Manu, en VIAJAR, por Mariano López

"Sé cantar, jugar al mus, tengo muy buen humor, sé algo de geografía y he leído a Conrad, Stevenson y Verne"

Mariano López

Cuando Manu Leguineche llegó por primera vez a VIAJAR, la revista acababa de nacer, pero él era ya un maestro de periodistas, autor de varios libros y reportero de muchas guerras, un cronista excepcional "bajo cuyos renglones -dijo Miguel Delibes- subyacían la vida, la bondad y el amor", un gran tipo al que ya apodaban "el jefe de la tribu". El primer director de Viajar, el inolvidable Luis Carandell, le presentó a los lectores de la revista con orgullo. "Periodista y escritor de garra -escribió Carandell, en su artículo editorial de Viajar-, Manu se ha metido voluntariamente en todos los berenjenales y en todos los follones de la historia contemporánea". Algunas páginas después, Manu firmaba un precioso artículo sobre la vida cotidiana en el Irán del ayatollah Jomeini, el primero que publicaba en Viajar. "Nadie respeta una señal -decía-, el semáforo en rojo excita aún más a los conductores y, si no fuera por Alá y por Mahoma, su Profeta, el número de muertos en las calles por accidente sería superior a los que hizo la Policía del sha". En aquel número, el 21 de la revista, la aerolínea Iberia comunicaba que acababa de operar el vuelo inaugural de la ruta Madrid-Nairobi, se anunciaban la ginebra Gordons, la televisión Phillips K-12 y el Seat 131 Supermirafiori; el Queen Elizabeth 2 había atracado por primera vez en Barcelona, después de "27 puertos de siete continentes", y el fotógrafo Ramón Vilalta Sensada acababa de obtener el Premio Nacional de Fotografía Turística de España con una imagen de la Ciudad Encantada de Cuenca.

Para entonces, Manu ya había dado su primera vuelta al mundo. Fue en coche y sin que supiera conducir, en una expedición de aventureros denominada Trans World. Manu relataría con su habitual brillantez aquel viaje en el libro titulado El camino más corto, una obra que, según el periodista Enric González, "debería ser de estudio obligatorio en las escuelas de Periodismo". El libro, y el viaje, comienzan con una explicación: cómo fue que Manu pudo apuntarse a una expedición en coche sin tener carné ni idea alguna, entonces, de conducir. "¿Cómo pretendes dar la vuelta al mundo en una expedición como esta si no sabes conducir?, me preguntaron, con buen acierto, los organizadores de aquel viaje al fin del mundo. Tengo otras condiciones, respondí. No sé conducir ni nada de mecánica, pero sé cantar, jugar al mus, tengo muy buen humor, sé algo de geografía y he leído a Conrad, Stevenson y Verne". Por supuesto, les convenció. Manu se sumó a la Trans World y compartió enseguida el mismo sueño que el jefe de la expedición. "Se llamaba Harold Stevens y tenía una idea fija que me transmitió entera: llegar hasta una de las playas más largas del mundo, Cox Bazar, más de cien kilómetros de playa solitaria, llena de caracolas y tesoros que arrojaba el mar. El mes que viene en Cox Bazar, soñábamos, pero la guerra entre la India y Pakistán rompió la expedición y nos impidió llegar a nuestro Shangri-La". El viaje quedó pendiente, pero el sueño continuó. "Si algún día me pierdo -escribió Manu Leguineche-, que me busquen en Cox Bazar".

En el número 22 de la revista, Manu estrenó sección. La tituló El viajero audaz. Se encontraba dentro del cuadernillo central de la revista, un pliego de papel asalmonado, denominado Panorama, en el que ya firmaban, entre otros, Félix Tusell, Mari Ángeles Sánchez, César Justel y José Pérez Gallego. Fronteras y guerra fría fue el título de la primera entrega de El viajero audaz. Manu trataba un tema que le era particularmente molesto: las trabas que sufren los viajeros en las fronteras, donde suelen obligar a los turistas a rellenar formularios con preguntas, a veces, surrealistas. "¿Por qué ese interés de los gobiernos -escribía Manu- en conocer el nombre de mis padres? ¿Por qué esa insistencia en saber mi graduación académica?".

Manu mantuvo El viajero audaz en Viajar durante varios años. Luego le apartaron de la revista otras ocupaciones, entre ellas su segunda vuelta al mundo, que inició en el Reform Club de Londres, siguiendo los pasos de Phileas Fogg y con su misma intención: completar la vuelta al globo en 80 días, ni uno más ni uno menos, sin utilizar el avión. Casi lo consigue. "Mi llegada al club -escribió Manu a su regreso al célebre Reform, en la calle Pall Mall de Londres- no suscitó curiosidad alguna. Uno de los directivos que jugaba al bridge se dirigió con gesto de hastío al camarero. ‘Rupert -dijo-, apunta al caballero español en el libro de Julio Verne. Hace el número 2.586''. Dicho esto, hundió el dedo pulgar en el chaleco y se enfrascó de nuevo en el naipe. Así terminó de forma tan prosaica mi vuelta al mundo en 81 días".

En el número de abril de 1999, Manu volvería a contar con una sección en Viajar. La tituló El arte de viajar y todos los que la hemos leído, releído, seguido y disfrutado la consideramos un lujo. Dejó de publicarla cuando paró de escribir, cuando la enfermedad le apartó de las letras y de la radio, y Manu se plantó, altivo, en su torreón de Brihuega, frente a las lomas que tanto le recordaban a la sabana de Kenia. Recuerdo, ahora, sus ojos curiosos y su sonrisa grande, la humanidad con que te envolvía y te hacía sentirte importante. Y creo que sé dónde está: Cox Bazar. Manu se ha ido a Cox Bazar. Ha cogido su pasaporte, un acordeón -siempre quiso aprender a tocarlo-, una baraja de mus y su escudo del Athletic de Bilbao y está viajando hacia una playa infinita, libre, llena de tesoros y de noticias. Feliz viaje, Manu, y muchas gracias, si me lo permiten, en nombre de todos los lectores, de todas las épocas, de Viajar.