Las tierras de Shangrilá, por Mariano López

Aquí, en estos valles descritos por Pedro Ceinos en "Shangrilá", hubo un tiempo en el que el cielo y la tierra estaban tan cercanos que las personas visitaban a los dioses casi a diario: andando, como los Gelao; gracias a sus alas, como los "hombres mariposa" de los Miao, o con una escalera, como los Dulong.

Mariano López

Los Nosu, también llamados Yi, son uno de los pueblos más aislados del planeta. Viven en Lianshang, al suroeste de China, tan lejos de Pekín como Tombuctú o Dakar de Madrid. Protegidos por elevadas cumbres, arriesgados caminos colgados sobre precipicios, el frío, la nieve y su fama de temibles guerreros, los Nosu han vivido ajenos al mundo durante siglos, tan ajenos como para permitir que la literatura y, posteriormente, el cine sospecharan que en sus valles inaccesibles se encontraba un reino único donde el hombre convivía felizmente con sus vecinos y con la naturaleza, el último y más cierto de los paraísos: la tierra de Shangrilá. El mito de Shangrilá se extendió por el mundo gracias al cine, a una película de Frank Capra titulada Horizontes perdidos . En la pantalla, un diplomático británico y tres amigos norteamericanos vuelan desde la India hacia el Tíbet cuando se ven obligados a aterrizar en un lugar impreciso, rodeado de montañas cubiertas de nieve, del que son recogidos por los habitantes de Shangrilá, un valle donde la gente vive en paz y armonía bajo la dirección de una casta sacerdotal y no existen la infelicidad ni el envejecimiento. Cuando los cuatro occidentales abandonan, por decisión propia, este paraíso, recuperan la velocidad del tiempo exterior y, antes de perder de vista las montañas, envejecen y mueren. Horizontes perdidos se basa en la novela de James Hilton, quien a su vez se inspiró en las publicaciones del botánico Joseph F. Rock sobre el reino lamaísta de Muli y las costumbres de los Naxi de Lijiang. El mito tenía una base sólida: hay lugares ignorados donde el tiempo parece detenido y el hombre aún se guía por una antigua, ecológica y en apariencia feliz moralidad. La historia estaba emparentada, además, con otros mitos antiguos, como Shambhala, la fuente de la sabiduría eterna de los antiguos budistas, o la Kalapa hindú, que aloja a los inmortales en el Himalaya. Así que la idea de Shangrilá, un lugar perdido junto al Himalaya que rezuma felicidad, fue un éxito. El presidente Roosevelt llamó Shangrilá a su residencia de verano en Camp David. Otros muchos incluyeron el mito entre sus sueños e incluso se atrevieron a señalarlo como hipótesis en un mapa. En 1997, el gobierno de la provincia china de Yunnan declaró que el lugar descrito como Shangrilá en Horizontes perdidos se encuentra en su territorio: en Diqing, en los límites con la región autónoma del Tíbet, en el exacto lugar del que nos habla el español Pedro Ceinos en su libro, recién publicado, Shangrilá, viaje por las fronteras chino tibetanas (Miraguano Ediciones).

Pedro Ceinos reside en China desde hace muchos años. Habla y escribe perfectamente chino mandarín y ha publicado varios libros, entre otros una historia breve de China y un manual de escritura de los caracteres chinos (Miraguano Ediciones). Vivió en Pekín y tiene casa en Kunming. Ha tenido la suerte de contemplar de cerca el asombroso cambio de un país casi hermético para los occidentales cuya imparable velocidad de transformación ha llegado, ya, hasta los valles de Shangrilá. Perezoso, urbano, miope, poco viajero -así se describe en este libro-, Ceinos justifica su viaje por el vértigo y la atracción que le producen los lugares inaccesibles y remotos, su interés por las minorías y un comprensible anhelo por encontrar gentes y costumbres que te enfrentan a nuevas preguntas, otros misterios. En este libro narra su viaje por el territorio de los Nosu, el citado reino lamaísta de Muli, el Lago Lugu, hogar de los desconocidos Moso, las ciudades de Dali y Lijiang, y Zhongdian, donde el gobierno chino sitúa el lugar del paraíso de Horizontes perdidos. Es un libro fascinante, que nos acerca a un mundo de mitos al borde de la desaparición, y es un libro único porque es sincero, directo, claro, con más dudas que certezas y una mirada curiosa y emocionada, propia del mejor de los viajeros.

En Shangrilá , Ceinos nos acerca a la tierra de los únicos hombres que creen en un dios al que nunca rezan, porque saben que odia a la humanidad. Nos lleva, también, a la región impenetrable de las tribus que veneran la piedra blanca; al matriarcado de los Moso, donde aún se practica el matrimonio de visita, y a la capital de la ruta del té, Lijiang, bañada por las aguas de la Montaña del Dragón de Jade. Aquí, en estos valles, hubo un tiempo en el que el cielo y la tierra estaban tan cercanos que las personas visitaban a los dioses casi a diario: andando, como los Gelao; gracias a sus alas, como los hombres mariposa de los Miao, o con una escalera, como los Dulong. Éstas son las gentes y la tierra de Shangrilá, un lugar al que ir, un pretexto, dice Ceinos, para intentar ver más allá de la estela de nuestros pasos. Ya se decía en la película: cada uno tiene un Shangrilá en el corazón. Hasta ahí viaja este libro: hasta el territorio donde se agitan las emociones, donde comienza o termina todo viaje que busca la felicidad, el cielo en la tierra, que es lo que significa Shangrilá.