Los peligros del turismo inmobiliario, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

El dinero disponible se constituye en brújula que dirige a los lugares elegidos en función del presupuesto disponible. Siempre quedan descartados algunos rincones: o se dispone de poco dinero para transitarlos o se tiene demasiado. Los dos extremos generan exclusiones porque cuando se ha conseguido un estatus no se vuelve a los espacios que se recorrieron cuando se tenían menos posibilidades.

Viví tres meses en Londres al borde de una indigencia encantadora cuando de adolescente intenté descubrir el mundo. Siempre he añorado aquellos episodios, pero he carecido, hasta la fecha, del coraje para volver a recorrerlos dejando las tarjetas de crédito en la vereda para caminar la madrugada hasta la extenuación, como entonces, después de haber tenido una noche de gloria en un concierto de rock en las afueras de Wembley. Pasar un hambre soportable, recorriendo Italia en auto stop, es uno de los mejores recuerdos de mi vida.

En el verano de mis 16 recorrí Italia, desde el Lago de Como hasta Calabria, pidiendo que me llevaran de favor: no tenía un duro, pero gocé como nunca más lo he vuelto a hacer.

En el otro extremo, hay cosas que se le escapan al común de los mortales porque el precio se constituye en una barrera infranqueable. Casi nadie puede comprar una esmeralda en Tiffany Co; ni un Bentley en la central de Rolls Royce, en Grosvenor Place, en Londres. Pero todo esto depende de lo que uno entienda por posesión. Hay formas de sentir sin comprar. Por lo menos se puede disfrutar durante un ratito.

Dormir en el Meurice de París ronda los 800 euros, pero una copa en el bar puede ser asequible a una economía media: desde allí, agarrado a un gin tonic, por poco más de 30 euros puede uno imaginarse al general Von Choltitz, gobernador del gran París, hablando con Hitler desde la suite royal mientras tomaba la decisión de desobedecer al Führer en la destrucción de París. Se puede contemplar por lo menos dos veces, sin llamar la atención, un diamante razonable en cualquier joyería de la Place Vendôme, hasta conseguir que el joyero crea, aunque sólo sea por un instante, que terminará por vender la pieza. Sentarse al volante de un Jaguar E-type, en un anticuario de automóviles de Inglaterra, es poseer esa formidable máquina por unos minutos, aun cuando no pueda llegar a conducirlo. Si al final el maletero resulta demasiado pequeño para los viajes, el vendedor se consolará de no haber consumado el trato.

De todas las formas de turismo que pueden parecer inaccesibles, el que más me gusta es el turismo inmobiliario. Pocas personas pueden imaginarse el placer que da visitar un piso art déco de la Plaza de Italia, en Santiago de Chile, con intención aparente de comprarlo. Esto me ocurrió después de conocer en una librería de Providencia a un tendero catalán, afincado en Chile, que tras identificarme me invitó a café en su casa: el piso vecino estaba a la venta. Faltó tiempo para organizar una visita: vitrales emplomados, suelos de madera, puntales anchos y el sabor de los 30. Además, el precio también resultaba de lo más atractivo: por poco caigo en ese lío. Comparar los precios de las casas de Buenos Aires con la locura inmobiliaria de Madrid es saltar en el tiempo a estadios habitables. Puerto Madero es un universo para norteamericanos que sueñan con la revalorización de sus activos. La Recoleta es para exquisitos que sueñan con rozarse con los visones en los días fríos del invierno austral. En medio, Belgrano, Caballito, San Telmo...

Practiqué durante un tiempo esta forma de turismo inmobiliario en Buenos Aires. Fue un placer tan inmenso, que se transformó en un vicio que generó mi dependencia. Ahora vivo allí con mi mujer, en un piso modesto pero luminoso y lleno de vida. La ciudad terminó por atraparnos y el juego se convirtió en forma de vida. Y es que a veces jugar con los sueños termina consumándolos. Sirva esta nota como aviso.