Marmaray, por Mariano López

Fue el sultán Abdul Hamid II el primero que soñó con un tren bajo el mar, como el que acaba de ser inaugurado.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

Cuando Phileas Fogg dejó su domicilio en Londres -en el número 7 de Saville Row- para dar la vuelta al mundo, solo llevaba como equipaje unas mudas, algo de dinero y una guía de trenes. Durante años, los barcos de vapor que transportaban viajeros no habían modificado sus rutas ni el tiempo que empleaban en recorrerlas, así que la clave de su viaje y de su apuesta estaba en los trenes. Fogg creía que iba a poder cruzar la India en tren, de Bombay a Calcuta, y casi lo consigue. Solo tuvo un fallo, entre Kholby y Allahabad, donde tuvo que recurrir a un elefante porque las vías aún no estaban tendidas. Un error impropio de una guía como la que llevaba: la Bradshaw Continental Railway, más de 200 páginas que precisaban los horarios y paradas de 150 líneas de ferrocarril en todo el mundo. Para muchos, una obra tan prolija y laboriosa como inútil; para Phileas Fogg, una verdadera biblia, el libro de cabecera de todo buen viajero.

Julio Verne afirmaba que el silbato de una locomotora era "más poderoso -escribió- que la lira de Anfión", el dios griego que levantaba murallas con su música. Así que si hubiera esperado diez años más para escribir La vuelta al mundo en 80 días, habría embarcado a Phileas Fogg en el Express D''Orient, luego conocido como Orient Express, el primer tren de lujo que cruzó Europa de París a Estambul. Una revolución que en 1883 atravesó, por primera vez, la Francia de Sadi Carnot, la Baviera de Luis II, la Hungría de Francisco José, la Bulgaria de Fernando I y la Rumanía de Carol I hasta llegar a la capital de la Sublime Puerta, Estambul, gobernada por el último gran califa del imperio otomano, el sultán Abdul Hamid II, por sus súbditos respetado como La Sombra de Dios en la Tierra.

Fue Abdul Hamid II el primero que soñó con un ferrocarril bajo el mar, como el que ahora, 150 años después, se acaba de inaugurar. El sultán era un gobernante autoritario y despiadado, que, según algunas crónicas, demoró varias décadas el progreso en Turquía. Salvo en lo relativo al tren. Durante su mandato se construyeron más de 4.000 kilómetros de línea férrea en diferentes partes del Imperio; se levantó la bellísima estación de Estambul, para recibir al Orient Express; se inauguró el funicular entre Gálata y Pera, el segundo transporte suburbano más antiguo del mundo, después del Metro de Londres; se creó la compañía ferroviaria encargada de unir Estambul con La Meca y Medina, las ciudades santas del Islam; y se comenzó la línea que debería haber conectado Scútari, en el lado asiático de Estambul, primero con Bagdad y posteriormente con el Golfo Pérsico.

Faltaba un puente, o un túnel, que permitiera al ferrocarril cruzar de Europa a Asia, por el Bósforo o por el Mar de Mármara. Ninguna de las dos obras le pareció imposible al sultán. Encargó la construcción del puente a los alemanes y el túnel a los franceses. Ambos proyectos llegaron a tener nombre y hasta un plano con su teórico emplazamiento, pero nunca llegaron a pasar del papel. El sultán murió y el imperio, que se extendía desde Libia hasta Yemen, de Budapest a Bagdad, de Crimea a El Cairo, comenzó a resquebrajarse. El puente sobre el Bósforo tardó casi un siglo en ser construido -las obras finalizaron en el año 1970- y el túnel se acaba de inaugurar.

"Hoy realizamos los sueños de hace 150 años, uniendo dos continentes y a la gente de esos dos continentes", dijo el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, en la inauguración del túnel que une Europa y Asia, una obra colosal denominada Marmaray (de "Mármara" y "ray", tren en turco) que se sumerge en el lecho del Mar de Mármara durante casi un kilómetro y medio, a una profundidad máxima de 62 metros, 20 metros más de los que alcanza el túnel bajo el Canal de La Mancha. Una obra que ha contado con financiación japonesa y que ha sido en buena parte construida por la corporación japonesa Taisei, lo que motivó que el primer ministro japonés, Shinzo Abe, también estuviera presente en la inauguración y pronunciara unas palabras. "Japón y Turquía -dijo Abe- son las dos orillas de Asia. Vamos a soñar juntos con un tren de alta velocidad que salga de Tokio y llegue a Londres, pasando por Estambul". Este año, el túnel del Mármara acogerá trenes de carga y de cercanías; en el 2015 estará más cerca el sueño de Abe: el túnel permitirá el paso de los automóviles y de los trenes de alta velocidad.

El éxito del Marmaray parece haber despertado una auténtica fiebre ferroviaria al otro lado del Bósforo. Railway Gazette International informa que está avanzando la línea Estambul a Islamabad, que permitirá realizar el viaje entre la puerta de Turquía y la de Pakistán en diez días, siete menos de los que se suele tardar por carretera. Desde Estambul, también se podrá llegar, por tren, hasta el puerto de Bandar Abbas, al sur de Irán, en el estrecho de Ormuz, y bordeando el Caspio está creciendo otra línea que llegará hasta Almaty, en Kazajistán. El gigante chino también ha echado el ojo a las vías y acelera para completar el tren entre Urunqui y Turquía, restaurando, por línea férrea, la Ruta de la Seda.

Hay aviones, barcos y satélites, pero el mapa del mundo sigue rellenando sus arterias con vías de ferrocarril. Una ventaja para muchos viajeros, que dentro de muy pocos años podrán echar una ojeada al mundo tal y como soñaron Phileas Fogg y el sultán: de tren en tren. Bastará con una muda, algo de dinero y una guía Bradshaw, o quién sabe si, para entonces, será una guía Viajar.