Los templos creados por la naturaleza

Nuria Cortés

Desde tiempos remotos, la naturaleza ha creado templos para que los hombres pudieran cobijar allí a sus dioses. Hogares divinos o escenarios donde otros hombres tuvieron el privilegio de contactar con el Ser Supremo, la mayoría sigue manteniendo el carácter sacro que le dieran nuestros ancestros. El monte tibetano Kailash, por ejemplo, es venerado en el Hinduismo, Budismo, Jainismo y Bön, la religión primitiva del Tíbet. La mitología hinduista localiza el hogar de Shiva en su cumbre. Los budistas tántricos creen que allí vive el buda Demchok, quien representa la máxima dicha. Los jainistas recuerdan que en la montaña el fundador de su religión, Vardhamana Mahavira, consiguió liberarse del ciclo de reencarnaciones al que estaba condenado como hinduista, y en la tradición Bön es la morada de la diosa del cielo, Sipaimen. Para todos ellos, poner los pies en sus laderas constituye un auténtico sacrilegio.

Todo lo contrario sucede en el volcán japonés Fuji, consagrado en el Shintoismo a la diosa Sengen-Sama y popular punto de peregrinación desde el siglo XV. O, ya en Europa, en el monte Croagh Patrick, situado en el condado irlandés de Mayo. Cada año, cerca de un millón de peregrinos y visitantes llegan hasta su cumbre para participar en una misa, hacer penitencia -en cuyo caso el camino se hace descalzo- o simplemente para disfrutar de la espectacular vista. De acuerdo con la tradición, San Patricio ayunó en su cumbre durante 40 días, tras lo cual desterró de Irlanda a todas las serpientes y los demonios. Otras montañas sagradas son el Monte Sinaí, a cuyos pies se encuentra el monasterio de Santa Catalina, construido en el lugar donde a Moisés se le apareció la zarza ardiente, y el Monte Nebo, en Jordania. Atalaya excepcional sobre el río Jordán, el Mar Muerto y Judea, se cree que aquí Yahvé mostró a Moisés antes de morir la Tierra Prometida tras cuarenta años de peregrinación y haber cruzado el Mar Rojo.