Mangystau, por Luis Pancorbo

Mangystau alberga dos tercios de la riqueza arqueológica de Kazajistán y la mayor concentración de eremitorios.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

No es la otra cara de la Luna. Es Mangystau, cuando un desierto avanza en forma de alabarda -su península de Mangyshlak- en el Mar Caspio, como queriendo beber sus aguas hasta dejarlo también seco. Es el espejismo constante de esa región lejana y de extraña belleza del suroeste de Kazajistán. Pero Mangystau apenas representa el prólogo del siguiente desierto, el Karakum, y, sobre todo, el Ustyurt, el arenal más feroz de esa parte de Asia. Por eso Mangystau, que a veces tiene cuatro árboles, pareció un lugar delicioso a los marinos que surcaban el Caspio, o a los caravaneros que incluían ese ramal de la Ruta de la Seda.

Mangystau puede alardear de albergar dos tercios de la riqueza arqueológica del país, y la mayor concentración de eremitorios. Los santones sufíes acudían a Mangystau como si fuese su particular Tebaida. Desde el siglo X al XII se excavaron los farallones de las Montañas Negras. Son cuevas sacadas a golpe de escoplo de la roca, donde los sufíes ponían una alfombra y contemplaban una pared orientada a La Meca: esa era su alquibla. Claro que aún más aquellos hombres se miraban en su interior: debían ser fuertes porque no estaba claro que viniera a socorrerlos algún cuervo con un pan en el pico. Por el contrario, les podía pasar lo de San Antonio, que las noches se le llenaban de las tentaciones inmortalizadas por Flaubert. La virgen Amonaria, la reina de Saba, al menos alegraban las noches imaginarias, más calurosas y agitadas que las de la Tebaida. En Mangystau las gentes peregrinaban desde la costa hasta aquellos remotos agujeros para ver si se les pegaba algo de baraka, de suerte divina, o suerte loca, quién sabe. Muchos santones (marabús dirían en Marruecos) están enterrados en camposantos donde anidan las tortugas, repletos de estelas funerarias y de sirk-agash, que son como los ovó de Mongolia, o los cairn celtas, montículos de piedras con un palo hincado sobre el que flota un pedazo de tela. Ni el Taj Mahal impresiona tanto como esa modesta bandera de la vida que para algunos hay tras la muerte.

Shapak Ata, el Padre Shapak, da nombre a uno de los santuarios excavados en el reborde de una montaña plana. Un lugar que parece que cita a Gaudí si fuera posible hacer esa sinestesia uniendo tiempos y espacios, culturas y colores. En el desierto de Mangystau no hay trencadís, mosaicos rotos, cachos de cerámica polícroma, como los que incendian la fantasía en Barcelona. La filigrana de paredes y chimeneas en Shapak Ata viene de las piedras con poros, o celdillas, como si fuesen panales gigantes de colores amielados. O como estalactitas que se quedaron congeladas al revés, o sea, abortadas por el calor.

Ese carácter, más extremoso que el de la estepa, hizo de Mangystau un lugar de presidio para los condenados del zarismo. Por paradoja, les dieron el mejor lugar del mundo siempre que se tratara de escritores y pintores de la talla y sensibilidad de Taras Shevchenko, el hombre que llegó a ser la gloria literaria de Ucrania. A cambio de su destierro, Shevchenko obtuvo los paisajes incendiados de Mangystau, esos engaños de luces que produce el Caspio, el que a veces más parece un oasis. Shevchenko pintó de acuarelas su destierro, y hoy, como un triunfo póstumo de la razón y la belleza, lleva su nombre el Fuerte Alexandrovsky donde lo confinaron. Es el mayor puerto de una región donde ahora abundan el gas y el petróleo. Mientras el agua potable viene de una desalinizadora y una planta atómica de tiempos soviéticos.