Levi, por Luis Pancorbo

Levi, la mayor estación de esquí finesa, puede despertar el interés por los "seita", los espíritus sagrados de los antiguos sami.

Luis Pancorbo

Ahora que viene el solsticio esperemos que no solo en España sino en el hemisferio occidental se apacigüen algo las negruras celebrando la luz. La cuestión es buscar un punto de inflexión. El punto de inflexión es mejor que flexionar las rodillas cargados de culpas o pleitesías. Implica acaso un cambio de tornas, un giro existencial y, por supuesto, en lo que nos concierne, un viaje, que es lo mejor para combar algo. Uno propone ir a Levi, un sitio de la Laponia finlandesa donde se esquía hasta la raya de San Juan, y donde se pasea en verano, y que nada tiene que ver con una de las doce tribus de Israel. Ni con el pastor y botánico Lars Levi Laestadius, impulsor de un movimiento luterano de revitalización a mediados del XIX.

Los nombres son antes que las cosas, y lo dicen en euskera con frase convertida en proverbio y muy querida por el padre Barandiarán: "Izena duen guztia omen da", es decir, existe todo lo que tiene nombre. A veces hay sitios inexistentes aunque hayan sido nombrados, pero entonces nos vamos a la Atlántida. Levi es la mayor estación de esquí de Finlandia y hace treinta años no iba nadie, aparte de algún urogallo o algún zorro. Se llama Levi por un pequeño río, uno de los treinta y seis afluentes del Ounas, un pequeño lago, indistinguible de las decenas de miles del país, y una colina estelar que fija la nieve muchos meses con un atractivo desnivel. Aunque hay cuarenta y cinco pistas y una de ellas con 2.500 metros. Otra clave del éxito de Levi es que dista quince kilómetros del aeropuerto internacional de Kittilä, con lo que los esquiadores prácticamente pueden llegar en mono.

Un sitio como Levi, nacido para los deportes de nieve, se ha convertido en un pueblo capaz de alojar a veinte mil personas, donde no faltan los spas, ni las esculturas de hielo, ni las iglesias más polares, ni los bares más calientes. ¿Y el espíritu? En la cercana Kittilä fue donde nació en 1942 el escritor y periodista Arto Paasilinna, padre de El año de la liebre (1975) y otras fulminantes ficciones. Esperemos que se recupere del accidente cerebrovascular que le tiene convaleciente, y que fue peor de lo que le sucedió a su protagonista: "Vatanen y la liebre pasaron dos meses detenidos en la Unión Soviética".

Va en sensibilidades, pero uno tiene a Paasilinna por la mayor gloria de una zona donde no es imposible contemplar el fenómeno del halo, que es cuando la luz del sol brilla a través de nubes compuestas por cristales de hielo. Levi constituye un buen sitio para ver esos halos, no precisamente de santos, y en invierno auroras boreales. Ahora, como la nieve está punto de irse, un buscador de inflexiones y refracciones también puede encontrar en Levi el placer de los rápidos del Ounas, el mayor río intacto de Finlandia: no tiene ni una presa artificial y casi ni un remanso. Los bosques dan para perderse bajo el sol de medianoche, y la magia de la sauna de humo acaba en un lago a temperatura lapona, con lo cual el cuerpo se robustece o adiós muy buenas.

En algunos puede despertarse asimismo el interés por los seita, espíritus y lugares sagrados de los antiguos sami. En torno a Kittilä hay hasta catorce sitios donde los viejos lapones depositaban sus ofrendas, cuernos de reno y grasa de pescado, amén de tabaco, monedas y puntas de flecha. Sini Siitonen, una estudiosa de Kittilä cuya familia está emparentada con el histórico chamán Päiviö, cree en los seita más que deja de creer en ellos. Es como esos gallegos que, cuando uno le dice a otro qué va a hacer, éste le responde que nada. Y ahí viene el diálogo: "Eso ya lo hiciste ayer". "Sí, pero no lo terminé".

Es mejor tomárselo así que no con la unción que le echan a junio los devotos del neochamanismo, al arrimo de las hogueras de San Juan y aprovechándose de la urgencia que tiene la gente por creer en algo. Si es por eso, en la zona de Levi existen chamanes que, por una cierta cantidad, tocan el tambor y auguran el futuro. En el paquete se incluye el loimu, el salmón clavado en una plancha de madera y asado junto a las brasas, un espeto del Ártico para pasar aún mejor el pasmo del sol de medianoche.

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