Lucía, 27 años, 9 vecinos, y una antigua casa en una aldea gallega en lugar de la gran ciudad: "Vivir en un pueblo es muy barato si tienes tus propios animales y un huerto"
Formación en agricultura sostenible, currículum de ciudad y una decisión que no encaja en el molde: dejar Madrid por una aldea gallega de nueve vecinos. Lucía no buscaba un retiro espiritual, sino otra forma de sostener su vida.

El interior de Galicia es la tarea pendiente de cualquier amante del norte de España. / Istock
"Fue llegar aquí y sentir un pálpito, de decir, aquí me quedo, esta es mi casa", cuenta Lucía sobre el momento en que encontró la vivienda centenaria que hoy rehabilita ella sola en una aldea gallega de nueve habitantes. No es una frase construida para la ocasión: es literalmente lo que dijo cuando alguien le preguntó por qué esa casa y no otra, por qué ese rincón de Galicia y no cualquier otro pueblo con más señal de móvil o menos goteras.

Adriana Fernández
La Galicia interior de la que habla Lucía no tiene nada que ver con la que conoce el lector habituado a Santiago, las rías o el Camino de postal. Es un territorio de aldeas pequeñas, casas de piedra con más de un siglo a la espalda y vecinos que se cuentan con los dedos de las manos. Lucía, de 27 años y con formación en agricultura sostenible, vivía en Madrid y decidió dejarlo harta —palabras suyas— del "ruido, la inseguridad y la precariedad". Lo que vino después no fue una escapada de fin de semana sino un traslado con nombre, apellido y una vida entera que reconstruir desde los cimientos.

Escenas de la Galicia rural, Puente Medieval, Villa Medieval de Navia de Suarna, Parque Natural de Los Ancares, Lugo / Istock / 5
Una economía de huerto y gallinas, no de folleto
Lucía no lleva una vida de anuncio de turismo rural: lleva una vida de trabajo físico diario, repartido entre el huerto, los animales y una obra que no termina nunca del todo. Cuida gallinas y conejos, reutiliza materiales de casas abandonadas de la zona para avanzar en la reforma y organiza sus jornadas alrededor de lo que la tierra y los animales le exigen cada día.
El dato que ha hecho viral su historia es contundente: "Para mí, la compra del mes ronda los 50 euros, porque entre el huerto y la recolección gasto muy poco". Eso no significa que su vida sea gratis. El desembolso real y más alto se le va en otro sitio: "En lo que más gasto al mes es en mis animales, unos 150 euros", reconoce ella misma. Su objetivo a medio plazo es seguir ampliando el huerto hasta depender del mercado solo para lo que no puede producir en la aldea, básicamente arroz y aceite.
La reforma de la casa centenaria no salió de la nada. Lucía la financió con el dinero acumulado de su prestación por desempleo, capitalizada para emprender, y durante un tiempo mantuvo su empleo en Madrid mientras avanzaba con las obras, empezando cada jornada antes del amanecer. Es la parte del relato que no aparece en la foto bonita de la casa de piedra: antes de la autosuficiencia hubo meses de doble jornada y ahorro forzado. "Vivir en un pueblo es muy barato si tienes tus propios animales y un huerto", resume ella, pero esa frase encierra un condicional que cuesta dinero, tiempo y trabajo.

Escenas de Galicia en el interior, Ponte Maceira / Istock
La Galicia interior que no está en las postales de las rías
La Ribeira Sacra es quizá la mejor síntesis de lo que ofrece esta Galicia sin mar: cañones excavados por el río Sil, viñedos en bancales imposibles y monasterios que llevan siglos ahí sin necesitar cartel turístico. Desde ella se puede combinar baño y ruta enoturística en la playa fluvial de A Cova, en O Saviñao, con el Miño como telón de fondo entre viñedos y montañas.

Viñedos Ribeira Sacra / Istock / 5
Quien crea que el verano gallego se reduce a la costa no conoce las playas fluviales del interior, que en los últimos años se han convertido en una alternativa cada vez más popular frente al bullicio costero. A Calzada, en Ponte Caldelas, fue la primera playa fluvial con Bandera Azul de toda España y combina aguas limpias, sombra natural y todos los servicios de un arenal convencional. Más al norte, la playa fluvial del río MandeoCurtis, ofrece una zona de baño rodeada de naturaleza con merenderos y fácil acceso para quien viaje en coche.

Vista del puerto de Belesar en Ribeira Sacra, Galicia / Istock
Para quien prefiera algo menos acondicionado, las pozas de Melón, en Ourense, son un clásico del verano interior: varias piscinas naturales escalonadas por el río Cerves, con aguas frías y transparentes tras una pequeña caminata. La Poza da Moura, en Meis, añade un componente de leyenda gallega —se dice que una moura, hada del imaginario local, habitaría este remanso encantado— que convierte el chapuzón en algo más que un baño. Y en plena Ribeira Sacra lucense, la Poza do río Mao, cerca de la célebre pasarela sobre el mismo río, ofrece un remanso de paz entre cañones que compite sin complejos con cualquier cala de la Costa da Morte.

Pozas de Mougás / Istock / MIQUEL PLANAS O.
Caminar sin prisa por un territorio que invita a ello
El senderismo es probablemente la forma más honesta de conocer esta Galicia, porque obliga a moverse al ritmo que el paisaje impone y no al revés. La comarca conocida como O Interior, en Pontevedra, concentra rutas marcadas por valles fluviales y desniveles moderados, con el Río Barragán, el Almofrei y el Verdugo como ejes de varios senderos bien señalizados, mientras que la ruta PR-G164, de algo más de 17 kilómetros junto al río Barragán, es de las más transitadas de la zona y se completa en menos de cinco horas sin exigir condición física extrema.

Paisaje de sauces junto al río Arnoia en el pueblo de Allariz, Orense / Istock
Para quien prefiera trayectos más cortos, el sendero junto al río Almofrei, de menos de ocho kilómetros, ofrece vistas fluviales sin necesidad de dedicar el día entero, y el Río Verdugo Blue Trail completa en poco más de dos horas un recorrido que atraviesa paisajes de ribera muy valorados por quienes ya lo han caminado. Ninguna de estas rutas necesita reserva previa ni equipo especializado: basta con calzado adecuado y ganas de caminar entre robles y castaños en lugar de acantilados.
- El pueblo de 350 habitantes ideal para escapar del calor: en el corazón del Valle del Roncal, cerca de la frontera con Francia, está rodeado de infinidad de rutas de senderismo
- El refugio de Juan del Val y Nuria Roca (55 y 54 años) es un pueblo abulense donde sueñan con envejecer: 'Esta casa es mi lugar favorito del mundo ahora mismo
- El refugio de Rosario Flores (62 años) es una pedanía gaditana de 480 habitantes: caminos de tierra, dunas vírgenes y el Faro de Trafalgar como único vecino en el horizonte
- El refugio de Rozalén (40 años) es el 'pueblo de las cascadas' al que ha vuelto a vivir tras frenar su carrera: 'Necesito estar en mi pueblo, con la gente que quiero
- El refugio de Sandra Barneda (50 años) es el pueblo de su padre, escondido en el Empordà: 'He pasado muchos veranos de mi vida aquí; le tengo un gran cariño
- El pueblo de Girona con una playa de agua dulce en plena montaña: casas de piedra, balcones de madera y uno de los rincones más refrescantes del Pirineo catalán
- El pueblo de 800 habitantes en Asturias ideal para huir del calor extremo: conocido por su tradición quesera, conserva una iglesia de origen románico y sirve como puerta de entrada a los Picos de Europa
- El refugio de Malú (44 años) en verano es un maravilloso pueblo de origen medieval: en el corazón de la Sierra de Gredos, tiene un impresionante patrimonio histórico y un castillo del siglo XV