Luis Landero: "La literatura nació de la semilla del viaje y la gente no sabe vivir sin historias"

Vive desde los ocho años en Madrid, pero su narrativa nos devuelve con alguna frecuencia a su infancia en una finca de Alburquerque (Badajoz). Rodeado de libros y viejas fotografías, el escritor recrea para viajar algunas de sus múltiples aventuras. Su última novela, El huerto de Emerson

Javier del Castillo
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Foto: VICTORIA IGLESIAS

En el salón de su casa, al lado de la Plaza de Olavide (Madrid), Luis Landero rebusca entre carpetas, sujetas con gomas, fotografías en blanco y negro de sus viajes a París y Moscú en su etapa de guitarrista. El escritor —uno de nuestros grandes narradores actuales— disfruta más del “bullir de la gente” que de los monumentos de las ciudades.

¿Qué imagen guarda de su llegada a Madrid, con ocho años?

Realmente, conocí Madrid a partir de los 12, cuando se vino toda la familia a vivir aquí. Antes, no salía prácticamente del colegio Claret y cuando salía los domingos, hacíamos siempre el mismo itinerario: Chamartín y el Metropolitano, para ver al Real Madrid y al Atlético. Poco más. Yo me adapté enseguida a Madrid y al barrio de Prosperidad, porque soy más de barrio que de ciudad. Me muevo mejor en espacios reducidos, como los gatos.

Albuquerque, Badajoz | VICTORIAIGLESIAS

¿Se siente más de ciudad que de campo?

Soy más de ciudad. El mundo rural estuvo muy bien de niño. He tenido la suerte de vivir en dos mundos y en dos siglos, porque venir en aquellos años de Alburquerque a Madrid era como viajar del siglo XIX al siglo XX. Fue una experiencia extraordinaria vivir en esos dos mundos.

¿Algún viaje anterior a su traslado a Madrid?

Hice viajes cortos. Pero, para mí, fue un viaje apasionante ir en carro desde la finca donde vivíamos al pueblo de Alburquerque, que está a 12 kilómetros de distancia. Ha sido uno de los mejores viajes que haya hecho nunca. Lo cuento en mi libro El balcón en invierno. No recuerdo si de niño me llevaron alguna vez a Badajoz, a donde solo se iba por razones muy especiales.

Delante de la casa de Neruda, en Chile. | VICTORIAIGLESIAS

¿Ha viajado para reconocer los escenarios descritos en alguna de sus lecturas?

Sí. Fui a Praga para conocer los lugares por los que se movió Kafka, uno de mis autores favoritos. Me han fascinado las aventuras de Shackleton y los viajes de Julio Verne, de Stevenson, de Darwin, de Humboldt, pero no es posible ir a esos lugares porque han desaparecido. Prefiero imaginarme las cosas que verlas en la realidad.

Antes de ser profesor invitado en la Universidad de Yale, ¿había estado en Estados Unidos?

Estuve en Estados Unidos en 1986, con motivo del cincuentenario de la muerte de Lorca. Fui con un amigo —Ernesto Gil— que recitaba muy bien al poeta y yo le hacía el fondo de guitarra. Estuvimos en Nueva York y Nueva Orleans. Luego he vuelto bastantes veces a Nueva York. Me gustaría hacer un viaje en barco a Nueva York. Tengo mitificados los viajes y muy relacionado el viaje con la aventura.

En París, 1975 | D.R.

En los años 70 pasó unos meses en París ganándose la vida como guitarrista.

Vivía en el barrio de Montmartre y prácticamente no salía de allí. Prefiero los espacios pequeños, ver a la gente entrar en un café, ir a los mercados y disfrutar del ambiente. La torre Eiffel está bien, pero ya la he visto en el cine y en la televisión. Me gustan más las pequeñas cosas, el bicherío de la gente.

También viajó con una delegación española para tocar la guitarra en Moscú.

Fue en julio de 1969, cuando para poder viajar a Rusia tenían que darte un pasaporte especial. Aquel viaje lo organizaba el Ministerio de Información y Turismo y yo tocaba con un cuadro flamenco. En aquella expedición estaba Sarita Montiel y Julián Mateos, entre otros. Estuvimos 10 días en Moscú y fue un viaje muy interesante.

Delante de la casa de Thomas Jefferson, Virginia. | D.R.

¿Cuál ha sido el viaje más raro que ha hecho?

Una gira alucinante que hicimos en furgoneta por pueblos de Guadalajara, cuando yo tenía 18 años. Íbamos anunciando con un altavoz las actuaciones, como en El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, y la gente tenía que traer a veces las sillas de su casa. También estuvimos en Zaragoza, Valencia y Alicante. Hicimos algún espectáculo en casinos, donde luego rifábamos una botella de coñac y pasábamos la bandeja.

En su última novela El huerto de Emerson (Tusquets) aparece un marinero que siempre vuelve con regalos.

La literatura nació de la semilla del viaje. Joseph Campbell, en su libro El héroe de las mil caras, habla de cómo en las tribus, cuando alguien volvía de un viaje, se organizaba una fiesta. La gente no sabe vivir sin historias, y vivir es más vivir contándolo. Acuérdate cuando Luis Miguel Dominguín se acostó con Ava Gardner.

En Moscú, 1969. | D.R.

¿Cómo han influido los viajes en la modernización de España?

La dictadura franquista empezó a relajarse con la llegada del turismo. El turismo fue importantísimo en el cambio de mentalidad y en la modernización de nuestro país. Fue como descorrer las cortinas que había en los Pirineos.

¿Un lugar para retirarse?

No me importaría vivir en Nueva York, en París o en Lisboa. En ellas me he sentido siempre muy a gusto.

En Washington. | D.R.

¿Cómo es el alma viajera de Luis Landero?

Veraneo en San Vicente de la Barquera (Cantabria) y disfruto mucho de ese viaje, con el paisaje austero y cerealista de Castilla. Viajar es descubrir las cosas con tu mirada y todo puede ser apasionante si se sabe mirar. Mi problema es que, si viajo, tengo que dejar de escribir. Yo era muy amigo de Javier Reverte y me invitó una vez a que fuera con él al Amazonas. Le dije: Un poco lejos, ¿no?. Y le propuse ir a Navalcarnero (Madrid).

¿Algún destino soñado que sigue esperando?

Me gustaría conocer mejor mi tierra, Extremadura. Cuando vivía mi madre, siempre íbamos al pueblo, pero no conozco bien el resto de la comunidad. También me hubiera gustado hacer un viaje en el Orient Express, aunque a mí la vida me gusta más soñarla que vivirla.

¿Por qué dejó la guitarra?

Cuando apareció Paco de Lucía dije: ‘Yo qué pinto aquí’. Llegó el comandante y mandó parar. No tengo nostalgia de la guitarra porque lo que más me gustaba era la literatura.