Los arquitectos habaneros trabajan en silencio, por Carlos Carnicero

No hay otro lugar que se parezca a Cuba en el mundo, como si una maldición bíblica hubiera congelado en sal la inercia de cambio que toda sociedad adquiere con el ejercicio libre de sus deseos.

Carlos Carnicero

La Habana está silenciosa de noche, respetando el sueño ligero del Comandante en Jefe, que desde el mes de julio del año pasado convalece de una misteriosa enfermedad que le hace estar ausente en una presencia tenue, que ya se está institucionalizando. El veterano jefe de la Revolución Cubana se ha encapsulado en su destino, demostrando que su reto es permanente, hasta el último suspiro, para burlar los designios de quien lleva medio siglo buscándole la muerte. Esta presencia sobreentendida es el último acto de una obra en la que el regidor, que es él mismo, no deja a nadie ocupar el escenario si no es para apariciones siempre vicarias y dependientes, en un guión inalterable en el que sólo está iluminada su figura, que ahora ya se desvanece. Todavía los focos no se han renovado.

La luz de las farolas de la calle 23, La Rampa, se ha amortiguado en tonos amarillos de bombillos ahorradores, uno de los elementos constitutivos de esta identidad indescifrable en la que Cuba cambia de siglo, anclada a unos comportamientos ancestrales, contra la inercia de la historia y de los tiempos, empecinada en mantener su trayectoria frente a los augurios.

Rodaba despacio en automóvil por esta Habana desierta, mientras sacaba la cuenta de la edad de mis experiencias cubanas. Casi 20 años retratando una foto fija, que es mitad daguerrotipo de estéticas ancestrales y mitad radiografía de aspectos que no se observan sino tamizando las apariencias para desenvainarlas a la realidad. Las reacciones químicas de los habaneros permanecen inalterables en una mixtura que promueve admiración, contrariedad, deseo, esperanza y fatiga... Admiración por la persistencia en la espera; fatiga por la excepción: no hay otro lugar que se parezca a Cuba en el mundo, como si una maldición bíblica hubiera congelado en sal la inercia de cambio que toda sociedad adquiere con el ejercicio libre de sus deseos. Contrariedad ante tanto padecimiento y un deseo sostenido de que el fi nal sea sencillamente aceptable. Los norteamericanos viajan a La Habana para exteriorizar su mirada clandestina de desafío a las leyes intimidatorias que les prohíben asistir al reducto paleontológico del comunismo en las puertas de su casa. Suben las escaleras del restaurante La Guarida, en pleno corazón de Centro Habana, observando las suturas provisionales de un edificio que fue noble y ahora se sujeta por un hilo invisible para demostrar que la Revolución Cubana no se rinde entre el cansancio perpetuo de sus sostenedores. Algunos rascan la escayola descascarillada de las esculturas de una escalera diseñada para observar un baile de salón, congelado entre sábanas tendidas en un receptáculo de nostalgias: aquí, la belleza que retratan los gringos insurrectos es la destrucción a la que tanto han ayudado sus gobiernos. El menú de la Guarida recuerda la presencia de la Reina de España, en un acto de vindicación de su propia supervivencia, que da cuenta de que la sofisticación, en la gastronomía, también busca su reducto en esta Habana expectante.

Fuera, en la calle, los habaneros reposan el agotamiento en su sonrisa, y las esperanzas, en una paciencia imperturbable, sostenida en la convicción de que el tiempo discurre al margen de la historia aceptada, porque esto es una parte del primer mundo en su cultura y en su conocimiento, adobado en el tercero, gracias a una mirada fi ja y perdida, pendiente de una salida distinta a los caminos en donde se ha estancado la historia. La estética de la destrucción de la ciudad termina por hacerse cotidianamente bella en las pupilas que sustituyen la falta de pintura y el derrumbe de los inmuebles por el escenario de un sueño que no termina de precipitarse nunca en algo estable.

Hay augurios que vaticinan que China es el reflejo condicionado de Raúl Castro, del que se supone que quiere que todo sea distinto para que parezca igual, pero más soportable para todos. Otros sueñan con conseguir "la salida", que es un concepto acuñado en el miedo por empezar una vida lejos de las raíces propias que se embalan rápido en una pequeña maleta para mantenerlas inhiesta en cualquier lugar del mundo.

Por las noches, en la esquina de la Rampa con el Malecón, una multitud celebra la rebeldía de su sexo diferente, imponiendo una fi esta perpetua sin permiso de las autoridades, demostrando que los pulsos agotan a quien soporta el cumplimiento de la ley. Los turistas se asoman a este escenario en busca de la explicación de este misterio en que se ha convertido esta Cuba que está siempre en tensión para que no suceda nada. Todavía no hay un touroperador que se haya atrevido a califi car el destino de Cuba con el rango que le corresponde: "Turismo arqueológico y antropológico de un pasado que ya es futuro reciente". Nadie ha colgado el cártel de "últimos billetes", pero hay consenso general en que esta representación, que tantos años lleva en cartel, no puede durar mucho más. Y quienes lo saben se deslizan por las calles de la ciudad con la esperanza secreta de que les sorprenda en Cuba la bajada del telón.

Se apaga la ciudad en medio de una expectativa sigilosa en la que todos y cada uno de los cubanos saben que este interludio es provisorio y que la siguiente obra, drama o comedia, se está ensayando en unos rincones de La Habana en donde ni siquiera se filtra la respiración de esos arquitectos que trabajan en silencio, proyectando vigas nuevas para este edificio antiguo del que ni siquiera se conocen las verdaderas estructuras.