición Gauguin y el viaje a lo exótico, un recorrido impresionante por la exploración de Gauguin y la no menos original de Matisse, Kandinsky, Klee...

Pero es Gauguin, el salvaje, el que atrae una y otra vez, como si fuese un vampiro del tiempo, de la sangre ocre, de los continentes lejanos y los afectos relativos. Es el Gauguin que un día se cansa de Europa, incluso de la entonces exótica Bretaña donde pintó la pelea memorable entre Jacob y el ángel, presenciada por vahinés bretonas, unas que parecen casi brujas con sus cofias blancas. Ese cuadro es de 1888 y tres años después Gauguin rompe con todo eso, y puede que consigo mismo, poniendo rumbo a la Polinesia Francesa. Es el Gauguin de la rabia, la desazón y la torva faz, cual la de un nuevo Odiseo que se encara con los troyanos: "...y estando yo vivo, pretendíais a mi esposa; sin temer a los dioses que habitan en el vasto cielo, ni recelar venganza alguna de parte de los hombres. Ya pende la ruina sobre vosotros todos".

Pero donde pendía la ruina era sobre Mata Mua. A finales del siglo XIX Tahití no era el paraíso que Bougainville ya había visto muy perjudicado un siglo antes. Ese primer viaje de contacto de los franceses llevó las semillas del choque cultural y el principio del fin del amor en corro y del comunismo de los frutos y objetos. A finales del siglo XIX Gauguin busca otra cosa que exotismo. Érase una vez subraya la tristeza del paraíso perdido con unas vahinés inmóviles, vestidas de blanco, y al fondo del cuadro otro grupito que parece andar adorando a un tiki, un ídolo de piedra posiblemente de Hina, la diosa de la luna. En otro cuadro suyo, Matamoe ("Muerte"), un hombre empuña un hacha a falta de guadaña. Refundando su pintura, Gauguin la hace más torva que nunca en ese sentido homérico, ulisiano, combativo, que le marcaba. El de la torva faz arremete contra planos y colores, y saca unas vahinés como estatuas vivas, piedras cobrizas dueñas de una tristeza antropológica que acongoja a quien conozca un poco la exuberante belleza de aquellos mares y tierras.

En 1895 Gauguin hace un segundo viaje polinésico y se afinca en Atuona (Islas Marquesas). Su pintura ya era más torva y vidriosa que nunca, pese a sus relaciones con las isleñas. Fuera ya de toda ley, tenía como enemigos mortales al cura y al gendarme del pueblo. Sobre su tumba en el camposanto de Atuona, cerca de la de Jacques Brel, se ha colocado una réplica de su escultura Oviri, o "Salvaje". Es lo que era. En parte.

EnNoa Noa ("Fragancia"), un relato de 1893-94 sobre su primera estancia en Tahití, Gauguin combina la exaltación con confidencias cotidianas, como cuando habla de que se levanta temprano y va a bañarse a un arroyo: "¡Paraíso tahitiano, ‘nave, nave fenua'': tierra deliciosa!". Creo que en el fondo Paul Gauguin era un pintor de una tristeza inconmensurable. Todo cuanto se dijo y se vendió hasta el empacho acerca de su exotismo, de su sensualidad, de las vahinés ardientes, no fue sino espuma de un paraíso, tanto el tahitiano como el marquesano, donde quizá no hubiese resistido tanto los estragos de la sífilis, la gangrena en una pierna y la lepra que padecía sin recurrir a la morfina.

Sin embargo, ese falso exotismo de Gauguin es lo que ha preponderado, lo mismo que el de Murnau, el que capta con su cámara la inocencia de los nativos en Tabú. Una historia de los Mares del Sur (1931). No se trata de que esos y otros artistas europeos no fuesen conscientes de los defectos de aquellos isleños, sino de su íntima convicción de que el pecado original no pesaba como un plomo sobre las conciencias en los Mares del Sur. Gauguin, en 1892, también podía inclinarse como un junco ante la realidad, acatarla, al pintar a dos mujeres sentadas en la hierba y hablando de sus cosas: Parau Api ("¿Qué hay de nuevo?"). Pues que el mundo, como el año, recomienza.