Los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina cumplen 500 años

Cada día, aproximadamente 17.000 turistas levantan la mirada al techo de la Capilla Sixtina de la Ciudad del Vaticano. Entre 1508 y 1512, Miguel Ángel recibió el encargo del Papa Julio II de pintar el techo de su bóveda. Esta inmortal obra, plagada de sorpresas, mantiene intacta su capacidad de fascinación.

Hace 500 años, Miguel Ángel Buonarroti, conocido como El Divino entre sus contemporáneos, finalizó una de las obras cumbre de la pintura occidental: los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina. El trabajo le reportó al artista la admiración de los romanos y tres mil ducados, que fueron los emolumentos que recibió del Papa Julio II. Fueron cuatro años de trabajo, condicionado por las dificultades de pintar en un andamio, a más de 20 metros de altura, y tumbado. En su última película, A Roma con amor, Woody Allen ironiza sobre esta situación cuando un personaje que contempla extasiado una pintura del techo exclama: "No me puedo imaginar trabajar tanto tiempo echado de espaldas". A lo que Penélope Cruz, que interpreta a una meretriz de alto standing, responde con un lacónico "Yo sí". La historia de esta obra está plagada de anécdotas.

Un libro imprescindible para adentrarse en esta fascinante creación es Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos (1550), de Giorgio Vasari, todo un clásico esencial para entender el arte del Renacimiento.

Esta historia comienza en 1503, cuando el recién nombrado Julio II encargó a Miguel Ángel la construcción de su futuro sepulcro. A pesar de contar entonces con tan solo 29 años, el artista de Caprese gozaba de una excelente reputación a causa de su Piedad y, no menos importante, un gran predicamento ante el Padre Santo. Cuando Miguel Ángel llegó a Roma para hacerse cargo del proyecto, Julio II le encomendó la reforma de la iglesia de San Pedro, lugar en el que se cobijaría el sepulcro. Sin embargo, tras desavenencias con el Papa, Miguel Ángel marchó a Florencia apresuradamente, abandonando el encargo. Meses después, El Divino recibió una misiva del Vaticano exigiéndole -el detalle es importante- que regresara a Roma. Temiendo la cólera del Pontífice, Miguel Ángel llegó a plantearse el exilio a Constantinopla, donde el sultán Beyazid quería que diseñara un gran puente sobre el Cuerno de Oro (sobre este asunto resulta muy recomendable la novela Habladle de batallas, de reyes y elefantes, de Mathias Enard). Sin embargo, finalmente optó por acudir a la cita con Julio II. A pesar de los temores, la reconciliación fue total, pero Miguel Ángel no retomó sus antiguos proyectos. Bramante, que sentía una natural animadversión hacia Miguel Ángel, convenció al Papa para que desistiera de construir su sepulcro en vida, considerándolo como mal agüero, y que le encargara la pintura de la bóveda de la Capilla Sixtina, pensando que el autor de El David no dominaba la técnica del fresco y fracasaría en este encargo. El tiempo ha demostrado que Bramante fue un excelente arquitecto, pero un pésimo conspirador.

Elevar las enseñanzas del antiguo testamento
La idea inicial de Julio II era que Miguel Ángel representara en labóveda a los 12 apóstoles. Sin embargo, finalmente optó por utilizar diversas escenas del Antiguo Testamento, acompañadas de sibilas y profetas que predicen la llegada de Cristo. Indudablemente, la escena de laCreación de Adán, que ocupa la parte central, es la imagen más icónica de los frescos. Los otros temas ilustrados son la Creación de la luz, la Creación de las plantas y los astros, la Creación del mundo, la Creación de Eva, el Pecado Original y la expulsión del paraíso, el Sacrificio de Noé, el Diluvio Universal y la Embriaguez de Noé.

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