Lento Portugal por Jesús Torbado

Más allá de la frontera, bien transitada por turistas españoles, como diría Bisbal, se tropieza enseguida con la melancolía.

Jesús Torbado
Muchos meses llevan los charlistas radiofónicos y televisivos intentando explicar la profusa desgracia de nuestro hermano Portugal, finalmente rescatado -según dicen- de las garras la ruina. Con dinero de no se sabe quién, que tapa y cubre dinero incomprensible de otros. E investigando de paso qué rara casualidad es esa de que tres amables países mediterráneos gobernados desde una misma ideología política, la socialista, se las apañen para mandar a sus súbditos al paro y a la pobreza. En realidad serviría conectar una de sus radios y escuchar media ración de fados para hacerse una idea de lo que es el cultivo de la tristeza. Aun sin entender el argumento de la canción -que si murió su madre, que si lo abandonó su pareja, que si se quebró una pierna el hermano...-, solo la música y la voz inyectan ganas de lagrimear. Más allá de la frontera, bien transitada por turistas españoles, como diría Bisbal, enseguida se tropieza con la melancolía. La de antiguo, mas incrementada por las circunstancias. Ahora los portugueses sonríen menos que los rusos -que ya es cantidad-, y ante los españoles multiplican las miradas hostiles o, al menos, poco amistosas. Siempre apoyadas en ese pensamiento secular y tonto de que por fin los vamos a invadir. Y ya casi sin recordar lo que ocurrió en Aljubarrota y nuestra propia necia indiferencia. Una candidata a la Presidencia llevaba como promesa fundamental no tender el AVE para llegar a Madrid; menudo hallazgo.Lo fastidioso es que en los asuntos turísticos no acaban de recuperar la moral ni las buenas costumbres. Ya es tradición que en lugares a los que llegan dos alemanes al año y cinco mil españoles, en la raya algarvina, por ejemplo, pongan toda la cartelería y la información en idioma alemán (más inglés y francés, por supuesto) y raramente en español. A efectos informativos, lo mismo ocurre con la selección de canales de televisiones europeas. Lo más que se consigue en el hotel es la segunda cadena andaluza, que es un bochorno.Pero en los servicios de hostelería y de restauración apenas circulan por los inicios del siglo XX. Un par de ejemplos personales: llega de noche, bajo la lluvia, al hotel Memmo Baleeira de Sagres una familia española desde Londres, vía Faro y coche de alquiler, después de unas ocho horas de viaje, los dos niños pequeños desazonados y dormidos. En recepción apenas les saludan, nadie ayuda a entrar el equipaje y acomodar a los lechones. Atienden el papeleo, dan las llaves, pero ni se dignan explicar dónde está la habitación y cómo se accede a ella (un piso más abajo, tres pasillos llenos de encrucijadas, ascensores disimulados).Segundo ejemplo. Intención de comer en Loulé, pueblo que las guías anuncian como pintoresco y que no lo es. Tres cuartos de hora esperando a la mesa. Al fin se pide la cuenta, cobran el jarrito de vino y las aceitunas del aperitivillo (que, ojo, nunca es invitación de la casa); ni se inquietan ni se asombran de que los clientes se larguen antes de que les sirvan la comanda. Segundo intento. Media hora de espera. Promesa de rapidez incumplida, protesta y aparece el bacalao crudo. Se rechaza, se pagan las aceitunas y se va uno. Nadie se sorprende. A la tercera consiguen los viajeros comer... los restos de un guiso de la semana pasada. Al menos no hacen la cuenta sobre el mantel de papel ni se equivocan (a su favor) en las sumas. Otra comida en Sagres. Se ofrece barriga de atún. Que esté poco hecha, por favor (pues por allí tienen la mala costumbre de achicharrar los pescados; hay que pedirlos "mal pasados"). No se preocupe, ya la tenemos cocinada. Cuarenta minutos de espera y la ventresca apenas comestible. "Yo en mi casa hago lo que me da la gana", nos suelta en Sagres un restaurador ante otra queja. La gastronomía portuguesa estaba en la pasada Semana Santa muy lejos de la que nuestro venerable Pepe Pérez Gállego creyó descubrir y ensalzó tanto hace años.Devorados por la lentitud, la falta de calidad, la indiferencia y la abundancia de malos modales. Es una lástima. Para este panorama, para esta realidad viajera tanto amor a Portugal malgastado, tantas buenas palabras sin recompensa mínima.