Los últimos de la playa por Jesús Torbado

La destrucción de la naturaleza costera es casi total, aunque puede ir en aumento. Quienes hoy estamos vivos seremos la última generación que conoció en España una costa auténtica, natural y pura.

Jesús Torbado

En un remoto zaquizamí de la memoria de este veterano vagamundos queda embalsamada la única patada que un guardia civil le arreó durante sus muchas travesías. Fue en una playa de Nerja, en el verano de 1962. Diecinueve años tenía entonces el viajero. Dedicaba su ocio veraniego a recorrer las costas españolas en autostop y dormía aquella noche dentro de su saco en un largo y glorioso arenal vacío. Lo despertó la bota agria del guardia civil, que no autorizaba a descansar en aquel paraje. El patriota y rebelde viajero le preguntó por sus modales y cómo allí cerca estaba clavada una tienda bajo cuya costrosa lona se refugiaba una pareja de jóvenes franceses sin que hubiera recibido la correspondiente paga de coces de la ley. "Esos son turistas", certificó el civil, con argumento irrebatible.

Mas la moraleja ahora, tantos siglos después, no incide en la brutalidad de aquellos tiempos y aquellas gentes (pero tampoco mucho mayor que la de hoy, para qué vamos a engañarnos) o en el servilismo tan triste y tan común en los países entregados ciegamente a la divisa turística. No. Lo que le viene a uno al corazón, tras algunos avisos recientes, es que en aquella España de hace casi medio siglo podía uno pasear, tumbarse y retozar en largas playas puras y desiertas, aun vecinas a sosegadas poblaciones costeras. Salvo la intervención de ciertos vigilantes memos, desde luego.

Hoy, más de la tercera parte del litoral mediterráneo español está "urbanizado". Casi dos terceras partes en el Sur y Levante. O sea, arruinado. Prácticamente todos los antiguos arenales aparecen ocupados, controlados, apropiados, explotados. En la última década, más de medio millón de viviendas se añaden cada año a la franja costera. Unas cincuenta mil son ilegales, pero ante las que toda autoridad cierra los ojos. Los casos de Marbella, donde después de un cuarto de siglo de intereses compartidos la Junta andaluza parece haber decidido parar el atropello municipal, y el de Cabo de Gata, donde todo un ayuntamiento se deja embaucar (no puede certificarse otra cosa) para autorizar la construcción del monstruoso hotel de Carboneras, y con el ruidoso apoyo del vecindario, son las últimas campanadas del desastre. A propósito, después de que tantos poderes hayan mirado para otro lado, ahora el Ministerio de Medio Ambiente va a expropiar y derribar parte de ese ominoso hotel de 22 plantas, con dinero que tendremos que pagar los contribuyentes (¿por qué personalmente no ellos: alcaldes, arquitectos, concejales, ministra?).

En Murcia, y no sólo allí, se encuentran al acecho para cambiar la calificación de parques naturales y espacios protegidos. La destrucción de la naturaleza costera es prácticamente total, aunque puede ir en aumento. Quienes hoy estamos vivos seremos la última generación que conoció en España una costa auténtica, mansa o brava, hermosa o mediocre, pero natural y pura. "Nuestros hijos heredarán un desierto de cemento rodeado de cloacas, rodeado de burócratas", escribía Isabel San Sebastián no hace mucho. Burócratas millonarios, desde luego, pues es curioso que todos los partidos políticos, sin excepción, se lanzan siempre en los municipios a la cornucopia de las concejalías de urbanismo. Por si acaso. "Las propias administraciones actúan como promotores inmobiliarios para vender hasta el último metro de costa virgen", denunció el pasado verano la organización ecologista Greenpeace.

A esa horrible, demencial saturación humana, tan ingrata e inútil para la colectividad como provechosa para los políticos y especuladores, se añade la general desidia e improvisación de quienes mandan. Hay ciudades enormes, como La Coruña, Málaga y Algeciras, que carecen de depuradoras de aguas residuales o en las que resultan muy insuficientes. Es decir, toda la porquería se dirige directamente al mismo mar cuyas fangosas olas se quieren explotar posteriormente para el turismo.

Describir una vez más tan aciaga realidad es de nuevo gasto bobo de una página de esta hermosa revista. No sirve de nada, nadie hará caso. Se trata sólo, cuando comienza otro año, de una mirada compasiva y agridulce hacia quienes, con toda su inocencia en el corazón, fueron los últimos viajeros que pudieron conocer las playas como de verdad existían. Y las montañas. Y los campos. Y los caminos.