Los viajeros de Eubea, por Jesús Torbado

Unos 800 años antes de Cristo se conocía ya a los eubeos por su espíritu viajero, que les llevó a las costas de Asia.

Jesús Torbado

Larga y tan estrecha que muy pronto el que mira desde el ventanuco del avión acunará sus ojos en el azul prodigioso del Egeo, antes de tropezar con Lesbos o con Quíos. Tierra imprecisa muy abajo, once kilómetros más abajo.
Pues de Eubea y de sus habitantes no habría mucho que contar salvo que descienden de una estirpe extraordinaria. Tanto como para que hace más de dos mil años el incansable emperador romano Adriano, el que había nacido en la andaluza Itálica, admirase mucho a aquella gente. Unos ochocientos años antes de Cristo se conocía ya a los eubeos no por su potencia militar (que era la primera razón de fama por entonces) sino por su espíritu viajero. Los historiadores suelen hablar de viajes precoloniales, y entre ellos incluyen el del legendario Odiseo o Ulises. Anulada quizás por la fama de este personaje y por los hallazgos de cerámicas en Creta, Rodas y Chipre, la memoria de los eubeos se desvaneció enseguida; hasta no hace mucho no han vuelto a recuperarse sus vestigios.
En los tiempos de Homero e incluso antes, hace ahora casi tres mil años, a cierta gente de aquella isla, particularmente de las ciudades de Calcis y Eretria, en la zonas central y meridional, les dio por abandonar sus campos y echarse a la mar. Se cree en términos antropológicos que porque "sobraban", porque no eran necesarios en sus familias, tribus o poleis. Eran expulsados de la comunidad para que se buscaran la vida cómo y dónde pudieran. Por textos primitivos se sabe que se hacían pactos rituales y mágicos en esas obligadas emigraciones, unas despedidas que eran definitivas.
Los primeros destinos de aquellos aventureros fugitivos eran las costas de Asia Menor (hoy, Turquía) y de Chipre hasta el actual Israel e incluso el norte de Siria. La gran ciudad de Tiro es quizás el ejemplo mayor de aquellos asentamientos. La colonización primitiva del Mediterráneo es una historia en verdad prodigiosa, aunque mucho más larga en el tiempo de lo que nuestros conceptos actuales nos permiten determinar. Cuando el gran Adriano, viajero pasional que siempre -seiscientos o setecientos años más tarde- preguntaba por los griegos allí donde llegaba, contaba mil quinientas poleis o fundaciones griegas en todo ese "mar nuestro" (vivían más griegos fuera del territorio griego, pobre y disperso, que dentro de él) no hacía sino reconocer y valorar el progreso, el devenir, de nuestra cultura común.
El trasiego, la osadía y la agitación de aquellos viajeros maravillosos fueron sin duda enormes. Griegos (aqueos) y levantinos o fenicios, "la gente de la púrpura", de manera efímera o radical acabaron con sus peregrinaciones abriéndose un espacio propio en todos los rincones por entonces hostiles del Mediterráneo, de Cádiz a Egipto, de Marsella a Cirene, saltando incluso hasta Crimea. Quinientos años antes de Cristo ya se conocían sesenta grandes colonias griegas, ciudades más o menos asentadas en ese vasto espacio. Un entramado de razones económicas, sociales, climáticas y psicológicas fue empujándolos muy lejos de casa cuando evidentemente las artes del viaje estaban todavía en agraz.
Poco antes, en la edad del oro, tal y como contaba Ovidio en la Metamorfosis, "ningún pino cortado para visitar un mundo extranjero había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas y no conocían los mortales otras playas que las propias". Más tarde, los eubeos, en una arriesgada decisión, "desplegaron las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron a las olas desconocidas".
Aquí empezamos a descubrir que viajar es consustancial a la especie humana. Y que en medio de tanta ridícula pamplina sobre alianzas de civilizaciones, nuestra cultura, nuestra vida, nuestra existencia siguen ancladas en el Egeo, junto a los viejos navegantes de Eubea.