Los espíritus hambrientos, por Luis Pancorbo

Los espíritus hambrientos salen de sus escondrijos de ultratumba en el décimoquinto día del séptimo mes lunar según el calendario chino. Ese día, que cae entre agosto y septiembre, se celebra Yue Laan, una peculiar fiesta de difuntos. Algunos espíritus vienen del infierno y se dan una vuelta por el mundo, así que lo más sensato es invitarles a comer. Los chinos del sur, los de fe taoísta sobre todo, ofrecen auténticos banquetes a sus extintos obviando que éstos no tienen estómago. Los manjares no se ponen en las tumbas por lo general sino en los lugares que cada cual interpreta como más proclives al paso sedoso de esos seres. Por eso hay tanta gente que deja las comidas en la calle.
Los espíritus hambrientos no se contentan con calaveras de azúcar, ni calabazas huecas como en otros lugares, sino con pollos asados, lechones, frutas, vino de arroz... También exigen dinero, aunque sea de papel, ingentes cantidades de billetes que luego se queman. Una vez me compré en una tienda china de artículos religiosos un mazo de cien millones de dólares. El dinero de papel puede ser de color oro, o plata, bien confeccionado, algo bello y creíble antes de meterlo en un horno o quemarlo en un pebetero.
No todos los difuntos chinos son espíritus hambrientos. A esta clase pertenecen quienes no tuvieron las debidas honras fúnebres, o quienes se ahogaron en el mar, o murieron en guerras. Puede suceder que alguien falleció normalmente pero que se quedó descontento de sus deudos, pues éstos no le dedicaron suficientes pompas y bagajes para viajar al otro mundo. La fiesta de Yue Laan sirve para aplacar su enfado, no sólo su hambre. Les ofrecen incluso aviones de cartón, televisores, coches, cualquier cosa apetecible porque para los chinos el más allá está cerca del más acá.
El emperador Wu de la dinastía Liang (502-507) instauró un festival para honrar a los difuntos. Luego se aprovechó él mismo de su invento desde su mausoleo en la Montaña Dorada. Wu era un hombre poderoso y atento, aunque cuando vino a verle Bodhidharma, el patriarca del zen en China, cometió el error de preguntarle qué era lo principal del budismo. "Un vasto vacío", le contestó el monje. Se irritó el emperador y le replicó: "¿Quién te crees que eres?". Y el monje le respondió: "No tengo ni idea".
En Hong Kong son más prácticos que todo eso y el Festival de los Espíritus Hambrientos también implica pensar en los hambrientos vivos, por llamar así a los marginados del sistema capitalista, del comunista y del híbrido que intentan ahora. Antaño, cuando había más pobres en Hong Kong, era de rigor darles limosna esos días mientras la gente honraba a sus muertos, holgaba con sus banquetes y se divertía yendo al teatro chino o a las marionetas.
Un buen sitio aún de Hong Kong para ver las tradiciones de los espíritus hambrientos es la islita Peng Chau. Durante tres días no cesan los bailes taoístas y las danzas profanas, las calles se engalanan con banderas y arden la pólvora y el incienso a todo meter puesto que de paso se conmemora la victoria sobre una peste. La gente echa al mar barcas llenas de comida, regalos y buenos deseos. El último día, a una señal, todo el mundo corre a la rebatiña de la ingente cantidad de comidas depositada sobre el suelo del templo. Muchos se llevan a casa cestos colmados de frutas y manjares. Todo culmina cuando se quema la colosal efigie en madera y telas brillantes del Rey de los Espíritus, tras lo que la isla puede respirar tranquila durante el resto del año.
Las fechas en que vagan los espíritus hambrientos no son las mejores para hacer negocios o emprender viajes. Lo suyo es participar en una subasta, generalmente en el seno de la familia, donde se puja, y fuerte, por el wu jin, oro negro, o carbón que diríamos en España. El que consigue ese carbón lo quema en el altar familiar, esperando con seguridad que el tiempo venidero le colme de oro de verdad. Por ilusión no queda.