Lujos postreros por Luis Pancorbo

El Serendipity, un delicioso helado con chocolate de 14 procedencias y escamas de oro y trufa, cuesta 25.000 dólares.

Luis Pancorbo

Si los Santos luchaban con las brujas de Halloween, los belenes lo hacen ahora con los árboles, símbolo precristiano de la fertilidad. No siempre se ha tratado de abetos. Los circasianos, famosos por la belleza de sus mujeres, ponían un peral en casa, y Frazer recordaba que lo adoraban como a una deidad: "Le cubren de bujías encendidas y en la parte más alta de la copa ponen un queso". El asunto, en el solsticio de invierno y siempre, es liberar la mente. Lo del queso, o lo de gastar más o menos, tiene solución. Aquí vamos a espigar entre los alimentos que más valen del mundo y algunos que no cuestan nada.

Según la lista de los diez alimentos más costosos que ha hecho L''Espresso barriendo para casa, no hay otra pizza como la Bellissima del restaurante Nino''s de Nueva York. Lleva langosta, nata agria francesa y cuatro tipos de caviar, por lo que no pueden ponerla a menos de mil dólares, unos 675 euros. De postre, acaso un Serendipity, un helado con chocolate de 14 procedencias, más cinco gramos en escamas de oro y trufa, que alcanza la cifra de 25.000 dólares (16.900 euros al cambio de un dólar y medio por euro). ¿Un aperitivo? Hay un cóctel a base de Martini donde no echan una aceituna en la copa sino un diamante de Bulgari de un quilate. No suele ser confundido con una esquirla de hielo.

La trufa blanca del Piamonte se ha hecho famosa por subir desde el subsuelo hasta los 40.000 euros el kilo. Pero el plato fuerte del lujo mundial sigue siendo el Almas Caviar o Caviar Diamante, que es el más caro del planeta. Procede de un esturión beluga y está prensado en una cajita de oro: si es de una onza (28 gramos) vale 520 euros. Por otro lado, si no nos vamos a los capones de Villalba, para carne cara ahí está el buey de Kobe (Japón), a razón de 2.200 euros el kilo. Un filete legendario que no se saca de la fantasía de unas vacas a las que dan masajes y cerveza. Otra cosa es que ya se vendan imitaciones del Kobe Beef como si se tratara de bolsos de París. El azafrán, el oro rojo para los amigos, puede alcanzar hasta los 2.000 euros el kilo, ya sea de Cachemira o de La Mancha.

Vino que no falte, ni agua. El agua mineral más cara del mundo viene de Kona Nigari, unas fuentes de Hawai situadas a 600 metros de profundidad. Están libres de cualquier contaminación, sólo faltaría vendiéndose el concentrado de un litro para diluir a razón de 246 euros. Y para acabar, un café, pero que sea kopi luwak, elaborado con granos de café encontrados en los excrementos del musang, un gato montés que vive en las florestas del Sureste asiático. Cuesta bastante cogerlo y por eso el kilo se pone en 8.866 euros.

¿No hay algo bueno que sea barato? Yo creo que sí. En el Mar de Tonga crecen unas algas en forma de bolitas verdes y crujientes: es su caviar. Uno va nadando y cogiendo caviar del agua marina de la Polinesia, reponiendo fuerzas y nostalgias. Tampoco nuestras moras de zarzal y muchas bayas árticas exigen mucho más que dedos hábiles y espaldas flexibles. Los gusanos de palmera del Amazonas son tan mantecosos, que cerrando los ojos saben a nuez. Las lapas, si se consigue despegarlas de las rocas, y no las uñas del dedo, son un sustitutivo de la ostra. Y de postre, estando uno en medio del desierto del Sinaí, sin turrón a la vista ni champán en la cantimplora, nada mejor que el fabuloso maná. Uno pregunta al beduino donde hay mann-es-sama, maná celestial, y te lleva a un tamarisco (Tamarix mannifera), una especie de taray con pinta de pequeña acacia que, picada por un insecto, saca su savia, unas secreciones dulces y gomosas. Uno come eso y se siente renacer, lo que más conviene en este solsticio. Y en los próximos.