Madrid-Montevideo por Javier Reverte

Ese perdido Madrid de gentes educadas y hospitalarias lo he encontrado en la voz de los habitantes de Montevideo.

Javier Reverte

Hacía años que no saltaba tan atrás en el tiempo -en mi tiempo, podría decir- como en un viaje reciente a la ciudad de Montevideo. Llegué en el avión, me acomodé en el hotel, salí a la calle para dar un paseo por las calles del centro y, al poco de la caminata, me dije: "Estoy en el Madrid de hace 30 años o quién sabe si algunos más". Mis amigos de allá me han explicado que el centro de la ciudad ha sido abandonado por la gente de dinero y que la prosperidad, que todavía existe, se ha escondido en los barrios que se extienden hacia la costa del Río de la Plata, como Pocitos o Carrasco, y hasta Punta del Este, en donde el río pasa a llamarse Mar del Plata y ya bate el Atlántico contra las vastas y bellas playas del hondo sur de América Latina. Pero yo no estoy muy seguro de que sea así, no creo que queden muchos rincones de prosperidad en este lindo Uruguay. Los años de dictaduras, la crisis de la ganadería y de la lana, han dejado algo exangüe a este país de tres millones y pico de personas, antaño casi tan boyante como su vecina, esa bella, presumida y hoy algo ajada dama que es Argentina. Los centros de la ciudades, además, no engañan: suelen ser el mejor espejo de lo que el alma del país esconde.

Pero Montevideo no es sólo ese retraso en el tiempo que muestran los comercios anticuados de la Avenida 18 de julio, la principal de la urbe, ni el parque automovilístico envejecido, ni un transporte público deteriorado. Ni tampoco las aceras de losas quebradas, ni las fachadas de las casas precisadas de algo más que simples retoques de pintura, ni las viviendas de ojos ciegos por el abandono de sus moradores, ni los ocasionales mendigos que deambulan por sus calles en permanente demanda de limosna. Tampoco es únicamente esa visión dramática de los llamados hurgadores: esas gentes que, en los atardeceres, recorren la ciudad de un lado a otro, en sus carros tirados por un famélico caballito y se detienen en las basuras, hurgan entre ellas en busca de objetos de valor o, simplemente, de cartones y plásticos con que llenar el carro para luego venderlo todo al peso. Por las mañanas, los empleados del servicio de limpieza tienen que recoger todo ese desastre organizado durante las noches por los hurgueros: las bolsas de basura reventadas, los contenedores vaciados de todo cuanto no sirve para nada, los cubos de desechos volcados y toda la porquería extendida en las aceras y el asfalto alrededor de ellos. Es un Montevideo con apariencia de ciudad del fin del mundo. Una noche le pregunté a un taxista: "¿No habría forma de atajar este aspecto tan poco noble de una ciudad como la suya?". Meditó un instante y repuso: "Supongo que la única forma sería multar a los hurgueros. Pero estas gentes no poseen nada, no podrían pagar un simple peso de multa. Mejor que ensucien, al menos ellos sobreviven con los desechos y los empleados de limpieza tienen un sueldo asegurado". Me acordé de Alberto Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid, quien de cuando en cuando, a golpe de decreto municipal, trata de erradicar la pobreza de mi ciudad simplemente prohibiéndola.

La capital uruguaya, de todas formas, es mucho más que ese paisaje de desesperanza de su viejo centro. Y lo es, sobre todo, cuando uno se detiene a hablar con sus gentes. Los escuchas y te dices de pronto: "Estoy en el Madrid de hace 50 años". ¿Y por qué? Yo recuerdo un Madrid de gentes educadas y hospitalarias, tristemente ido y quizás para siempre. Y ese Madrid lo he encontrado en la voz de los uruguayos en mi reciente viaje a Montevideo. Las fórmulas de cortesía castellanas, tan olvidadas en el lenguaje de los españoles de hoy, siguen vivas y resuenan en tus oídos como campanas alegres. Nadie te dirá en Montevideo cosas como "pa''shaaa contigo, tío", sino algo parecido a "¿cómo se encuentra hoy, amigo?". Antes de afirmar algo con rotundidad, la gente procurará saludar con un "buenos días" o un "buenas tardes". Supongo que, como en todos los lugares del planeta, en Montevideo se tima, se roba y se asesina. Pero uno siempre agradece al timador, al ladrón y al asesino que lleve a cabo su trabajo, al menos, con una cierta cortesía. ¡Ay, la gentileza! ¡Ese valor tan perdido en nuestra sociedad española y que fue, hasta hace no mucho, un signo de elegancia, bonhomía, afabilidad, estilo y cultura...!

La vestimenta de Montevideo es pobre, tan pobre como se ha hecho el alma madrileña.