Mapas y geografías, por Javier Reverte

¿A quién se le ocurrió dibujar la Tierra vista desde arriba cuando no existían aeroplanos y no podíamos volar?

Javier Reverte
 | 
Foto: Raquel Aparicio

En alguna parte de su libro Teoría del viaje, dice el pensador francés Michel Onfray que la Historia se equivoca, pero que la Geografía no. Los franceses son muy aficionados a las petit phrases (frasecillas) brillantemente sorprendentes y, en ocasiones, algo banales; pero en este caso, creo que Onfray acierta. La Geografía ha resistido siempre al hombre por más que la hayamos maltratado. Y si las victorias de César en las empresas bélicas, por poner un ejemplo, son cosa del pasado que a poca gente importa hoy, ese pequeño río arcilloso que es el Rubicón aún surca por el cauce en donde corría durante los días de la Segunda Guerra de las Galias. Además de no equivocarse, la Geografía no miente y oculta significados complejos. Ya se sabe que decir Rubicón es como señalar que "de perdidos, al río".

No sé quién fue el primer hombre que ideó un mapa. Desde luego que se trataba de un genio. ¿A quién se le ocurrió dibujar la Tierra vista desde arriba en los días en que no existían aeroplanos y los humanos no podíamos volar? Y más todavía: ¿por qué en pleno siglo XXI seguimos utilizando los mapas, que son dibujos planos, cuando ya sabemos que la Tierra es redonda?

Tengo un buen número de atlas en mis estanterías y los consulto a menudo. O simplemente me doy el placer de mirarlos como quien contempla un cuadro. Decía Robert Louis Stevenson: "Me cuentan que hay gente a la que no le gustan los mapas y no puedo creerlo". Luego dibujó uno imaginario para su isla del tesoro. ¡Ay, John Long Silver! Y Joseph Conrad, en El espejo del mar, señalaba que, cuando era niño, se pasaba horas mirando el globo terráqueo, girándolo y fascinado ante el espacio en blanco del centro de África. Se decía entonces a sí mismo: "Cuando crezca, iré allí". Y viajó al lugar y lo contó en su inquietante Corazón de Tinieblas.

Ahora acaba de publicarse un Atlas del Mundo, de Alexandra Mizielinska y Daniel Mizielinski, que ha editado Maeva y que, dirigido a los niños, puede hacer las delicias de algunos adultos. Mis dos nietos ya se han peleado por él y he tenido que comprar dos ejemplares. Y yo me lo he pasado como un niño ojeándolo con uno de ellos. El atlas no solamente ofrece los dibujos del mapamundi completo sino también de continente por continente y de país por país. Como todos los atlas, en suma.

Pero lo singular de este, además, es que se enriquece con dibujos que localizan los accidentes geográficos, la naturaleza, la fauna, el arte, la historia, la cultura e, incluso, los deportes de los países que representa. Por ejemplo, las dos hojas en que aparece el continente europeo no solamente señala los países, sus fronteras y sus capitales, sino que en los mares y océanos que bañan sus orillas -el Mediterráneo y el Atlántico- aparecen los dibujos de muchos de los animales que los habitan: bacalaos, caballas, atunes, ballenas, mariscos, erizos, etcétera. Y en el mapa del Japón, que a su vez ocupa dos páginas, están presentes volcanes como Fuji y el Aso, ciudades como Hiroshima y Kioto, templos como el de To-Ji, árboles como el arce y el sakura, guerreros samuráis, ninjas y kendos, luchadores de sumo, kárate y judo, guisos como la tempura, peces como la carpa dorada, el pez globo e, incluso, la estatua del Buda de Kamakura y el karaoke. Este atlas es un instrumento de delicioso aprendizaje para la chavalería. Porque quizás no hay mejor forma de aprendizaje que el juego. Y no es tampoco mal instrumento para los aprendices de viajero.