Los mil avatares de Santiago por Jesús Torbado

Lo importante del Camino parecen ser los entretenimientos del viaje y el azar de los encuentros o los tropiezos provechosos.

Jesús Torbado

Aunque los nombres se sobrepongan, contrapongan y se interfieran, todo el mundo sabe distinguir a estas alturas entre un viajero y un turista. Pero son actividades no fundamentalmente enemigas y que muchas veces se dan la mano (en un avión, por ejemplo). Incluso no se separan lo suficiente en el terreno de lo práctico. De cualquier manera, el turismo puro y duro enseña su vigoroso trasero económico a la menor ocasión, y aun sin ella. Ahora toca otra vez Santiago, y casi como última ocasión en una década.

Con tan fuerte guirigay, muy pocos prestan atención a la curiosidad de que se trata de un Año Santo Jacobeo, Santiaguero o Jacobita. El término santo que acompañó la infancia y la juventud de muchos de nosotros es ya obsoleto, demodé, inconveniente, probablemente también fascista. En todo caso inútil, ni siquiera sirve ya para el lenguaje coloquial: mi santa voluntad, mi santa (por esposa), la santa paciencia.

Claro que el mismo protagonista del evento -así se trata la cosa en el marketing turístico- anda ya como desvanecido. Se han empeñado todos en decir simplemente Xacobeo, con lo que desaparece lo del jubileo, lo de santo y el santo mismo. Quienes hablan gallego seguramente comprenden bien ese mazazo de Xacobeo y Chacobeo, pero los peregrinos de a pie empiezan a tener dudas de qué se trata y a preguntarse dónde está el valor del polvo del camino. Vale que todos los caminos lleguen a Compostela, como a Roma y a Jerusalén, mas, ¿para qué, con qué finalidad y destino? Lo verdaderamente importante parecen ser las zamburiñas, las centollas, las discotecas recientes y los bautizados como hoteles con encanto; en fin, los entretenimientos del viaje y el azar de los encuentros o tropiezos provechosos. La publicidad y el dinero gallegos han conseguido sobreentender que la peregrinación por el Camino de Santiago, el milenario, el milagroso, es sencillamente hacer turismo en la capital del neo reino autonómico. Xacobeo Galicia, sin más.

Y como ello debe de rendir ricos y abundantes frutos, ya nadie se corta un pelo en la cosecha. La presidenta de Madrid anduvo no hace mucho triscando por los bellos pedruscos del Guadarrama para redescubrir un camino de Santiago local muy prometedor. Los catalanes, lógicamente, también señalan su particular y étnico camí de Sant Jaume. Jaime, Jaume, Yago, Jacobo, Tiago, Jacob, Xacobo, James, Jacques... son todos la misma persona, aunque, ¿quién en realidad: el Santiago Mayor Zebedeo o el Santiago Menor, hijo de Alfeo y segundo obispo de Jerusalén, asesinados los dos en esa ciudad? Las autoridades turísticas de Cantabria y de Asturias han engalanado viejas y auténticas huellas históricas para desviar a la clientela hacia sus atractivos territorios. Y a los evidentes méritos turísticos añaden el regalo de folletos bien ilustrados y gran información sobre las amenidades del trayecto. En otras partes, el reclamo es tan equilibrista incluso como para extraviar a esa fecunda clientela. Como si todos corrieran a poner en práctica aquel estupendo libro del holandés Cees Nooteboon titulado El desvío a Santiago; en su índice de topónimos aparecen 300 referencias geográficas más o menos jacobeas.

Claro, por todas partes se podía y se puede llegar hasta el arca marmórea del apóstol o de quien allí reposa. El problema de tanto engorde de fervor turístico -que no peregrino- es la sobredosis de confusión. Hay hitos y enseñas del Camino por todas partes y en el fondo no han de ser falsas, como los mismos nombres del apóstol patrono de España (mas ya no mola ese cargo, está anticuado). En toda Europa e incluso en América y en Asia.

Pues a lo largo de mil cien años del arranque de la grande y mágica leyenda religiosa (sin aludir aquí a las peregrinaciones laicas o paganas ya conocidas en el Neolítico) hubo gente de todo pelaje que caminó con pesar o entusiasmo hasta el virtual fin de la Tierra. Lo mismo que caminaban, y seguimos haciéndolo, hasta el final de la vida. Que el santo de Compostela nos consiga una buena andadura.