Leche de yegua, por Luis Pancorbo

La gracia de Kirguizistán es que se encuentra rodeado de países sin mar, en el centro de lo más lejos que se puede estar de las olas.

Mayo en España es cuando los trigos encañan y canta la calandria, según el Romance del Prisionero, pero en Kirguizistán es el mes de ir a cazar los cervatos en las montañas Argali. Sopla menos fuerte el viento de la estepa, y el aliento no parece convertirse en pequeños cristales. Es una primavera retrasada, y lo que queda, pero no importa; se ha esperado mucho el tiempo de volver a celebrar la vida y para eso nada mejor que beberse una buena copa de leche de yegua. Los kirguises lo llaman kumis (los mongoles, airag; vino blanco le parecía a Marco Polo). Es leche que se deja fermentar hasta que adquiere un cierto grado alcohólico.

El kumis procede de una leche brava, algo salada, más ligera que la de camella, cree uno. No hay ascos que valgan, aunque para eso un señor listo de la capital vende un refresco de kumis pasteurizado. Desde luego, no es lo mismo. El kumis natural constituye la bebida perfecta para viajar por el país y comprender las tradiciones de los nómadas, que llegan a su apogeo durante esta época, cuando emigran con sus manadas de caballos, y sus rebaños de ovinos, a los djailoo, los altos pastizales de la montaña.

La capital kirguisa es Bishkek (nombre del palo con el que se remueve la leche para hacer kumis). En tiempos soviéticos este lugar se llamaba Frunze, en honor a un antiguo comandante del Ejército Rojo. Frunze era un buen sitio para preguntar como Chatwin: "¿Qué hago yo aquí?". Aparte de que medio país, si no entero, estaba vedado a los extranjeros. A partir de 1991 ha habido libertad para viajar por una república que sigue teniendo costumbres ancestrales, y montañas que no se quitan el gorro de nieve todo el año. Sucede, por ejemplo, en Tian Shan, los Montes Celestiales, en el confín meridional con China. Pero en casi todos los sitios de Kirguizistán puedes ver cómo se elevan las montañas nevadas delante de tus narices, algo que impresiona sin llegar al efecto apabullante que producen las Montañas Rocosas en Canadá.

Le falta el mar al país, eso si se quiere perfección, que a veces es algo que rompe la armonía. La gracia de Kirguizistán es estar rodeado de países sin mar, en el centro de lo más lejos que se puede estar de las olas. De forma que todo se olvida en un lago como el Issyk Kul, bello y de color zafiro, aparte de que no se hiela, y de que ya no registra experimentos con torpedos de la antigua Unión Soviética para espanto de los bañistas que buscan sus aguas medicinales. Y ver un águila en el cielo.

Sin duda, un buen país para visitar, y si no para leer las novelas de Tchinghiz Aïmatov. Una de ellas, Djamilia, tanto le gustó a Louis Aragon que la tradujo y la prologó diciendo: "Es la historia de amor más bella del mundo". Un poco comprometido porque Aragon se atrevía a situar después de Djamilia a Werther, a Bérénice, a Manon Lescaut... Aïmatov murió el año pasado en Alemania a los 80 años y fue un escritor que llevó la sangre y la leche de yegua de su país al entendimiento de otras gentes.

El título de otra gran novela suya, Un día más largo que un siglo, es lo que nunca se hará verdad en ese país de apenas unos cinco millones de habitantes, donde el abanico étnico y cultural, el verdor de las estepas a partir de ahora, y la leche de yegua, dan un buen punto. "Todavía el mundo es joven y bello", decía Louis Aragon en el año 1959 al descubrir con entusiasmo Kirguizistán. Era el país donde hace medio siglo se podía exclamar: "Cómo nada se ha agotado, cómo todo puede hacer batir todavía el corazón de los hombres". Y aún late así.