Mariló Montero, periodista

Subdirectora y presentadora de "La mañana de La 1", para esta navarra, nacida en Estella en 1965, el mundo está a pocas horas en avión y no quiere perdérselo. Más partidaria de mochila que de maleta, le encantaría conocer todos los rincones del mundo, para refugiarse en una cabaña de África cuando sea mayor y esté ya de vuelta.

Javier del Castillo
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Foto: César Lucas Abreu

Los azulejos de los salones del restaurante Pedro Larumbe de Madrid -antes salas de reuniones del diario ABC- le dan ese toque andaluz que esta mujer navarra ha incorporado a su vida en los últimos años de residencia en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Por un momento, parece estar posando para Julio Romero de Torres, en vaqueros y con una chaqueta azul marino. A la reina de las mañanas de TVE, tan acostumbrada a mirar a cámara, no parece incomodarle tener que girar ahora esa mirada hacia los destinos que le han dejado más huella, empezando por su primer viaje profesional a Costa Rica. Con la simpatía y espontaneidad que la caracterizan, Mariló Montero recrea esas experiencias viajeras que la devuelven de nuevo a Estella, tras hacer escala en Sanlúcar y Sevilla.

A los 19 años hizo las maletas y se fue a Costa Rica a trabajar en Univisión. ¿Ha sido el viaje de su vida?

Ese fue un viaje físico y espacial. Me hicieron una oferta y en ese momento sentí la necesidad de salir de Estella. Fue una aventura maravillosa. Me fui con una maleta llena de libros y un poquito de dinero que me dieron mis padres, para tirar el primer mes.

¿Quería conquistar América?

Fui a conquistarme a mí misma. Aprendí a administrarme con los 19.000 colones que ganaba, a hacer televisión y a vivir sola.

¿Qué recuerdos guarda de su estancia en Costa Rica?

Identifico Costa Rica con el antiguo hotel en el que estaba la sede de Canal 2 Univisión, con una gran piscina en el centro, rodeada de plantas tropicales y con un balcón corrido alrededor de la primera planta, donde estaban los despachos y la redacción de los programas. Tengo ese edificio clavado en la memoria porque me dio la independencia, la vida y la sabiduría.

A pesar de los años transcurridos, Mariló describe con gran lujo de detalles algunas historias vividas en el país centroamericano. Como si le hubieran ocurrido antes de ayer. Además, lo hace con un entusiasmo y una emoción no exentas de nostalgia: "Vinieron a verme mis padres cuando ya llevaba dos años allí y les llevé a los sitios que pudieran resultarles más atractivos. Mi padre se reía con aquella vegetación y le decía a mi madre: ‘Mira, Mari Carmen, qué hojita para separar las páginas de un libro''. Las hojas eran sábanas de dos metros. Nunca olvidaré la felicidad que sintieron mis padres en aquel viaje".

¿Cómo eran los escenarios de su infancia?

Nosotros vivíamos a las afueras de Estella, junto al matadero municipal del que mi padre era administrador, y yo me iba andando hasta el molino que tenía mi tío Luis en Villatuerta. Era un viaje fascinante. Allí pasaba momentos maravillosos pescando cangrejos y bañándome en la alberca. En mi memoria siguen estando presentes el musgo y las hojas secas del otoño.

Ha vivido en Miami. ¿Conoce bien América?

Conozco EE UU, Guatemala, El Salvador, Honduras, Panamá, México, Puerto Rico y quiero ir a Argentina. Después he estado en Camboya, India, Irán, Turquía, Alemania, Francia, Bélgica, Dinamarca, Italia, Portugal, Grecia, Laponia y África, un continente que me tiene enloquecida.

Algún viaje en concreto al continente africano...

Estuve con mis hijos, Alberto y Rocío, en Benín, conociendo el trabajo que realiza allí el padre Ángel, a través de Mensajeros de la Paz.

¿También cree que, para comer, ningún sitio como España?

A mí me gusta comer todo lo que me ofrecen. El mejor pan lo he comido en África. También he comido muy bien en Estados Unidos. En Sudáfrica tampoco se come mal... En Camboya he comido insectos, pero Asia es más difícil para mí porque las especias no me caen bien al estómago. En Laponia comíamos carne de reno, puré y mantequilla. España es el país donde mejor se come del mundo.

¿Le gusta viajar ligera de equipaje?

Las mujeres cuando nos ponemos a hacer maletas somos atómicas. Empiezas a meter cosas, por si acaso... Las llamo maletas porsi. Y luego no usas nada. Yo como más a gusto viajo es con mi mochilita y mis botas de montaña.

Por cierto, ¿sigue practicando deportes de aventura?

Me encantan el puenting y el submarinismo. Cuando regrese a Sudáfrica volveré a hace puenting. Me sube la adrenalina. También he corrido los encierros de Estella, aunque los de Pamplona los veo en un balcón de la calle Estafeta. Allí absorbo la adrenalina exhalante de los corredores.

¿Un medio de transporte?

El tren, porque desde la ventanilla vas viendo realmente la fisonomía y el entorno de la ciudad a la que te diriges. También me gusta el avión. Como dijo la autora de Memorias de África, es necesario conocer un país desde el aire para comprenderlo desde la tierra.

Viajar sin prisas y con diversión
"Mi trozo de cielo está en Sanlúcar"

A la estrella de las mañanas de TVE le encanta sentarse en el jardín de su casa de Sanlúcar de Barrameda para ver los atardeceres, callejear cuando viaja a Viena y Roma y sentarse a leer en la librería Shakespeare and Company, en París: "Cada uno tenemos un trozo de cielo, y el mío está en Sanlúcar de Barrameda. Mis atardeceres del verano son ese trocito de cielo que grabó Spielberg para El imperio del sol. Me emociona, me encanta. No se mueve el tiempo, no tienes prisa, te quedas esperando a que el Sol se esconda...". Los viajes de esta navarra son también una buena excusa para disfrutar con sus amigas. Cada año organizan una escapada de varios días, casi siempre a ciudades europeas: "Es un viaje que llevamos haciendo desde hace quince años. Solo para chicas, y nos lo pasamos de maravilla".

¿Con qué ciudad europea se quedaría?

París es una belleza y el centro de Roma tiene cosas muy bonitas, pero si tuviera que irme a vivir al extranjero, me iría a Nueva York.

¿Un lugar para desconectar o retirarse algún día?

Una cabañita en África, donde escribir, recibir a mis amistades, pensar y morirme en paz. Y una escuelita también cerca para trabajar con los críos y hacer con ellos un periódico.