Los árabes del mar, por Javier Reverte

Jordi Esteva es el autor de "Los árabes del mar", un libro de aventuras verdaderas donde el lector viaja en brazos de los monzones, empujado pro las velas de los "Dhows" y recorriendo los puertos de Arabia.

Javier Reverte

No es frecuente hablar de un libro antes de terminarlo. Pero eso es lo que hoy pretendo hacer. Y fundamentalmente por dos razones: la primera, porque me encuentro en pleno proceso de lectura del texto, o sea, apasionadamente enfrascado en la tarea de viajarlo párrafo a párrafo; y la segunda, porque no me gustaría que se acabase. Es un libro de numerosas páginas -478 en este caso-, como deben de ser los libros que nos apasionan. O por lo menos, como aquellos que los lectores quisiéramos que fuesen los libros que amamos: largos, casi interminables, ese tipo de lectura que, cuando andas fuera de casa, te llama para que vuelvas, porque estás deseando seguir la aventura escrita en sus páginas.
El libro se llama Los árabes del mar y el autor es Jordi Esteva, un trotamundos catalán de algo más de cincuenta años que lleva más de media vida con la mochila al hombro, dedicado sobre todo a la fotografía, actividad en la que sin duda es un maestro. Pero en este caso escribe, sin acompañar el texto con fotos. No es la primera vez que lo hace. Ya en 1998, antes del 11-S, antes del 11-M, antes de Irak, antes de Bush, creo que antes de Hungtington con su choque de civilizaciones y Zapatero con su alianza de lo mismo -¡qué par de chorradas!-, Esteva había publicado un sencillo y magnífico libro al que llamó Mil y una voces , un texto en el que recogía entrevistas con artistas e intelectuales de las dos orillas del Mediterráneo acerca de las sociedades musulmanas, la tradición de la fe y su enfrentamiento con un mundo nuevo que proponía retos inéditos hasta entonces, no sólo a Europa sino también al Islam. Era un libro magnífico y precursor de un debate que ahora se está produciendo, tras las tragedias de Nueva York, Madrid y Londres, con demasiado retraso y mucha espesa tinta cargada de trivialidad. ¿Por qué nadie en España pregunta a Jordi Esteva -me digo ahora mismo, mientras escribo- qué significa el islamismo?
Pero volvamos a Los árabes del mar . Todavía no he salido del Mar Rojo, aunque ando por las orillas de las costas yemeníes y viajo al lado de Jordi Esteva viniendo desde el hondo sur sudanés y después de hacer un alto en el camino en Port Sudán. Me he encontrado, junto a él, con tipos estupendos, como el griego Dimitri y el árabe Abdelaziz. Y me deslumbran algunas de las descripciones de los puertos del Mar Rojo y del Océano Índico. Por ejemplo, lo que cuenta Dimitri sobre el antiguo Adén, en las costas yemeníes: "Cuando soplaba el monzón, venían los ‘dhows'' (falucos) de todo el Índico. Procedían del Golfo Pérsico, Omán, Yemen, Socotra, Yibuti, Mombasa, Lamu, Zanzíbar (...). Allí estaban todos los rostros del Índico; todas las mezclas posibles entre Arabia, Persia y África (...). Recuerdo el olor de grasa de tiburón con que calafateaban el barco. Unos marinos con sus futas de colores anudadas a la cintura y sus llamativos turbantes lavaban la cubierta, otros se afanaban descargando sacos de té y arroz de la India, antes de cargar salazones de tiburón y otros pescados con destino a Mombasa y a otros puertos de África. Recuerdo un viejo capitán que fumaba ‘tumbak'' en una pipa de agua, hecha con la cáscara de coco repujada en plata (...). Apenas entendíamos lo que decían (los marineros árabes) porque desconocíamos sus dialectos, pero llegamos a saber que con el monzón del invierno viajaban a África y con el de verano regresaban a los puertos de Arabia, o bien viajaban a India, donde esperaban unos meses a que soplara el monzón invernal que les llevaría de vuelta a casa".
De modo que así ando estos días: a bordo de un libro de aventuras verdaderas, en brazos de los monzones, empujado por las velas de los dhows y recorriendo puertos de Arabia en donde huele a especias y a salazones de pescado. Con el buen viajero que es Jordi Esteva.