Livingstone, por Javier Reverte

El misionero escocés David Livingstone se convirtió en el campeón de la lucha por la abolición de la esclavitud.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

El próximo año se cumplirán los ciento cuarenta de la muerte de David Livingstone, un hombre que, si bien no alcanzó a ser el más grande explorador de todos cuantos recorrieron las sendas africanas durante el siglo XIX, sí que fue el de mayor rectitud moral y el más tenaz de todos ellos. Este escocés piadoso y prudente decidió embarcarse hacia el continente negro cuando tenía 32 años, en calidad de misionero de la Iglesia Anglicana. Pero ese ministerio, que nunca dejó de ejercer hasta su muerte, se amplió en nuevos horizontes cuando su curiosidad le impulsó a alternarlo con la exploración. Y más aún: en pleno periodo de caza masiva de esclavos en el interior de África por parte de los esclavistas árabes que vendían sus capturas al sultanato de Zanzíbar -desde donde se exportaban a las colonias europeas de América Latina y a Estados Unidos-, Livingstone se convirtió en el campeón de la lucha por la abolición de la esclavitud. El mismo año de su muerte, 1873, merced a la presión de la opinión pública inglesa (alertada por el misionero-explorador) y a la consiguiente intervención de la armada del imperio británico, Zanzíbar abolió de forma definitiva la esclavitud. Una placa lo recuerda en la catedral de la isla, alzada en el mismo lugar en donde estuvo el mercado de subasta de esclavos.

Hace dos años, viajando por África quise visitar, por decirlo así, los territorios de Livingstone, y me acerqué primero a Tanzania y luego a Zambia. En el primer país, a las orillas del lago Tanganica, en la ciudad de Ujiji, Livingstone residió unos cuantos años. En Europa lo daban por muerto, y fue en ese lugar donde Stanley alcanzó a encontrarlo y pronunció la famosa frase: "Doctor Livingstone, I presume...". Un monolito bajo unos árboles de mango conmemora el encuentro de ambos hombres y, justo al lado, hay un museo que recuerda el acontecimiento y exalta la figura del misionero-explorador. Produce una cierta ternura visitarlo: las figuras de los dos hombres, saludándose, están representadas por dos altas estatuas de cartón piedra, pintadas con colores chillones. El de Ujiji parece un museo de arte naïf.

A Ujiji es relativamente fácil llegar, pues hay un tren desde Dar-es-Salaam a la cercana Kigoma y también avión tres días por semana. Pero ir a visitar el lugar en donde murió el explorador, en la vecina Zambia, resulta más complicado. Livingstone enfermó seriamente a causa de unas hemorroides mal curadas mientras exploraba el interior de Zambia en busca de las fuentes del Nilo. Sus asistentes lo condujeron a la aldea de Chitambo, y allí murió en mayo de 1873, a los sesenta años de edad. Por deseo propio, su corazón fue enterrado al pie de un árbol y su cuerpo, embalsamado, llevado hasta Londres por dos de sus criados. Cuando llegó a la capital británica, un multitudinario desfile fúnebre acompañó sus restos hasta la catedral de Westminster, en donde reposa un buen número de héroes británicos.

Acercarse a Chitambo, ya digo, no es empresa fácil. La estación de tren más próxima queda lejos y no hay autobuses que conduzcan a la aldea. Hube pues de alquilar los servicios de un astroso taxi, negociando un precio razonable para ambos, y trotar por caminos casi intransitables, asumiendo el costo de los inevitables pinchazos, hasta alcanzar el lugar.

En Chitambo, un poblacho con apenas una veintena de habitantes, han levantado un chamizo parecido al que pudo albergar al explorador durante sus últimos días y alguien ha pagado la construcción de un monolito en el lugar donde se enterró su corazón. Hay algunas placas clavadas en el monumento en homenaje al gran hombre, una de ellas de una sociedad barcelonesa.

Dejé unos dólares a los chavales que vinieron a pedirme un donativo para la conservación del monumento. Y sentí que aquel lugar, cubierto de árboles y con olor a hierbas húmedas, era el más apropiado para acoger el corazón de uno de los hombres que más amaron el continente negro. Hace casi siglo y medio de ello y los africanos le siguen recordando con un inmenso cariño.