Los chicles de Julieta, por Jesús Torbado

Es ininteligible que la gente que acude a disfrutar de un resto histórico no vea ningún impedimento en deshonrarlo.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Las leyendas son paisajes que no deben ser ultrajados, como los territorios más recónditos de la memoria. Pero es doctrina que no inquieta mucho a los turistas, tampoco demasiado a los viajeros. Ni siquiera a los más cultos y preclaros. El joven lord Byron cometió en 1810 la injuria de grabar su arrogante firma en el sagrado mármol de una de las 34 columnas (hoy quedan 16 en pie) del templo de Poseidón de Sunión, en la ahora llamada Costa de Apolo de Grecia. Allí sigue la marca, para vergüenza suya, sin que hayan podido borrarla sus poemas a favor de la independencia griega.

Lo cual es solo un dato lacrimógeno. Pues los rincones más bellos y valiosos de la Tierra están emporcados con todo tipo de signos, muescas y souvenirs de visitantes y curiosos. No es nuevo el vicio. Ni el descubrimiento. Hace 40 años que este cronista publicó una novela titulada Moira estuvo aquí, inspirada en una anónima roca de la isla de Formentera en la que se leía precisamente Moira was here. Ni en las sombras de las cuevas indias de Ayanta, en las paredes eróticas de Sigiriya, ni en el bosque petrificado de Arizona o la catedral de Notre Dame o el refugio de Altamira hemos podido ahorrarnos ofensas de ese tipo. Ahora intentan en Estados Unidos borrar unos manchones de pintura verde que algún imbécil ha lanzado sobre el Monumento a Lincoln, también de mármol. Y el ayuntamiento de Madrid se desespera para hacer desaparecer grafitis horrendos sobre la piel secular del Templo de Debod, lo mismo que los custodios de la Alhambra las ofensas al palacio moro.

Es curioso y poco inteligible que la misma gente que acude a disfrutar de un paraje o resto histórico y hermoso no vea impedimento alguno en deshonrarlo o destruirlo. Ya nos hemos resignado a soportar a ese rebaño de artistas grafiteros que embadurnan paredes, puertas, trenes y todo lo que pillan y que incluso reciben los aplausos, no solo la benevolencia, de comunicadores y periodistas al loro de lo it. Hasta se pretende pasaportar sus guarradas a los museos, como signo de tolerancia y vanguardismo. En este sentido, es notorio que Madrid -su almendra sobre todo- es una de las urbes más cochinas del mundo.

Pero lo más notable es que estas deyecciones turísticas no son solo pictóricas. Hoy la moda más novedosa y torpe es enhebrar candados en lugares públicos con dos nombres entrelazados; sus románticos dueños arrojan luego la llave a las aguas y pretenden que aquel artilugio sea vistoso testigo de su amor eterno (y de su memez repentina). Ha visto uno puentes históricos acribillados por esta ferralla, tanto que ni los herreros municipales consiguen desembarazarlos de ella. En París, Praga, Londres, Venecia... sobre cualquier río útil.

Aunque para cuestiones de amor, lo más obsceno es lo que le ha ocurrido a la pobre Giulietta Capuleti. Bien es cierto que su casa de la via Cappello de Verona no era su casa, ni el famoso balcón era su balcón (pues se añadió en 1935 como reclamo turístico a un edificio gótico que no tenía historia); más aún: ni hay constancia de que Capuletos y Montescos estuvieran nunca enemistados, ni de que existieran la dicha mozuela Julieta ni su Romeo, ni, por tanto, que murieran los dos de manera tan cruda en el año 1320.

Sin tanta fama ni ruido, nos ha llegado la paralela tragedia de Los amantes de Teruel, escrita por el madrileño J.E. Hartzenbusch en 1837, también sobre base legendaria; por cierto, aquella pareja de desdichados tiene hoy en la ciudad aragonesa un monumento funerario digno de visitar. El cuento veronés que primero relató en 1524 Luigi da Porto, sin duda inspirado en patrañas antiguas, y que siete décadas más tarde William Shakespeare elevó a la cima de la literatura dramática, cuento verosímil pero sin apoyo histórico, es ahora un hito turístico mundial. Si Verona es una ciudad preciosa, de las más atractivas de Italia, la barbarie ovejuna se ha cebado en aquella leyenda. En la casa y en su entorno los visitantes se han dedicado a dejar pegados chicles de diferentes colores, junto a innumerables y necios grafitos. Sería quizá justificable que el bronce del seno derecho de la niña protagonista aparezca amarillo/dorado de tanto frotamiento en busca de fortuna amorosa, pero la abundancia de detritos masticables y de necedades románticas producen tanta inquietud como desolación y aburrimiento.