Londres, a la medida de Heráclito, por Carlos Carnicero

Londres es cambio y convulsión; sin embargo, sus esencias, su aspecto y sus inclinaciones permanecen invariables.

Carlos Carnicero

Londres es sólo una circunstancia definitiva para confirmar la vigencia de las teorías de Heráclito. Todo en la ciudad es cambio y convulsión; sin embargo, sus esencias, su aspecto y sus inclinaciones permanecen invariables. Hay una tendencia de fondo en la ciudad para que sus transformaciones profundas confirmen su inalterabilidad y ese milagro tiene una explicación elemental: mutación y permanencia son igualmente ostensibles con independencia de su carácter contradictorio, se sobreponen en una espiral sin fin para coexistir. Siempre he tenido la misma sensación al enfrentar la ciudad. Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegué, en vuelo chárter primerizo, al viejo aeropuerto de Gatwick, en junio de 1971. Entonces salir era un sueño desde la pesadilla de nuestro atraso español. Observaba los turbantes de los sikhs oriundos del Punjab, los dreadlocks de los rastas jamaicanos y los vestidos coloristas de los británicos originarios de Nigeria como si me hubieran dado boleto de entrada en el parque temático de la humanidad que tan ajena nos era a los aislados y atrasados españoles del franquismo. Pero la perplejidad por la cohabitación de lo diferente me sigue produciendo el mismo impacto que la primera vez.
Divagaba sobre estos pensamientos mientras observaba a los ejecutivos que salían en estampida, cumplido su horario con precisión anglosajona, de las oficinas de Canary Wharf, el innovador distrito financiero de Isle of Dogs. Un conjunto arquitectónico espectacular que tiene su epicentro en la HSBC Tower, en Canada Square. Los Docks han recuperado el Thames, desde su declive industrial, para amplificar la complejidad de la ciudad. Los urbanistas de esta transformación han conseguido insertar este Londres del nuevo milenio al lado del London Bridge o de la Tower of London; una verdadera labor de encaje en el universo de Heráclito. Pero todo esto no son más que conjeturas. En realidad, Londres no se conoce exactamente desde la superficie. El metro hace que la ciudad sea transitable, porque las distancias y los precios de los taxis obligan al underground. Escudriñar a los viajeros en los vagones de los trenes nos permite sustituir la observación de los vecindarios, que quedan arriba, por la investigación sociológica de sus moradores. Y esa información es más preciada para conocer la verdad de la metrópoli. El escorzo de Londres, cuando se observa desde el segundo piso de los viejos autobuses que aún circulan, sigue siendo inalterable. Y esa caótica permanencia es lo que hace compatible la monarquía británica, la tecnología nuclear, la invasión de Irak y el espectro de Lady Diana Spencer en una mixtura que nunca agota al visitante. La ciudad de Londres es la representación carnal del imperio británico.
Hay algo que descubrí en mi última visita. Algunas ventajas indiscutibles de la metodología cruel con la que la que los británicos conquistaron el mundo y navegaron por los siete mares. Establecieron que Londres fuera el epicentro indiscutible del universo, independientemente de su poderío nacional, que era esencialmente naval, porque la fe en sí mismos hace a los británicos indestructibles. Los ingleses siguen como si no hubiera ocurrido nada negativo para ellos desde que Nelson ganó la partida de Trafalgar para consumar la humillación irremediable de Napoleón Bonaparte en Waterloo.
Estos pensamientos me alcanzaron en la puerta de Harrod''s, que es visita obligada. El resto de la urbe es sólo una circunstancia para caminatas agotadoras. Al final de la Kings Road sigue estando el mercado de antigüedades como remate de una sucesión ininterrumpida de tiendas de diseño que arrancan en Knightsbridge y continúan por Sloane Street para conformar el corazón de Chelsea. Después, el ascenso desde Kensington a Notting Hill Gate y el regreso a Marble Arch para caminar hasta el Soho y cenar cocina de Sechuán. Nunca me canso de repetir esta ceremonia.
Londres tiene la virtualidad de permitir siempre un nuevo redescubrimiento de lo que ya se conocía. Nos ocurre a un montón de españoles de mi generación por la única razón de que fue el lugar por donde nos asomamos al mundo. Las reiteradas visitas a la capital inglesa, en realidad, sirven sólo para confirmar que Heráclito tenía razón.