La Mar

El piélago es una hembra poderosa, feraz y atrayente que encierra grandes misterios, comenzando por el enigma de la creación

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Tengo un bello libro en las manos, una joyita para quien como yo ama el mar. O mejor dicho: para quienes amamos LA mar. Porque el piélago es una hembra poderosa, feraz y atrayente, al mismo tiempo que encierra grandes misterios, comenzando por el enigma de la creación. El libro lo firma Huw Lewis-Jones, un navegante americano, y es una recopilación de pequeñas biografías y dibujos de marinos y marineros que dejaron escritos cuadernos de bitácora y diarios, y dibujos y bocetos de sus navegaciones. La mayor parte eran gentes de mar y el libro lleva el sencillo y noble título de Navegantes. Hay trazas de Vasco de Gama, Pigafetta, Nelson, Darwin o el capitán Bligh; pero casi todos los testimonios gráficos o escritos y las biografías reseñadas corresponden a tripulantes y pasajeros que casi nadie conoce. Se echa de menos alguna referencia a Colón y su diario; y a naufragios como el de John Byron, abuelo del famoso poeta. Pero en todo caso, el trabajo huele a sal y a sargazos; a aventura, sobre todo, porque el mar siempre ha sido y sigue siendo aventura. ¡Cuánta vida, cuánta emoción, cuánta esperanza, cuánta angustia y cuánta tragedia encierran estas páginas!

Abro al azar el texto y leo algunas de ellas. “Hay magia en la lejanía –dice un tal Alfred Noyes–, allí donde el horizonte del mar se funde con el cielo”. Y el explorador Davis anota en aguas árticas: “Señor nuestro, si vamos a morir, prefiero que sea avanzando y no retrocediendo”. Surcaba latitudes en donde, como señala otro marino, Sigmund Bacstrom, “una tempestad es tan fría que te puede arrancar la piel de la cara literalmente”.


El piélago es una hembra poderosa, feraz y atrayente que encierra grandes misterios, comenzando por el enigma de la creación


Hay observaciones que entran en el rango casi de la poesía, como lo que señala Charles Benson: “El mar es como un espejo, las aves revolotean a nuestro alrededor. Todo es tan silencioso y solitario... Es como si las aves y nosotros fuésemos lo único que queda en el mundo”. O la hondura de la reflexión de un desconocido James Elroy Flecker, cuando escribe: “Seguiremos avanzando siempre un poco más lejos. Acaso más allá de esa montaña azul cubierta de nieve. O hasta el otro lado de ese mar furioso y resplandeciente”. O el grito desesperado de Louis Choris en aguas boreales: “¡Dios no quiera que un barco naufrague en esta costa!”.

Ya en los primeros grandes viajes del siglo XVI –nos recuerda el prólogo del libro– se recomendaba a los oficiales de los barcos que hicieran cuadernos de bitácora. El objetivo no era otro que dejar datos que fueran de utilidad para las navegaciones siguientes. Pero había más, según el recopilador de los textos y dibujos. Escribir un diario de su periplo era, para los marinos y marineros que emprendían la tarea, una forma de combatir el aburrimiento y de enfrentarse a todo tipo de peligros, desde los embates del mar, las tormentas y las tempestades hasta los ataques de tiburones y desastres como los naufragios, con el hambre y la sed, que desataban en ocasiones el canibalismo. Constituían, según el bruñidor del libro, “un acto de esperanza: el deseo de que algo de valor les sobreviviera. Un diario podía ayudarles a combatir la soledad, el miedo, la frustración e, incluso, los motines”.

De modo que este Navegantes constituye un libro raro y en extremo curioso que, además, viene acompañado por una profusión de dibujos y bocetos que le dan un valor añadido. Al leerlo y ojearlo, recuerdo la famosa frase del general romano Pompeyo, cuando arengaba a sus hombres para enfrentarse a una tormenta: “Vivir no es necesario; navegar sí lo es”.