Lenguas de ficción, por Sergio del Molino

En cada país hay montañas donde perviven hablas antiquísimas que resisten todos los olvidos y todas las revoluciones industriales y tecnológicas, pero el viajero casi nunca se las encuentra

Sergio del Molino
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Foto: Patricia J. Garcinuno

Uno sabe, porque lo ha leído, que Europa tiene lenguas fosilizadas en mil rincones. En cada país hay montañas donde perviven hablas antiquísimas que resisten todos los olvidos y todas las revoluciones industriales y tecnológicas, pero el viajero casi nunca se las encuentra. Hay que esforzarse mucho y ser muy generoso para percibir las palabras viejas. La mayoría de las veces, la única inmersión lingüística que el turista vive está en la rotulación bilingüe de las señales y en el nombre de un plato típico. Se pueden visitar todos los pubs de Cornualles sin oír una palabra de córnico, se pueden recorrer todas las plazas de Croacia sin tropezarse con uno de los mil hablantes de istro que hay censados y se pueden trepar todos los cincomiles de los Alpes sin aprender una frase de romanche. 

Ilustración de Raquel Marín

Eso es así porque son lenguas que no viajan. Lo primero que se quitan los emigrantes que salen de esos valles es el acento y las maneras de nombrar de sus abuelos. Las tiran por los desagües de la ciudad nada más bajarse del tren, antes de deshacer las maletas, y así van convirtiéndolas en leyendas, en algo que dicen que está y que adorna discursos y preámbulos de leyes, pero nadie experimenta, como el Yeti o la Santa Compaña.
Muy rara vez, uno de esos emigrantes se convierte en escritor, y al escribir y publicar y amontonar lectores, otorga carta de realidad a los espejismos de las montañas. Carmine Abate, por ejemplo, es un archivo vivo, un museo antropológico que camina y habla y conecta a todos sus lectores con una cultura fantástica. Abate nació en Carfizzi, un pueblín de la Calabria profunda, al sur del sur de Italia. Como tantos otros niños de su provincia, emigró con sus padres a Alemania y creció en Hamburgo, pero nunca olvidó Carfizzi ni dejó de cultivar su lengua materna, que es el albanés.

Abate escribe en italiano, vive en alemán y piensa en albanés. En realidad, piensa en arberesche, que es como se llaman los albaneses de Italia, descendientes de una comunidad cristiana que se asentó en Calabria en el siglo XV, buscando refugio de la persecución turca. Casi seis siglos después, siguen hablando un albanés antiguo y ceremonial en multitud de pueblos del sur de Italia. Cuando, en la década de 1990, miles de albanokosovares cruzaron el Adriático huyendo de la guerra yugoslava, alucinaron con esos italianos que les hablaban como si entonaran crónicas medievales. 
Por la vida de Abate han pasado todos los éxodos campesinos del siglo XX, todos los desarraigos y todas las identidades líquidas de un continente siempre agitado y revuelto. Es milagroso que se haya empeñado con tanta fuerza en dar carne a una lengua prácticamente ficticia, cuya existencia no creeríamos si no viniera envuelta en las mentiras de sus novelas. 
Las inercias del presente nos empujan al olvido, a borrarnos poco a poco hasta quedarnos en una transparencia universal o a diluirnos en un café latte de un Starbucks. Muy pocos escritores tienen la generosidad de Abate, que resucita a los muertos en su voz.