Manuela Palomo (68 años), tres generaciones de esparteros en “la tienda con más solera” del antiguo Califato: “Empecé con 13 o 14 años en esta plaza, toda una vida, de sol a sol”
Desde los siete años, Manuela Palomo ha dedicado su vida a la espartería, un oficio que honra la historia y la cultura de Córdoba.

Esta ciudad recoge uno de los oficios más antiguos de España. / Istock
Mucho antes de la industrialización, las impresoras 3D y las convocatorias de Zoom multitudinarias, los oficios, y su resultado, eran producto exclusivo del hombre. Mucho antes de la máquina, era la mano la indispensable en cualquier proceso productivo, y entre eslabón y eslabón de esta cadena humana, el gusto encontraba huecos para hacer de, solo un trabajo, la dedicación de una vida.

Martín Álvarez
En el caso de Manuela Palomo, el oficio de espartera le viene heredado de padres y abuelos en un hacer que, desde los siete años, la llevó a formar parte del gremio en el que hoy, 55 más tarde, continúa. Así lo cuenta y desgrana en conversación con el medio digital Córdoba Eterna, mientras se afana en la labor de otro pequeño salvamanteles -porque el trabajo, ya lo explica ella, no cesa-.

Calles de Córdoba, Barrio Judío / Istock
La Espartería de Manuela
“Empecé con 13 o 14 años en esta plaza, tengo 68, toda una vida, de sol a sol”, cuenta Manoli desde su puesto en la Plaza de la Corredera, uno de los grandes emblemas de la antigua ciudad omeya, en pleno corazón de Córdoba. Recogida bajo los arcos de este espacio porticado la artista, rodeada de su obra, rememora sus inicios:
“Empezó mi abuelo en el año 40, y con 6 o 7 años ya le traía las sillitas, los sombreros...”, recuerda, “todo el día estaba de recadera para mi padre y mi abuelo”, y es que, aunque lo parezca, el oficio de espartero no es casualidad y bebe, precisamente, de la historia milenaria que inunda las calles de esta ciudad.
Los primeros vestigios remontan los trabajos con esparto hace unos 7.000 años, en yacimientos como la Cueva de los Murciélagos donde, los trabajos más antiguos, datan restos en el Neolítico, en sandalias, cestos y vestidos trenzados, convertidos en capachos con el esplendor omeya, pero también reatas, y hasta persianas, o esteras, frente al calor.

Plaza de la Corredera, Córdoba / Istock
A lo largo de la entrevista, Manuela explica las vicisitudes por las que debió pasar para conseguir un género que, en muchos casos, solo existía extramuros: “Muchas veces iba en tren a las 5 de la mañana a por mercancía por caminos solitarios con gente buena, y no tan buena”, recuerda, y es que el oficio, requiere de más que las manos, y el arte de la Atocha no es de dominio fácil.
El oficio del espartero
Llamada también Stipa tenacissima, la atocha silvestre conforma la planta de la que se extrae la fibra tierna que, secada al sol y, después cocida, terminará siendo esparto, original de zonas áridas y pedregosas como la Sierra de Córdoba o la Campiña.
Una vez seca se “muele”, banda sonora clásica de los patios cordobeses, hasta romper las fibras de cara a trenzar su género; y aquí es la maña quien toma relevo al proceso, en un sinfín de posibilidades, todas expuestas a sus espaldas.

Trabajos hechos con esparto. / Istock
Otros lugares donde este oficio aún se mantiene vivo recorren la Andalucía Central y Oriental, la llanura espartera de Castilla-La Mancha, el arco mediterráneo de la Comunidad Valenciana o el epicentro histórico: la Región de Murcia, con su Museo del Esparto.

Sierra Morena / Istock / FELIPE RGUEZ
La Ciudad de las Tres Culturas
“Tiene mucha suerte de haber encontrado esta ciudad por la que han pasado tantas culturas, desde los romanos, los árabes, los visigodos, los íberos... Tiene tanta riqueza y lo valoramos tan poco...”, el cierre de la entrevista responde a la ‘pregunta clásica’: un mensaje a Córdoba que, en el caso de Manoli, es un canto a su cultura.

Columnas bosque Mezquita de Córdoba / Istock / Jose Ignacio Soto
Conocida como la ciudad de las tres culturas, la que fue capital del Califato Omeya en los siglos VIII al XI, hogar simultáneo de las grandes religiones monoteístas —islam, judaísmo y cristianismo— y refugio de pensadores de la talla del judío Maimónides o el musulmán Averroes, es además un museo vivo de la historia del país. Un paseo a cielo abierto por algunos de los monumentos más impresionantes, como la Mezquita-Catedral, la Ciudad Califal de Medina Azahara o el propio centro histórico, todos ellos reconocidos Patrimonio de la Humanidad. Es, en fin, un reflejo de la esencia que hoy pervive entre sus calles, expuesto en el suelo empedrado, las ventanas, sus paredes, los giros interminables en un laberinto de callejas, y sus patios, patrimonio inmaterial y orgullo de esta villa histórica.

Patios de Córdoba / Istock / MARINA-NOZHKO
Así, la vida continúa: las Tendillas al oeste, el Guadalquivir al sur, al este San Pedro y al centro, la que algunos describen como “la tienda con más solera de la plaza”, en su caso historia presente y memoria eterna de la tradición.
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