Marienbad, por Luis Pancorbo

Del viejo balneario letón de Marienbad quedan sobre todo viejas fotos y objetos en el museo de Jurmala.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Es un nombre, Marienbad, que resuena desde el siglo pasado y que es sinónimo de sitio donde no pasa nada más que el tiempo triturándose a sí mismo. Alain Resnais hizo su película El año pasado en Marienbad, inspirada en el éxito del nouveau roman del mismo título de Alain Robbe-Grillet. En los años 60 gustaba ese tipo de novela y de cine, quizá porque no se entendía, siendo su intento la disgregación cognitiva, espacial, sentimental. Roer más y más virutas al ser y la nada. El Marienbad original, un balneario checo, evocaba un lugar con colores de agua donde todo podía suceder -incluso el amor-, aunque también lo contrario.

En el Marienbad de Bohemia (los Baños de María, o Mariánské Lazné, en la actual República Checa), Goethe sufrió de unos amores que no sanaban las aguas locales. Escribe en su célebre Elegía de Marienbad: "Ya perdí el Universo y me he perdido a mí mismo, yo, amado de los dioses...". Todo no se puede tener: amor, dinero, salud y talento goethianos. El propio Joseph Conrad fue cliente del mítico lugar. El caso es que el éxito de Marienbad llegó hasta Dubulti, en las afueras de Jurmala, la capital de la Riviera de Letonia. Aún se ven los restos de la Haus Marienbad, un balneario de finales del XIX al que las diversas guerras y desastres han reducido a una cáscara. Fue en 1870 cuando inauguró Haus Marienbad el dinámico doctor Johan Christian Norstrom, inspirándose en las técnicas salutíferas que se aplicaban en el balneario checo. Su fin era atraer a los ricos del imperio zarista, amén de alemanes y nórdicos deseosos de encontrar la salud en la Riviera báltica a través de sus métodos. En 1870 no era tan evidente practicar lo que pregonaba Norstrom: jogging por la playa, baños en un mar acerado pero muy vigorizante, y pasar las aguas llenas de sulfuros de hidrógeno, aparte de sodios, cloruros y brominas, sin olvidar ponerse negros de fango, como se hace en Lo Pagán y otros puntos del Mar Menor y del Mar Muerto.

Del viejo balneario letón de Marienbad quedan sobre todo viejas fotos y objetos en el museo de Jurmala, ciudad que ha sabido ir saltando sobre tiempos, desdichas y reúmas, y seguir siendo una pintoresca villa báltica especializada en salud, gaviotas mansas, ríos aptos para remar y buenos alimentos. Jurmala cuenta con establecimientos donde lo mismo someten a tu cuerpo a un clemente reiki como siembran tu espinazo con piedras calientes, aparte de que te pueden envolver en algas, aromas, colores... Nada falta en el ramo de lo balneario, y luego están las olas suaves del Báltico bien yodadas, y el buen aire que devuelven las púas de pino de los alrededores.

Jurmala significa en letón orilla del mar, y es como el respiradero marítimo de la fluvial Riga, la que se ensancha con el gran Daugava, donde acabó sus días Ángel Ganivet. En Jurmala destaca una estatua de su héroe nacional, Lacplesis, matando a un monstruo parecido al dragón de San Jorge. Los letones cultos repasan su epopeya nacional y sonríen cuando Hollywood impone criaturas y héroes galácticos. Además, la historia real de Letonia ha sido lo suficientemente sufrida entre Este y Oeste como para que tengan que recurrir a más productos que los sueños de la razón.

Las calles silenciosas de Jurmala, sus casas de madera entre pinares, sus galerías de arte, y sobre todo su playa, rubia como un trozo largo de ámbar, animan a reducir el estrés que uno ha podido traerse en el tren que cubre en media hora la distancia entre Riga, la capital, y la estación de Majori. Nada más apearte allí estás en la orilla del río Lielupe, que discurre premioso entre carrizos. Al fondo se alza una iglesia picuda, como si fuese una vana advertencia en un campo y cielo vacíos. No hay campanas y ni siquiera mete ruido el Báltico, a tiro de piedra, con sus olas más bien desangradas, casi lacustres. Todo parece ratificar la idea de que has llegado a un sitio donde ejercitar la reviviscencia marienbadiana, los tiempos que van y vienen como las olas.

// Outbrain