Los grandes hoteles y el lujo de la vida por Carlos Carniceros

Los hoteles exclusivos se sitúan en una órbita de precios que garantizan la exclusividad, y quien se puede permitir el placer de hospedarse en ellos paga, además del excelente servicio y el lujo, la distancia que le separa de los demás mortales.

Carlos Carniceros

La Suite Royale del Hotel Meurice, en París, ha sido escenario de estancias de ilustres personalidades a lo largo de su historia. El rey Alfonso XIII y Salvador Dalí encabezan una lista de notables que pernoctaron durante largas temporadas en el mismo sitio en donde, durante la Segunda Guerra Mundial, situó sus habitaciones el comandante general del Gran París, el mariscal Dietrich von Choltitz, sobre quien existe, todavía, la polémica de si desobedeció las órdenes de Adolf Hitler de destruir los monumentos más importantes de la ciudad del Sena, incluidos sus emblemáticos puentes, o si el fallo de organización de sus zapadores y la actividad de la Resistencia le impidieron demoler el templo de la cultura y de la historia que es la capital de Francia. Puedo presumir de haber dormido en la misma cama que estos personajes: una inmensa suite, mayor que la generalidad de los pisos de Madrid, con balconadas sobre los jardines de Les Tuileries, en donde el mayor espectáculo que se puede imaginar es encargar una cena sencilla para dos personas y disfrutar de la parafernalia con que sirven el pedido una legión de camareros cuya obsesión por la simetría de los cubiertos y las copas es sólo comparable con la labor de un joyero.

La Place Vendôme es el gran epicentro de un mundo de alojamientos de lujo que conozco bien. En el número 15, el Ritz tiene habitaciones un poco recargadas para los gustos contemporáneos, pero es el símbolo del lujo y del detalle; son las señas de identidad que tejieron la fábula de amor entre Lady Di y Dodi Al-Fayed. Sus salones fueron testigos de su última escapada y tal vez, si aquella noche del 31 de agosto de 1997 en vez de salir para jugar al escondite con los paparazzi hubieran reposado la cena en su suite preferida, sus vidas no hubieran entrado en la historia. En el Bar Hemingway, del Ritz, se preparan los mejores whisky sour del mundo, a los que sólo pueden hacer frente los barman del Harrys Bar de Nueva York. Entramos en la leyenda.

A cien metros del Ritz está De Crillon, en el 10 de la Place de La Concorde, otro mito de la hospedería francesa cuya especialidad es el chocolate que sirven a la hora del té en sus salones más nobles. Nunca he probado nada más exquisito desde la constatación de la diferencia con la bebida que inventaron los mayas y que está esparcida por todo el mundo.

Estoy evocando algunas de las estancias que me ha permitido mi condición de periodista y que de otra forma no me hubiera sido posible disfrutar de un universo que arranca a partir de 600 euros la noche. Todos estos hoteles se sitúan en una órbita de precios que garantizan la exclusividad y quien se puede permitir el placer de hospedarse en ellos paga, además del excelente servicio y el lujo, la distancia que le separa de los demás mortales.

Un hotel, en estas condiciones, es el escenario del espejismo de la auténtica vida, inalcanzable para quien es intruso en estos paraísos que nos están vedados a la generalidad de las personas. Cruzar el umbral de La Mamounia es situarse en la cotidianidad de Winston Churchill en la misma medida que el Four Seasons de Nueva York y de México DF es ponerse al alcance de Julia Roberts o de Cindy Crawford. Lo entendí precisamente en el emblemático hotel de Marrakech, en donde el monitor de tenis te permite ganar el partido simulando una lesión que le impide demostrar su dramática superioridad... todo para que el cliente se sienta complacido.

En La Mamounia el servicio es invisible y la sustitución de las toallas húmedas es un verdadero ejercicio de detectives consumados si uno pretende sorprender a la camarera, que está entrenada para no ser intuida. De este modo, la burbuja de cristal que separa al huésped del resto de la existencia es la condición de que la factura no resulte sorprendente.

Es cierto que hay que tener respaldo en la tarjeta de crédito, pero por esa vía o la del intrusismo que permite este oficio, el de periodista, colarse en el paraíso por unos días le permite a uno la experiencia de haber rozado lo que sólo se conoce gracias a la cinematografía.

Ahora la verdadera diferencia está en el detalle. Cuando el mundo se traslada a velocidad de vértigo por el ciberespacio y las grandes compañías de touroperadores permiten desplazamientos tan masivos como la forma de hospedarse que le son innatas, los grandes hoteles del mundo son ínsulas de incompatibilidad con las personas que tienen una vida normal, lejos de quienes tienen una posición para vivir en el contraste.

No hay nada como haber rozado la exquisitez de esta forma diferenciada de viajar para saborear las cosas más sencillas. Todo depende de la voluntad de acomodo para sacar placer a la vida desde un hemisferio de cinco estrellas o desde la casa que Josefa tiene en Playa Larga, en la península de Zapata, en Cuba, en donde una modesta habitación, con un baño que gotea el agua caliente a ritmo de danzón cubano, es la antesala del paraíso constituido por una terraza que se asoma a la Bahía de Cochinos, en donde el tiempo se detiene en cada partida de dominó los fines de semana que me puedo esconder allí. Entonces, instalado en una silla de director, de las de tijera, amarrado a un gin tonic helado, las evocaciones del Marriott de Nueva York no son nostalgia sino un complemento de una vida en la que el lujo no es una circunstancia desesperada de alcanzar y en donde un atardecer con el sol diluido en el horizonte no entiende de estrellas en la guía Michelin ni de sofisticaciones de maître de hotel a la hora de decantar un Borgoña o beberse una sencilla cerveza helada.

Haber conocido lo inaccesible posibilita disfrutar mucho más de lo cotidiano. Es un axioma que en la vida me ha servido mucho a la hora de emprender un viaje, de tal forma que quince días en una jaima, en el corazón del desierto del Sáhara, compartiendo el pan y el cabrito de los nómadas de por vida, que son los saharauis, es una evocación de la vida mucho más intensa que un almuerzo en Le Cirque de Nueva York o una cena en el Tour D''Argent parisino.

La excelencia de la vida no se esconde siempre después de un cliché de lujo porque hay factores añadidos que son determinantes. En primer lugar, el estado de ánimo con el que se emprende un viaje y, como parte esencial para garantizar el resultado, está haber sabido elegir la compañía adecuada. Los cuartos de baño del Gran Hotel de Roma pueden ser un desierto interminable de mármol de Carrara y la ducha de Josefa un rincón del paraíso, porque no está escrito que el lujo garantice la eternidad de la memoria ni que la modestia sea sinónimo de penuria. Nada más preciado que el contraste para valorar todos los estadios de la vida. Y nada más rico que la conformidad con uno mismo para sacarle chispas a la más modesta condición, en la que uno se instala en el auténtico lujo de la vida que es estar con quien uno siente el ánimo de que se tienen dos almas compartidas.