Los "lenguas", por Luis Pancorbo

Desde la isla Fernandina (Cuba) navegaron entre el céfiro y el austro, viento también llamado del sudoeste, y en seis días y con mucha suerte desembarcaron en una tierra donde fueron bien recibidos.

Luis Pancorbo

Cuando los españoles preguntaron cómo se llamaba aquel sitio, los nativos les dijeron "Yucatán", que en su lengua significa "No os entiendo". Como dice Pedro Mártir de Anglería, no sin humor, "por este caso quedó y quedará perpetuamente este nombre de Yucatán". En realidad la zona era Eccampi. Tampoco prosperó el nombre de El Cairo para un pueblo con torres en la playa, tal vez Tulum, que los españoles al mando de Alaminos pensaron que tenía algo que ver con las mezquitas de Egipto.

Por mucho valor e imaginación que se le eche, el mundo no es igual sin entender, eso es el meollo del viaje, y por eso han sido imprescindibles los intérpretes, llamados lenguas en América, o los lingüistas del África negra. El lingüista era el único que podía hablar al rey y recibir la palabra de él. Los somalíes que conducían a Burton por África Oriental eran agentes, escoltas, intérpretes en una pieza; a veces tenían el título de abban, que quiere decir protector. Otras veces se trataba de los mogasa de la tribu galla, o de los rabia, del Este de Arabia, lingüistas que ojalá no saliesen tan irritables como los propios viajeros, como dice Burton.

Sé lo que es porque en mis viajes necesito a menudo dos intérpretes. En la península de Kamchatka no te enteras mucho de la vida de los indígenas si no cuentas con alguien que te traduzca del ruso al inglés y con otra persona que lo haga del koryak al ruso. En el Congo fue vital tener un intérprete de francés al balese y del balese al mbuti, la lengua de los pigmeos del Ituri. Preguntar a los bambuti dónde estaba el agua y que te respondieran duraba una eternidad. Peor era cuando querías entrar en una cabaña a filmar y los pigmeos, muy pudorosos, entendían otra cosa más escabrosa.

El triunfo de Hernán Cortés en México se debió en buena parte a dos intérpretes, un español náufrago, Jerónimo de Aguilar, y una esclava india llamada Malinali ("torcer sobre el muslo", significa en nahuatl). Malinali, más conocida como Doña Marina o La Malinche, se ha convertido en el icono de la traición según ciertos mexicanos dispuestos a volver a la gloria de Tenochtitlán haciendo caso omiso de que son muchos en ese país los mestizos y descendientes de españoles. Pues bien, gracias a Malinali y a Jerónimo de Aguilar, Hernán Cortés entendió de qué iba Anahuac, un imperio con los pies de barro donde dominaban los aztecas sobre los resquemores de los otomíes, las reticencias de los mayas, la servidumbre y esclavitud de los tlaxcaltecas y los zapotecas y la envidia de tantos otros pueblos.

Jerónimo de Aguilar sabía maya por su largo cautiverio. Malinali, nacida en Painala, junto al río Coatzacoalcos, hablaba nahuatl, aunque conocía el maya por haber sido vendida a los tabasqueños. Con esa cadena de lenguas y esas dos personas clave, Hernán Cortés pudo saber qué pensaban los caciques de Tlaxcala, de Cholula o del propio Tenochtitlán, cuya caída en el año 1521 supuso el mayor éxito para España en muchos siglos. Sin embargo, la historia menuda no es menos crucial: La Malinche no sólo traduce a Cortés sino que le hace el amor, y eso crea una rapidez, una inteligencia, un matiz, que el conquistador supo aprovechar. El ecijano Jerónimo de Aguilar, un estudiante de teología que iba en la carabela de Valdivia, del Darién a La Española, y que encalló en el bajo de los Alacranes, era más bien un tipo castigado y severo, pero sobrevivió y se hizo con una familia indígena. También cumplió bien en la historia.

La Malinche y Aguilar fueron, pues, dos grandes lenguas o intérpretes, y a ellos se debe en buena medida que el español sea el idioma de México.

Otra cosa es lo que queda de ese español. Mucho y muy cambiado, y a veces muy bien conservado, que el castellano de América tiene esas oscilaciones, giros, sorpresas y hasta irrumpidos sabores cervantinos. Otra cuestión es el espanglis de los chicanos o mexicanos que viven en Estados Unidos: "Cierra el window que se moja la furnitura". Frase suave si pensamos que también pueden decir y quedarse tan frescos: "Mom no está, se fue a la grosería". Grosería viene de grocer store, lo que antaño en España era una tienda de ultramarinos. Está claro que aún vamos a necesitar a un lengua.