"Liemba", por Javier Reverte

Un viaje en el "Liemba" es una de las mejores experiencias para un viajero ávido de salirse de las rutas trazadas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hace tres años, por estas mismas fechas, navegaba el lago Tanganica en un barco de guerra alemán -del año 1914-, rebautizado en los años 60 del pasado siglo como Liemba y utilizado hoy en día como transbordador. No es difícil que sea el buque más anciano del mundo aún en uso, pero a bordo se siente uno mucho más seguro, por supuesto, que en el Titanic o que en cualquiera de esos imponentes cruceros que navegan los siete mares cargados de turistas. Es un barco yo diría que insumergible y, de hecho, la única vez que estuvo bajo el agua fue porque lo hundieron a la fuerza, textualmente, llenándolo de arena y abriéndole todas las vías de entrada de agua. El asunto no es fantasía mía: el Liemba era un buque que sirvió en la Primera Guerra Mundial en el lago Tanganica, cuando el territorio era colonia alemana, luchando contra navíos ingleses y belgas. Al concluir la guerra con la derrota de Berlín, los soldados del kaiser decidieron hundirlo en el estuario de un río que desemboca en el lago para que los aliados no pudieran utilizarlo. Y eso es lo que hicieron usando toneladas de arena. Años después, en la década de los 30 del siglo XX, los ingleses lo reflotaron, lo pusieron de nuevo en uso limpiando sus motores y cubiertas y, desde entonces, sirve como transbordador. Dentro de dos, cumplirá cien años. Su historia la cuento en un libro de viajes que aparecerá en mayo próximo.

Me acordaba ahora del Liemba porque, días atrás, estuve viendo por décima o duodécima vez La reina de África, la espléndida película de John Huston, Humhprey Bogart y Katharine Hepburn. A mí me sucede con algunas películas lo mismo que con los libros clásicos, como La Odisea, Macbeth, El Quijote, Moby Dick...: que vuelvo una y otra vez sobre ellas y siempre me revelan algo nuevo: El hombre tranquilo, El tercer hombre, El hombre que mató a Liberty Valance, Bienvenido mister Marshall... John Huston se sirvió de una novela del mismo título de Foster (el autor de Pasaje a la India) para rodar su película, y la filmación en sí misma fue una auténtica aventura. La Hepburn hizo un pequeño libro sobre el accidentado rodaje, lleno de humor, que tituló Cómo viajé a África con Bogart, Bacall y Huston, y sobreviví. Uno de los guionistas, Peter Viertel -marido de la famosa actriz Deborah Kerr-, dimitió a mitad de la filmación y se largó de regreso a los Estados Unidos. Y años después escribió un libro titulado Cazador blanco, corazón negro, en donde ponía a caldo a su antiguo amigo John Huston. La novela, a su vez, fue llevada al cine por Clint Eastwood. Huston, al final de su vida, relató en sus memorias las peripecias del rodaje y reveló que dedicaba más tiempo a cazar que a trabajar en la película.

¿Y qué tiene esto que ver con el Liemba?, se preguntará el amable lector. Pues mucho. Porque Foster, para escribir su novela, se inspiró en las historias reales de la Gran Guerra en el lago Tanganica, en donde el Liemba desempeñó un papel protagonista. De hecho, en la ficción, la voladura final del barco alemán bien podría ser una imaginaria voladura del Liemba, ese buque insumergible que, casi cien años después de su botadura, sigue recorriendo de norte a sur y de sur a norte, una vez por semana en cada viaje, las orillas orientales del lago Tanganica, recogiendo y soltando pasajeros y mercancías en los territorios de Zambia, Tanzania y Burundi.

Hoy, un viaje a bordo del Liemba constituye una de las mejores experiencias que puede encontrar un viajero ávido de salirse de las rutas trazadas por las agencias de viajes o por las oficinas turísticas de los países africanos. Lo mejor es embarcarse en el puerto tanzano de Kigoma -situado a tres días de tren desde Dar-es-Salaam- y hacer la travesía que lleva al norte de Zambia, en un viaje de ida y vuelta de una semana. Si uno no es demasiado exquisito a la hora de visitar un retrete africano, si sabe que al regreso podrá ducharse en un buen hotel y almorzar decentemente en un restaurante, la experiencia del Liemba quedará grabada en su memoria para siempre.