Llevarás luto por el móvil. Por: Javier Moro

Pensé en mis cosas sin la pulsión de consultar el aparatito que, me enteré luego, se llega a usar una media de 220 veces al día...

Javier Moro
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Foto: Kike Lucas

Al llegar al aeropuerto me di cuenta de que había olvidado el móvil en casa. La primera reacción fue de incredulidad: no, esto tan terrible no podía pasarme a mí, es algo que les sucede a los demás, pero no a mí. De modo que abrí mis bolsas y mi maleta, saqué la ropa y rebusqué en su interior. Dos veces volví a mirar. Ahora me doy cuenta de que estaba en plena etapa de negación. Porque olvidar el móvil, o perderlo, es como una mutilación, o una muerte que necesita su proceso de duelo. Noté las pulsaciones de mi corazón aceleradas, el inicio de un ataque de ansiedad ante la perspectiva de hacer un viaje de trabajo sin la prolongación de mi ser, sin ese aparatito. ¿Valía la pena embarcarse? ¿Se podía trabajar sin agenda de contactos, sin calendario, sin Google, sin alarma? ¿Podría conciliar el sueño sin Netflix o despertarme en el hotel sin acceso a mi periódico? Estaba furioso conmigo mismo, que es la peor forma de estrés. En realidad, estaba viviendo la segunda etapa del duelo: la ira.

Pensé en anular el viaje y volver a casa, pero aquello significaba perder el billete de avión y las citas que difícilmente había conseguido agendar. Respiré hondo para tranquilizarme. Pensé que la humanidad había evolucionado durante siglos sin móviles, de modo que bien podía yo proseguir mi viaje a pelo. Iba a correr el riesgo de no poder cambiar mis citas, de perderme por no disponer de Waze o eMaps… ¿valía la pena viajar así? Inevitablemente eso me llevó a más preguntas: ¿se puede vivir sin móvil?

Reconocí estar en la tercera etapa del duelo: la negociación, que concluyó cuando resolví abordar el vuelo y enfrentarme a mi incierto destino. Pero lo hice sin ganas, pensando que me embarcaba en una aventura difícil y sin gratificación. Estaría sin reloj, sin alarma, sin calculadora, sin servicio meteorológico, sin GPS, sin poder hacer una foto y enviarla, sin poder escoger un restaurante, sin comprar ni vender. El olvido del móvil me devolvía al Pleistoceno. De ser un individuo activo pasaba a ser una pieza de museo. Estaba atravesando la cuarta etapa del duelo, la depresión. Echaba de menos mi aparatito en el bolsillo del pantalón, su suave vibración en mis muslos, la seguridad que infunde estar perpetuamente conectado con el mundo. Tampoco podía conectar mis auriculares ni escuchar música, ni las noticias en la radio.

Pasaba por un auténtico síndrome de abstinencia. No tenía más remedio que volver a aprender a aburrirme. Una vez toqué fondo, empecé a salir del atolladero. Sentado en mi butaca del avión, me dediqué a observar a los que me rodeaban, todos enfrascados en sus pantallas. Miré por la ventanilla el soberbio paisaje de nubes, pensé en mis cosas sin la pulsión de consultar el aparatito que, me enteré luego, se llega a usar una media de 220 veces al día. Una vez en tierra, alquilé un coche y me guie con un mapa de carretera, a la vieja usanza y, aunque parezca increíble, no me perdí. Conduje con seguridad, más concentrado que de costumbre porque los pitidos de los whatsapps entrantes, o las ganas de consultar el aparato en los semáforos, no me distraían. Es cierto que varias veces tuve que mendigar un teléfono para hacer una llamada y descubrí que la gente es generosa y se apiada de alguien tan desvalido como yo. El problema es que no me sabía ningún número de memoria, ni siquiera el de los seres más próximos. Entendí que toda una parte de nuestro cerebro se la hemos trasladado al móvil.

Entré así en la quinta etapa del duelo: la aceptación. Empecé a apreciar la renovada soledad que me proporcionaba andar libre. Qué alivio, de pronto era yo quien decidía cuándo me ponía en contacto con alguien, no al revés. Era dueño de mí mismo, protegido por mi burbuja de privacidad. Que rápido me acostumbré a ese gusto de libertad. Había olvidado el placer que supone vivir consigo mismo. Hasta que no se pierde o se olvida, uno no se da cuenta de lo adictos que somos al móvil, y de cómo este aparato ha moldeado nuestras costumbres y nuestras vidas.

Aquel viaje se convirtió en una auténtica cura de desintoxicación. Regresé a casa y encontré mi móvil en la mesilla de noche. No lo vi con el entusiasmo que pensaba iba a sentir, al contrario, lo vi con aprensión, pero picado por la curiosidad de leer los mensajes que llegaron durante mi ausencia. Entendí que a partir del momento en que lo encendiese, volvería a mi vida de adicto. En efecto, es lo que ha ocurrido. Me queda el consuelo de haberlo dejado en casa, y no de haberlo perdido, porque entonces mi vida entera podía haberse esfumado con él o, peor aún, podía aparecer expuesta en público.