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Malena Alterio (52 años) vive en Madrid, pero su pueblo está a 10.000 km: "Todos mis amigos tenían uno al que se iban los fines de semana; el mío estaba lejos y era muy grande, pero lo sentía mío"

Llegó a Madrid con ocho meses y aquí lo construyó todo: la escuela, las tablas, el Goya, la familia. Buenos Aires se quedó al otro lado del océano, convertida en un pueblo de tres millones de habitantes.

Han pasado muchos años desde que la actriz tuvo que exiliarse y, desde entonces, nunca olvidó su origen.

Han pasado muchos años desde que la actriz tuvo que exiliarse y, desde entonces, nunca olvidó su origen. / Istock

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El 26 de marzo de este año, Malena Alterio salió al escenario de la Sala Verde de los Teatros del Canal para estrenar en Madrid La vida extraordinaria, la obra que Mariano Tenconi Blanco escribió y dirige sobre dos amigas de toda la vida. La firmaba un dramaturgo argentino. La aplaudía una ciudad que la considera suya desde hace medio siglo. Y en medio, ella: nacida en Buenos Aires el 21 de enero de 1974, residente en Madrid desde que tenía ocho meses de vida, con un acento que no delata absolutamente nada de su partida de nacimiento.

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Sara Fernández García

Esa contradicción la ha resuelto ella misma mejor que nadie. Contando su infancia en Planeta Calleja, Alterio recordaba que "todos mis amigos tenían un pueblo al que se iban los fines de semana" y que el suyo, sencillamente, quedaba un poco lejos. El artículo que sigue va de esos dos lugares. Del que la hizo actriz y del que nunca dejó de estar ahí, en segundo plano, alimentado por las historias de una casa donde se hablaba de Buenos Aires como se habla de un sitio al que se va a volver. Su padre, Héctor Alterio, murió en Madrid el 13 de diciembre de 2025, a los 96 años, después de una carrera repartida entre los dos países. Ninguno de los dos fue nunca del todo un decorado.

Parque de El Retiro, Madrid

Parque de El Retiro, Madrid / Istock

Madrid, una vida entera

La familia Alterio Bacaicoa aterrizó en Madrid en 1974, después de que la Triple A amenazara de muerte al padre. Malena tenía ocho meses. No hubo, por tanto, adaptación posible ni memoria del antes: su primera lengua, su primer colegio, su primer barrio y su primera obra de teatro fueron madrileños. Héctor Alterio y la psicoanalista Ángela Bacaicoa echaron raíces definitivas aquí, y aquí crecieron sus dos hijos, ella y Ernesto, los dos actores.

Madrid, la ciudad que acogió el exilio de la actriz

Madrid, la ciudad que acogió el exilio de la actriz / Istock

Su formación se explica en la escuela de Cristina Rota, donde estudió interpretación durante cuatro años mientras hacía el COU. Añadió danza clásica y contemporánea, flauta, canto. Lo que vino después es historia de la televisión española. Belén López Vázquez, la vecina de Aquí no hay quien viva entre 2003 y 2006, convirtió a Malena Alterio en una cara reconocible en cualquier bar del país. Veinte años más tarde, el Goya a la Mejor Actriz de 2024 por Que nadie duerma -película rodada en buena parte en localizaciones madrileñas- cerró el círculo por el otro lado, el del prestigio.

Un mapa sobre las tablas

El plano de su Madrid se dibuja casi solo siguiendo sus estrenos. Los Teatros del Canal, en la calle Cea Bermúdez, ocupan un edificio de 35.000 metros cuadrados diseñado por Juan Navarro Baldeweg e inaugurado en febrero de 2009, en la confluencia con Bravo Murillo, en pleno Chamberí. La Sala Verde, donde ha estado en cartel esta primavera, es un espacio configurable que cambia de forma según el montaje y puede llegar a las 778 localidades. La sala principal lleva desde 2023 el nombre de Concha Velasco.

Del otro extremo del termómetro escénico madrileño está el Teatro del Barrio, en Lavapiés, sala independiente y cooperativa que produjo Los que hablan, la pieza de Pablo Rosal que Alterio y Bermejo estrenaron en octubre de 2020 en el Teatro de La Abadía y que volvió después, temporada tras temporada, a Lavapiés. El barrio es lo que es desde hace décadas: calles en cuesta, mercado, corralas, media docena de idiomas por manzana y una densidad de salas alternativas que no tiene ningún otro distrito de la ciudad. Más al norte, Malasaña conserva la memoria de la generación que reventó el teatro español en los ochenta. Y en el centro sigue el Teatro Español, en la plaza de Santa Ana, con más de cuatro siglos de función continuada a sus espaldas, y el eje de la Gran Vía, donde el cartel cambia pero la tradición no.

Plaza Dos de Mayo, en Malasaña

Plaza Dos de Mayo, en Malasaña / Istock

Buenos Aires, un pueblo al otro lado del Atlántico

De la ciudad donde nació, Malena Alterio no puede recordar nada. Ocho meses no dan para eso. Y sin embargo Buenos Aires estuvo siempre presente en la casa madrileña: en la comida, en las expresiones, en las historias que se contaban de sobremesa, en un padre que había sido allí una figura central del teatro. Héctor Alterio fundó el Nuevo Teatro en 1950 y trabajó en la compañía hasta 1968, contribuyendo a transformar la escena argentina de los sesenta. Cuando la familia se fue, dejó atrás una carrera hecha.

Ciudad de Buenos Aires

Ciudad de Buenos Aires / Istock

El apellido, además, tiene su propia ruta migratoria. Los abuelos paternos venían de Carpinone, en el Molise italiano; los maternos, de Navarra. Es decir: Buenos Aires era ya, para los Alterio, una ciudad de llegada antes de ser una ciudad de salida. Pocas capitales explican mejor esa mecánica.

Avenida de Mayo Palacio Barolo, Buenos Aires

Avenida de Mayo Palacio Barolo, Buenos Aires / Istock / Ralf Hettler

Los orígenes y el alma colonial a pie de calle

La Boca lo cuenta desde el principio: aquí intentó Pedro de Mendoza la primera fundación de la ciudad en 1536 y aquí se instalaron siglos después los inmigrantes italianos, sobre todo genoveses, que levantaron casas de chapa pintadas con lo que sobraba de los astilleros. De ahí salió el color de Caminito, hoy el pasaje más fotografiado de Buenos Aires.

Barrio de La Boca, Buenos Aires

Barrio de La Boca, Buenos Aires / Istock

San Telmo, el otro barrio fundacional y probablemente el más bonito, conserva calles empedradas, arquitectura colonial, zaguanes y patios con parra en torno a la plaza Dorrego. Los domingos se llena con la feria de antigüedades y el tango se baila sobre el adoquín, sin espectáculo cerrado ni menú turístico.

Colorida fachada del Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires, Argentina

Colorida fachada del Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires, Argentina / Istock

En el extremo opuesto, la Recoleta resume como ningún otro la elegancia porteña. Nació alrededor del convento de los frailes recoletos, instalados a principios del siglo XVIII, y su pieza mayor es el Cementerio de la Recoleta, inaugurado en 1822 con proyecto del arquitecto francés Prosper Catelin: un laberinto de mausoleos, mármoles y cúpulas donde descansa buena parte de la historia argentina. A pocos metros quedan el Museo Nacional de Bellas Artes, el Centro Cultural Recoleta y la avenida Alvear con sus palacios afrancesados intactos; en la plaza de las Naciones Unidas, la Floralis Genérica abre y cierra sus pétalos con la luz del día.

Buenos Aires, Recoleta

Buenos Aires, Recoleta / Istock / NICOLAS MCCOMBER

Retiro añade el capítulo vertical: la plaza San Martín, la Torre Monumental donada por la comunidad británica y el edificio Kavanagh, bloque art déco de 1936 que fue el rascacielos más alto de Sudamérica, mientras que Palermo, el barrio más extenso de la ciudad, aporta lo contrario: los Bosques con sus lagos, el Jardín Botánico, el Zoológico y un entramado de calles arboladas -el llamado Soho porteño- que concentra hoy la mayor densidad de cocina y diseño de Buenos Aires.

Es una ciudad de tres millones de habitantes. Casi quince, contando el área metropolitana. Nada más lejos de un pueblo. Y aun así: "Todos mis amigos tenían un pueblo al que se iban los fines de semana; mi pueblo era Buenos Aires, que queda un poco lejos y es muy grande, pero lo sentía mío".