León, sin prisa por Mariano López

Los viajeros preguntan, por ejemplo, por qué hay lugares con nombres extraños como Calaveras de Arriba.

Mariano López

Epigmenio Rodríguez es leonés, de Taranilla, amante de los viajes, las letras y las matemáticas, un profesor de mirada amable y precisa que fue campesino de crío, luchador aficionado de chaval (de los malos, aclara), minero y luego, lejos de León, economista, consultor en Londres, viajero y maestro. Ahora acaba de publicar su primer libro: León, sin prisa, una obra deliciosa que narra un viaje del propio autor y su amigo Fran por la provincia leonesa al modo de Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria: echándose al camino con ingenuidad antigua, oído atento y hambre razonable. La conclusión, se la anticipo, podría ser la de Cela: León es una tierra bellísima, a la que la gente no le da la gana ir.

Epigmenio y Fran recorren la provincia de León desde la capital hacia el norte y luego de este a oeste, de Sobarriba a la Tebaida berciana, la tierra de los eremitas donde ahora viven hippies atrapados, como los monjes, porque una vez soñaron con la ciudad ideal. El viaje exige lentitud. Algunos lugares, como la Garganta del Cares, están entre los más bellos de la Península. Otros encierran curiosidades, leyendas. En Valdeteja hay una plaza dedicada al protagonista de El señor de los Anillos, Viggo Mortensen, que anduvo mucho por ahí. En Laciana aún se habla el patsuezo, que es seña de identidad: "El que nun diga tseite, tsino y tsana, nun ye del vatse de Tsaciana". En Busdongo nació Amancio Ortega, el fundador de Zara. En Yugueros, por fiestas, se canta a San Roque, como en tantos otros sitios, pero sólo aquí se proclama al santo "Madre de Dios".

La mayoría de los pueblos, valles, puertos y colinas ha sufrido, desde antiguo, el yugo de la incomunicación. Pero el mal de siglos, el aislamiento, nos ha legado un tesoro. León conserva montañas donde aún hay osos pardos; bosques de abedules por los que se pasea el urogallo; pueblos como los de Asterix y Obelix: mágicos, con pallozas techadas con paja; deportes únicos, tal que la lucha libre leonesa o los bolos con bola cacha; iglesias románicas, castillos, fortalezas, industrias medievales, como los batanes o las ferrerías; y una cocina importante, de cecina y vino, cordero siempre, adobo de buey cuando lo hay, sopa del día y tarta de castañas.

En cada pueblo, los viajeros buscan el encuentro con la gente. Preguntan mucho. Por ejemplo, por qué hay lugares con nombres tan extraños como Calaveras de Arriba, el Valle de los Viejos o el Valle del Hambre. La obra podría estar plagada de citas eruditas, los datos de la Wikipedia, pero no: se alimenta con las ideas de los paisanos, que debaten a favor y en contra de la estación de esquí de San Glorio, hablan del tren, los pantanos y las minas, recuerdan la gran tragedia ferroviaria y otras penas que ocultó el franquismo y comentan las novedades, los cambios, que está impulsando el turismo. El libro rescata buena parte de la memoria reciente y antigua de León y la transcribe con el habla de los que llaman a las cosas sin enredos. Como quienes han formado, en Cármenes, el grupo Filósofos de lo Rural sin Obra Publicada.

Rodríguez tiene una mirada atenta y sabia, sin ruido. No pretende imponerse, convencer. El libro comienza con varias citas, una de ellas de Mark Twain: "Viajar -dice Twain- es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras". Se nota que este leonés ha viajado mucho. León, sin prisa refleja el espíritu de los mejores viajeros. Es una obra divertida e importante, que no ha necesitado irse lejos para guiarnos por un gran viaje: León y sus tierras. Con humildad, curiosidad y apetito. Y, por supuesto, sin prisa.