Lenguas como fronteras

El mundo está lleno de tiranos con mentalidad fascista, tontos que ignoran a estas alturas que la lengua es un asunto personal, no una cuestión de estado o de gobierno.

Jesús Torbado

Aunque hoy sea difícil de abarcar, de ver, incluso de sentir, el espacio que ocupaba la antigua ciudad camboyana de Angkor es inmenso. El centenar de templos milenarios que sobrevive, recuperados de la ruina, del olvido y de la selva, merecen sin duda el esfuerzo de llegar hasta ellos. El viajero encontrará en torno a los largos muros de piedra una tropilla de personas, niños y mujeres en mayoría, que dedican su vida al penoso trabajo de arrancar las yerbas que crecen despiadadamente por todas partes: lo hacen a mano o con una modesta herramienta metálica, acuclillados o de rodillas. Cuando aparece un turista, corren muchos de ellos a saludarlo, a pedirle una moneda o a venderle una baratija. Es admirable su habilidad para entenderse con sus visitantes e incluso puede comprobarse cómo en media hora de atención acaban aprendiendo docenas de palabras y frases que les resultarán útiles para un posterior encuentro. En cualquier lengua. Atentísimo el oído, enseguida distinguirán de qué patria lingüística procede el forastero para poder entablar con él un contacto más amistoso que comercial, más de afecto y bienvenida que de interés.

Pero en Europa no parecen apreciarse mucho tales cortesías. Una ministra holandesa quiere imponer la obligación de que todo el mundo hable en holandés por las calles de su país. En pro de la armonía social, dice la idiota. En Bélgica mirarán con asco al ingenuo viajero si habla alemán en Valonia o francés en Flandes. En la Alemania profunda tuercen el gesto si empieza uno hablando inglés. El primer ministro totalitario del potente gobierno de Cataluña, Bargalló, ha resumido no hace mucho la política y la inteligencia de los suyos diciendo que la lengua no es cosa particular, personal y privada sino de la autoridad. En el hermoso pueblo de Bayona, Pontevedra, si el visitante se apunta a una visita guiada que patrocina el Ayuntamiento, descubrirá que sólo se realiza en gallego, como sólo en esa lengua están redactados los papeles informativos que le ofrecerá el muy rudo y maleducado guía que la ejerce. Sólo si apareces disfrazado de inglés, y con palabras de este idioma en los labios, el tipo acepta darte alguna respuesta. En la nación de Andorra, donde la mayoría de la gente habla castellano, las autoridades expulsaron de la calle el otro día a los funcionarios integrantes de un autobús que promocionaba los atractivos turísticos de Madrid porque todos los folletos que repartían, y previamente autorizados para hacerlo, no estaban escritos en catalán.

El mundo está lleno de tiranos con mentalidad fascista, al margen de las ideas políticas que aseguren defender o de la ideología que digan practicar, tontos que ignoran a estas alturas que la lengua es un asunto personal, no una cuestión de Estado o de gobierno. Y que la lengua es el elemento esencial de los hombres para comunicarse, para entenderse. Lo cual se puede hacer a trompicones afectuosos ante los wats de Angkor o con azucarado acento colombiano en los verdes campos de Gerona. Mas nunca sería como ofensa, como dardo envenenado, como opresión, como grito de ira, sino sencillamente porque la lengua de uno, y la del otro, y aun la mezcla de las dos, son sólo herramientas para comunicarse, para sentirse más próximos.

Si antes, no hace mucho tiempo, y todavía en muchos lugares hoy, las fronteras eran el rincón más desapacible e ingrato de las naciones, lugar ficticio, necio y resultado azaroso de la sangre y del fuego, ahora las furias de ciertos idiotas quieren que las lenguas se conviertan en barreras nuevas. Y es curioso que las coloquen, como en Bayona, como en Andorra, incluso aquellas personas que oficialmente se desvelan para atraer a los huéspedes (con el fin de sacarles los cuartos, claro, no de cubrirles de besos). Con lo cual se prevé mal futuro para el viajero honros ¿cómo vamos a estudiar un idioma imposible como el holandés para disfrutar de la belleza y las alegrías de las calles de Amsterdam? ¿Habrá que añadir un mapa lingüístico muy preciso para caminar por la actual Bélgica? ¿Es justo verse menospreciado o perseguido en Cataluña porque no se hable la lengua que el mandamás rotativo exige? ¿Habrá, en fin, que aprender las casi siete mil lenguas vivas del mundo antes de salir de viaje?