Lubna de Córdoba, la esclava que creció en Medina Azahara y dirigió la mayor biblioteca de Occidente
Su intelecto la convirtió en una de la figuras más relevantes de la cultura andalusí, llevándola a ser incluso secretaria del califa.

Medina Azahara, donde creció Lubna de Córdoba / Istock / Jose Miguel Sanchez
Manuel Á. Larrea
En el siglo X, mucho antes de las universidades europeas y del Renacimiento, Córdoba era uno de los mayores centros culturales del mundo. Durante el reinado del califa Alhakén II, la ciudad rivalizaba en prestigio con Bagdad y albergaba una de las bibliotecas más extraordinarias de la historia medieval. Al frente de buena parte de ese universo de manuscritos estaba una mujer: Lubna de Córdoba.
Su biografía parece sacada de una novela. Nacida como esclava, terminó convirtiéndose en secretaria mayor del califa, matemática, poeta y responsable de la gran biblioteca del califato. Hoy su figura vuelve a despertar interés como ejemplo de la presencia femenina en la cultura de Al-Ándalus.

Martín Álvarez
La Córdoba del conocimiento
Cuando Alhakén II accedió al poder en el 961 heredó de su padre, Abderrmán III, no solo el poder, sino también una profunda pasión por la cultura. Bajo su reinado, Córdoba vivió una auténtica edad de oro. El califa impulsó grandes obras urbanas y culturales. Amplió la Mezquita de Córdoba y decoró su interior con mosaicos bizantinos traídos desde Constantinopla. También completó la construcción de la ciudad palatina de Medina Azahara y modernizó la capital andalusí con calles pavimentadas, alumbrado nocturno y un avanzado sistema de alcantarillado.
Pero su mayor ambición era intelectual: creó una red de escuelas públicas y decenas de bibliotecas, hasta unas 70 según algunas crónicas. La más importante reunía, según los historiadores medievales, cientos de miles de volúmenes. Aunque las cifras -entre 400.000 y 500.000- probablemente sean exageradas, reflejan la magnitud del proyecto. Si en aquel tiempo existía algo parecido a una biblioteca nacional, seguramente estaba en Córdoba.

Córdoba en la actualidad / Istock / SeanPavonePhoto
Lubna, la mujer que organizaba el saber
En ese extraordinario entorno cultural surgió la figura de Lubna. Originalmente una esclava joven en palacio, su inteligencia llamó pronto la atención. Fue educada en disciplinas poco comunes incluso entre los eruditos. Las fuentes señalan que dominaba latín, griego y hebreo además del árabe.
Con el tiempo llegó a convertirse en kátiba al-kubra, la secretaria mayor del califa. Pero su papel más destacado estaba en la biblioteca palatina. Allí trabajaba como copista, traductora y organizadora de manuscritos. Su papel no fue meramente pasivo, también se encargó de comentar algunos de esos escritos y de enseñar a los niños pobres de Al-Ándalus.
El impulso de la biblioteca de Medina Azahara
La Córdoba califal era una sociedad mucho más compleja de lo que se suele imaginar. Las crónicas árabes cuentan que en algunos barrios podían encontrarse hasta 170 mujeres dedicadas a copiar manuscritos, lo que indica un nivel de alfabetización femenina poco común en la Europa de la época.
Lubna no estaba sola. Otra mujer, Fátima, también trabajaba como copista en la biblioteca del califa. Ambas participaron en la reproducción de obras científicas, filosóficas y literarias. Además, Lubna colaboró con el médico y diplomático judío Hasdai ibn Shaprut para impulsar la biblioteca de Medina Azahara, ampliando aún más el alcance cultural del califato.

Medina Azahara, Córdoba / Istock / Azulillo
Buscadora de libros
Alhakén II envió emisarios por todo Oriente Próximo en busca de libros. Gracias a esa red de adquisiciones, Córdoba reunió obras de filosofía griega, ciencia oriental, poesía árabe y tratados médicos. Una de las personas encargadas de reunir ese conocimiento era precisamente la protagonista de esta historia.
La historia de Lubna y de esta extraordinaria biblioteca, sin embargo, terminó de forma trágica. Tras la muerte del califa, el poder pasó a manos de Almanzor. Bajo presión de sectores religiosos más rígidos, ordenó revisar la biblioteca. Muchas obras fueron retiradas y quemadas. Aquel acto supuso la pérdida irreparable de innumerables manuscritos. Parte de la colección sobrevivió en copias o terminó dispersa, pero nunca volvió a reunirse una biblioteca comparable. Lubna cayó en desgracia y terminó sus días exiliada en un palacio en Carmona (Sevilla) hacia el año 984 o 986.
Ese final, sin embargo, no borra que hace más de mil años, en el corazón de Al-Ándalus, una mujer dirigía la que probablemente fuera la mayor biblioteca de Occidente y, gracias, en parte, a ella, Córdoba fue durante un tiempo uno de los faros culturales del mundo.
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