Lugares santos, por Jesús Torbado

La riqueza de sus liturgias y sus maneras de entender lo santo hacen de Israel uno de los países más apasionantes.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

El día que al director de esta revista quiera ocurrírsele la idea de seleccionar los lugares más santos del mundo lo va a tener difícil. Cualquier viajero que se haya movido un poco fuera de su casa habrá podido atisbar miles de ellos, grandes o pequeños, nobles e innobles. Solo en España existen veintidós mil advocaciones/establecimientos dedicados a la Virgen María, según Ramos Perera.

Si a mí me pidiera mi jefe que le informase de un par de ellos poco conocidos pero destacados y populares, le aconsejaría la cuna de Krishna, el dios flautista azul, en una aldea llamada Mathura, junto al río Yamuna, en la región india de Vrindavan. O las capillitas que los bolivianos se montan para veneración de sus ñatitas floreadas (calaveras, desnarigadas claro). O también una choza vegetal cerca del río Baliem, en la isla de Nueva Guinea, en Papúa. Aunque este lugar acaso perdió su santidad el día en que el propietario de la aldea me cambió su dios local -un pedrusco en forma de riñón de treinta centímetros de largo y nombre imposible- por un cerdito que me había costado en el mercado la barbaridad de cien dólares, y en cuyo sacrificio y banquete participé.

Entre los occidentales tienen más predicamento y prestancia otros lugares más reconocidos y promocionados. Tanto que cada año renuevan su actualidad y su prestigio. Parece claro que su verdad histórica no es muy superior a la de los tres seleccionados, pero en estas cuestiones las verdades históricas y documentadas importan poco.

La hosca y sombría aparición de la crisis en este negro año que nos acoge ha cambiado mucho la efectividad del recuerdo. Por Europa central, protestante y nórdica, se han desplegado, dicen, menos mercadillos navideños que en otros diciembres, menos nacimientos o belenes entre nosotros. Qué digo diciembres: en algunas ciudades ya se exhibe ese colorido batiburrillo de reliquias profanas y cursis desde finales de agosto, que la Navidad es un suculento negocio y un respetado reclamo turístico, al fin y al cabo. Bajan las ventas de turrón y de cava y, quién sabe, los asistentes a la misa del gallo y a la adoración del Niño.

Está por anunciarse el número de peregrinos que viajarán este año a la Tierra Santa por antonomasia, excluida su porción musulmana. De los tres millones y medio que acuden a Israel cada año, menos de sesenta mil son españoles, lo cual, considerando nuestra cultura cristiana y devociones usuales, es poquísimo. Incluso en los años de miseria. De esa cifra, más de la mitad acude por motivos religiosos; o sea que los viajeros puros, los meros turistas, se quedan en nada. Cierto que Israel lleva más de medio siglo en convulsión permanente (por no hablar de su milenaria convulsión crónica), pero en las últimas décadas no parece que haya de haber miedo o recelos en viajar por su territorio.

Israel es un país rico y hermoso. Son emocionantes sus ruinas y ciudades antiguas, incluso las modernas como Tel Aviv. Esta rara ciudad, de porte democrático y sencillo, comenzó a serlo solo en 1909, sobre unas dunas que inmigrantes judíos compraron a los turcos. Y es hoy una mezcla fantástica de Oriente y Occidente, como por lo demás casi todo el país. Pero ya hacía siglos que el territorio se había ido llenando de templos, fortalezas, iglesias o monasterios, y que Jerusalén, cruce de caminos, era una ciudad sagrada que tantas veces fue conquistada y destruida.

Es un poco abrumador e inquietante perseguir las huellas de Jesucristo y su gente, pues buena parte de ellas son falsas, o solo legendarias, considerando los siglos y las catástrofes que sufrieron, pero la historia y la leyenda de la historia siempre es un ingrediente de la mayor emoción para el buen viajero. Más donde estuvieron tan mezcladas las tres religiones monoteístas mayoritarias, con sus innumerables derivaciones, sectas y cismas. La riqueza de sus liturgias, sus maneras de entender lo santo, sus formas de vida cotidiana (vestidos, comidas, viviendas, lenguas, carácter de la gente...) hacen de Israel, al margen de lo político y de las creencias personales, uno de los países más apasionantes no ya de la cuenca mediterránea sino del mundo entero. Por eso es tan interesante y tan grato viajar hasta esta vieja Tierra Prometida, a pesar de los inconvenientes de tipo práctico que, sin duda, también existen.