Locas 'turistadas' a las que nadie se resiste

Desde la típica foto sujetando la Torre de Pisa hasta hasta lanzar una moneda en la Fontana di Trevi o entregarse al postureo en el Paseo de la Fama

Noelia Ferreiro
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Foto: altmodern / ISTOCK

No nos engañemos. Hay lugares a los que no basta con conocer en la esfera de la intimidad. Destinos que, no se sabe bien por qué, piden a gritos una constatación de yo-estuve-allí. Será porque constituyen la esencia del que se tiene por auténtico viajero o porque el haz lo que vieres acaba calando más de lo que imaginamos. El caso es que en ellos existen adorables turistadas a las que nadie puede resistirse. 

¡Que no se caiga la torre!

Sí, nos referimos a la de Pisa, uno de los monumentos más emblemáticos de la Bella Italia. Una torre cuya famosa inclinación da un juego sorprendente a la hora de tomar locas fotografías. Y es que hay todo un mundo de posibilidades para retratar este lugar tirando de imaginación… y de posturas imposibles. Desde la más básica imagen simulando que se la sujeta para evitar que se caiga (cuanto mayor sea el gesto de esfuerzo más creíble resultará) hasta auténticas virguerías en las que parece derrumbarse al golpe de una pirueta o en las que, tirando de perspectiva, se la convierte en un helado o se la introduce en una mochila.

Lanzar una moneda

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También en el país alpino encontramos otro lugar susceptible de otra famosa turistada. Es la Fontana di Trevi, la más hermosa fuente de Roma, donde todo aquel que se acerca acaba sucumbiendo a un gesto ya universal: el de lanzar una moneda con la mano derecha sobre el hombro izquierdo. ¿El motivo? Pues como en tantos otros lugares, granjearse buena fortuna. En este caso, dicen, regresar a la Ciudad Eterna (si se arroja una sola moneda), encontrar el amor (si se arrojan dos) y casarse con la persona amada (si se arrojan tres… o más). Nada ni nadie garantiza que se cumpla el deseo… pero ahí está, bajo el agua, ese fondo reluciente. Cuentan que cada año se extrae aproximadamente un millón de euros de esta fuente. Y que desde 2007 se destina a fines domésticos. 

Mi estrella en el Paseo de la Fama

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¿Para qué ir al mítico Walk of Fame si no es para inmortalizarse junto a la estrella de nuestro amado ídolo? Esto es, básicamente, lo que se hace en este legendario lugar de Hollywood que no es más que una acera en cuyo suelo, a lo largo de más dos kilómetros, se puede leer el nombre de celebrities del cine, la televisión, la música, el teatro y la radio. Visitarlo pasa por practicar la turistada de buscar al famoso elegido, agacharse junto a su estrella y hacerse la típica foto poniendo cara de satisfacción. Cuanto más se enseñe después, tanto mejor. Que para eso se ha volado hasta tan lejos.

Deslizarse en los cestos de Madeira

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De la serie de montar en camello en Egipto, pasear en burro por Mijas o caminar a lomos de elefante por Tailandia, nos quedamos con una turistada que no incluye el componente animal. Para ello nos vamos a la bella isla portuguesa, en cuya capital, Funchal, existe una curiosa práctica: la de deslizarse cuesta abajo y de manera vertiginosa a bordo de carros de mimbre (carinhos do cesto, llaman ellos), empujados por dos avezados mozos, vestidos para la ocasión con el traje típico madeirense. El trayecto: dos kilómetros de distancia, centenares de metros de desnivel y un divertido viaje de aproximadamente 10 minutos a toda velocidad. Al parecer, en su origen eran un medio de transporte habitual para los habitantes de los barrios altos. Hoy sin embargo son los turistas quienes pagan por descender en esta suerte de trineos sin nieve.

"Gondolear" en Venecia

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Un clásico entre los clásicos en el ranking de las turistadas es el paseo en la típica embarcación que, desde tiempo inmemorial, surca el laberinto de canales de la mágica Venecia. Hay quien dice que recalar por esta ciudad italiana sin navegar a bordo de una góndola es como no haber estado. Y esto, claro, tiene un precio un tanto desorbitado. Por todo ello la escena se cuida para no incurrir en decepciones, para que todo resulte tal y como se espera. Y ello implica poner un énfasis especial en el papel del gondolero: su ineludible camiseta a rayas y su canto (más o menos afortunado) del famoso Oh sole mío… Hay quien ve en esto el mayor de los romanticismos.