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La madrileña que se quedó atrapada en Maldivas durante la pandemia y creó un imperio del buceo: "Vienen 20 personas cada semana desde 2021"

A raíz del éxito de su novela ‘Entre azules’, Ana Hernández Sarriá organiza viajes a paraísos naturales del otro lado del mundo para nadar con ballenas y tiburones

Esta madrileña se quedó atrapada en Maldivas durante el confinamiento y fundó un imperio de buceo

Esta madrileña se quedó atrapada en Maldivas durante el confinamiento y fundó un imperio de buceo / Unsplash / Colin Watts

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No sabe si alguna vez lo manifestó, pero tiene claro que está viviendo un sueño. A través de la ventana observa unas montañas, dice, pero no unas cualquiera. Desde su habitación en la Polinesia Francesa, Ana Hernández recuerda con emoción cuando se matriculó en Diseño de Moda hace algo más de veinte años. “De pequeña estaba obsesionada con vivir en Nueva York. Vi muchas películas y pensaba que podría ser la nueva Carolina Herrera, así que me mudé allí tras acabar mis estudios con intención de buscarme la vida. Mis padres no podían pagarme un máster, así que trabajé de niñera y camarera hasta que pude pagar un máster en Parsons, una de las universidades más importantes”, relata. Acabó encontrando un trabajo en la industria de la moda que le permitiría vivir en la ciudad durante los próximos ocho años. En el transcurso de ese tiempo descubrió su pasión por la escritura, algo que siempre había vivido en ella pero jamás se había atrevido a explorar: “Le enseñé uno de mis manuscritos a un amigo y me dijo que era un mar de erratas a todos los niveles ortográficos pero que tenía que publicarlo”. Y así fue. 

Parece el Caribe, pero es España: la escapada perfecta a un pueblo marinero de cuento

Adriana Fernández

La editorial me recomendó realizar varios cursos de escritura y así llegó el segundo manuscrito. Esa historia, que surgió a raíz de un viaje a Costa Rica, me permitió conectar con la naturaleza por primera vez. Descubrí lo que era el mar, el amor de mi vida”, recuerda. Regresó a Madrid con la intención de recuperar la estabilidad que había dejado atrás y comenzó a trabajar en la firma Loewe. La Ana de 21 años que aterrizó en Estados Unidos sin apenas hablar inglés se había convertido en una mujer de éxito que rozaba la treintena con una vida de ensueño: “Pasé un año viviendo una vida perfecta, pero yo estaba absolutamente triste y no sabía por qué”. En un intento de recuperar la felicidad, preparó un viaje a Maldivas con sus amigas y, de pronto, un encuentro con delfines rompió todos sus esquemas: “Me hizo preguntarme qué hacía con mi vida, así que, al volver a casa lo dejé todo y busqué un trabajo de guía de snorkel en Maldivas donde me pagaban 300 euros al mes”. Con todo en contra, Ana planificó el que sería su año sabático en la otra punta del mundo sin imaginar que, justo antes de esa fecha, llegaría una pandemia mundial. 

“Quedé atrapada en una isla de un kilómetro de largo con los aeropuertos cerrados durante más de seis meses. Fue peor de lo que mucha gente piensa porque estaba en el paraíso, pero más sola que la una. Y, sobre todo, con muchísimo miedo. Mi abuela falleció y lo recuerdo bastante tétrico”. Para evitar la expansión del virus, las autoridades locales cerraron el acceso a la isla, por lo que tampoco llegaba alimento: “Los locales me enseñaron que teníamos el mar a nuestra disposición, que es el supermercado más barato del mundo, así que nos pasábamos las mañanas pescando pulpos y atunes para comer”. Durante el confinamiento, de poco más de dos semanas en el paraíso, Ana escribió Entre azules, la novela que hoy da sentido a su vida y en la que la protagonista, inspirada en ella, queda enamorada del ‘azul’, como ella se refiere al océano. “El miedo al mar está injustificado porque realmente no hay casi accidentes. Muere mucha más gente por ataques de elefante o por picaduras de mosquito. Es algo irracional que nos han enseñado las películas”, señala. Aunque hay que saber cómo comportarse, la mayoría de altercados en el agua se producen por imprudencias humanas, según dice.

Inspirada por su abuela

Con una sonrisa en la boca recuerda a su abuela, uno de los pilares fundamentales en todo este proceso. “Como en todo, a veces hay dudas y, en mi caso, fue ella quien me animó a tirar para adelante. Me dijo que tenía que irme, buscar mi felicidad, aunque estuviera fuera de España”, recuerda. Además, antes de su partida le entregó sus memorias de la Guerra Civil, que posteriormente servirían a Ana de inspiración para escribir su novela: “Su historia de superación tuvo un papel clave en la mía”. La ficción se publicó en abril de 2021, dos meses después del fallecimiento de su madre: “Yo estaba un poco cabizbaja, todavía asimilándolo. Y, de pronto, la novela fue un éxito. Comenzaron a escribirme muchas personas y mis amigas me propusieron organizar un viaje con los lectores, que querían descubrir el lugar donde estaba ambientada la historia. Nadie en España lo había hecho y pensé que no vendría nadie, así que lo lancé sin ninguna pretensión”. Fue un éxito. En cuestión de horas, las reservas para las próximas cuatro semanas se agotaron: “Invité a Marta Soriano, una influencer que se había leído la novela. Le pagué los vuelos con mis ahorros, pero fue la mejor inversión de mi vida”.

Gracias a la repercusión de su contenido en redes, la popularidad del viaje se disparó y Entre Azules se consolidó como proyecto más allá de la novela. “Vendí otras 16 semanas de golpe, vinieron Marta Pombo y Laura Escanes y el proyecto terminó de impulsarse. Hemos recibido a 20 personas a la semana, todas las semanas desde 2021”, asegura. Lo que comenzó siendo un negocio inusual y pionero, se ha convertido con los años en el más común de este tipo de destinos. En este tiempo, Ana ha inaugurado nuevos itinerarios en otras partes del mundo, que oscilan entre los 1.399 y los 5.800 euros: Baja California, Bahamas, Islas Mauricio, Tonga y Fiji, Mar Rojo o Polinesia Francesa. “La gente tenía necesidad de conocer más y eso es lo más bonito de todo. Es un viaje que te cambia la perspectiva del mar porque no solo te tiramos con los animales, sino que ofrecemos charlas de biología marina en las que te explicamos por qué estos animales son imprescindibles en la cadena trófica. Es una inmersión, en todos los sentidos”, sostiene. Pese a que sus viajes no están al alcance de cualquiera, Ana tiene clientes que han repetido hasta siete veces: “Pasan todo el año ahorrando para venir y ya se han convertido en familia”.

Proteger a la fauna

Sus estadísticas en Instagram hablan por sí solas: el 80% de sus seguidores son mujeres. Y eso se traslada a los viajes que organiza: “Atraigo a un público femenino y es algo que intento cambiar. La mayoría de clientes están entre los 25 y los 45 años, pero ha venido de todo: desde adolescentes hasta un señor mayor en plena forma acompañado de su hija. También matrimonios de 50 o 60 años de vez en cuando. Lo importante es que sean ágiles para subir y bajar del barco, pero no hay límite de edad”. Algunos, cautivados por el estilo de vida en las islas y la vocación de la diseñadora, decidieron seguir sus pasos y ahora trabajan con ella en Entre Azules. “He visto esos ojos brillantes bajo el agua y lo he tenido claro. Son los que, después de cuatro horas buscando al tiburón ballena, no se desaniman. Otros decaen porque no entienden que trabajamos con animales libres, no en un acuario. Qué más quisiera yo que tener en plantilla a tres ballenas jorobadas y cuatro tiburones martillo”, bromea. Entre ellos, Vicente, Indira, María o Nerea, cuatro de los actuales guías repartidos en los destinos en los que operan. 

También Clara. O Clarapedia, como Ana la llama. “Es una bióloga marina con la que compartí piso hace años. Ella es una enciclopedia con patas y quien nos ha enseñado a mí y al resto de compañeros todo lo que sabemos del ecosistema marino, desde las consecuencias del cambio climático hasta la climatología acuática”, dice. Si bien es un trabajo soñado, también conlleva sacrificio: “Estamos lejos de casa, desconectados y sin días de descanso, pero el amor por el mar lo compensa todo”. A la hora de escoger un nuevo destino de viaje, la madrileña tiene en cuenta los animales que habitan en él. Especialmente aquellos a los que el ojo humano no está tan acostumbrado. “Si veo algo que puede ser espectacular, inauguro la ruta. Nos decantamos por animales que van a romper los esquemas a los visitantes y, probablemente, les harán llorar de la emoción cuando los vean, siempre siendo respetuosos con ellos, que es lo más importante”, añade. Según explica, la mayoría de estos destinos paradisíacos cuentan con regulaciones o leyes que protegen y mejoran la salud de estas criaturas. 

Todas excepto Maldivas, donde todo comenzó. “Está habiendo una problemática por falta de normativa, precisamente. Hace cinco años éramos un barco de 12 personas por tiburón y ahora puedes llegar a ver 300 turistas alrededor de un animal desorientado”, lamenta. Ana tomó la decisión de alejarse de este tipo de prácticas y, desde hace meses no trabaja en estos enclaves masificados: “Preferimos buscarlos por otras áreas que conocemos y sabemos que están tranquilas, como los focos de plancton, que es el alimento principal del tiburón ballena y suelen merodear por ahí”. Café en mano y con el amanecer de fondo, Ana recuerda un imán que siempre tuvo en la nevera y que decía algo así como “persigue tus sueños con seguridad para que llegues a vivir la vida que siempre soñaste”. Y eso ha hecho siempre, remar a favor de sus aspiraciones: “Creo que lo he conseguido. Si me llegan a decir hace 10 años que iba a estar en una casa en la Polinesia Francesa con estas vistas antes de hacer una expedición, no me lo creería. Esto es un sueño para mí”. 

Fuente: El Periódico de España

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