Malditas Navidades, por Javier Reverte

La Navidad me sume en la melancolía porque me trae a la memoria los rostros y voces de los que se han ido.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Feliz Navidad, Merry Christmas..., todos los años lo mismo. Y resulta que, a la postre, las Pascuas no son felices para casi nadie. La Navidad es un tiempo de hipocresía y yo no sé muy bien si, finalmente, en nuestro tiempo, son unas fiestas creadas para que engorden sus arcas los grandes almacenes -cada vez menos, claro- o de si se trata de un juego colectivo en celebración de la mentira. Cada año que pasa me cuesta más encontrar gente que realmente disfrute con la ocasión. "¿Lo has pasado bien o en familia?", es un típico chiste navideño. Pero una y otra vez caemos en la tradición, en la maldita costumbre de celebrar el nacimiento de Cristo, que ni siquiera está claro que se produjera durante esas fechas.

A mí las Navidades me sumen en una infinita melancolía. Porque, sobre todo, me traen a la memoria los rostros y las voces de quienes se han ido. Y no solo mis padres y abuelos sino incluso un nutrido grupo de amigos, ya que, desde años atrás, en años más jóvenes, la Navidad no solo daba ocasión a multitud de celebraciones familiares sino que era motivo de buenas farras, estupendas borracheras, copas a mogollón y francachelas múltiples con los compañeros de trabajo y los amigotes. Uno está ya en esa edad en la que cuenta los amigos muertos y muchos de ellos fueron, sin duda, más amados que los familiares. Porque ya se sabe que la amistad se escoge, mientras que la familia es obligatoria. Y el verdadero amor no puede surgir, creo yo, si no es creciendo en la libertad.

Sinceramente pienso que los festejos navideños están hechos para los niños. Hay abundantes regalos, opulentas comidas cuyo presupuesto escapa de lo normal, encuentros entre primos, villancicos, un portal de Belén preparado por los papis y horarios flexibles. Y, además de eso, no existe el colegio por un par de semanas. ¡Libertad, igualdad y fraternidad! Lo prohibido se tolera y las normas se burlan, como le gusta a la infancia.

Entretanto, los melancólicos mayores, mientras añoran a sus muertos, se pelean entre ellos, tal y como ocurre cada año: cuñados contra hermanos, hermanas contra cuñadas, cuñadas contra cuñados, hermanos contra hermanas... Por una parte transcurre el aliento de la fraternidad infantil y por el otro una terrible guerra civil de adultos. ¿De dónde vendrá la conocida expresión "se armó el Belén", un dicho que proclama el desorden, el desbarajuste y el gran follón? "La de Dios es Cristo", para entendernos.

Tengo oído o leído que cada año son más las parejas que huyen con sus hijos de España durante las fiestas navideñas en busca de territorios lejanos en donde no existan los hermanos y las hermanas, los cuñados y las cuñadas, los sobrinos y las sobrinas, los primos y las primas... Suelen ser parejas cuarentonas e, incluso, cincuentonas, con hijos a punto de alcanzar la veintena o en sus bordes. Y sospecho que funciona el sistema.

Sale desde luego mucho más caro, por supuesto, pero hay paz en la Tierra entre las gentes de buena voluntad si, en las fechas de Navidad, te marchas con la música a otra parte.

En el barrio madrileño en donde vivo, todos los meses de diciembre, coincidiendo con los festejos de Pascua, hay en cada esquina un rumano tocando Jingle Bells. Creo que es la canción que más odio junto con el Clavelitos de la tuna y esa cuyo nombre no recuerdo y cuya letra dice "mi carro me lo robaron anoche cuando dormía".

El exilio político es una verdadera tragedia. Pero el exilio navideño, elegido, puede representar toda una liberación. Por tanto, reserve los billetes cuanto antes, amigo lector.