Las semillas mágicas del doctor Chong, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

La leyenda dice que entró una mujer en silla de ruedas en su consultorio y salió cimbreando las caderas

A las ocho y media de la mañana el calor ya derrite el asfalto en La Habana. Más del ochenta por ciento de humedad. El doctor Chong camina despacio, apoyado en un bastón, bandolera a la cadera con sus útiles, tan cuidadosamente como modestamente envasados. Agujas de acupuntura, rodillos magnéticos, semillas de una planta china, algunos jarabes de contenido ignoto, aceites y pomadas con olor a mentol... El más conocido es el bálsamo de tigre, que hace desaparecer las cefaleas y los dolores musculares. Made in China. También una pócima de veneno de serpiente, de origen vietnamita, que no puede entrar en contacto con heridas y es milagrosa con los dolores más persistentes.

Sube los peldaños de la casa cubierto con una gorra de pelotero.Y sonríe, siempre sonríe. Enjuto, pequeño, tal vez disminuido por el peso de los años, se quita el tocado y se refresca la cara con una toalla pequeña, siempre a mano en su cartera castigada por el tiempo. Ochenta y tres años, presumido como un adolescente en época de caza. Pelo blanco abundante, colocado con tal esmero que nunca aparece un cabello desubicado.

Habla un castellano inteligible como si fuera un niño imitando a un chino. No se le entiende, pero se le comprende. Ochenta y tres años, entero, solo lastimado por una caída que el define como "tonta" que desgarró los ligamentos en su unión con la rodilla. "A esta edad ya no es posible empatarlos -confiesa sin amargura-. Me arreglo bien con el bastón". El padre del doctor chino vino de China en los años 20 del siglo pasado. Llamado por un familiar que tenía restaurante y bodega en Camaguey. Allí nació la familia. Negocios sucesivos en distintas ciudades de Cuba. Siempre exitosos, siempre relacionados con la comida. Al final, el doctor Chong vino a parar a La Habana para estudiar Medicina. Y aquí sigue, después de haber descifrado los misterios de la medicina china, primero en el hospital Naval y luego en distintos centros de salud. Profesores chinos y vietnamitas. La solidaridad en Cuba siempre ha sido de ida y vuelta. Te pide que te desnudes el torso. Te sienta en un taburete y empiezan las manipulaciones esotéricas, firmes, acompasadas, constantes. Te interroga con monosílabos sobre la evolución de las dolencias musculares. La leyenda dice que entró una mujer en silla de ruedas en su consultorio y salió caminando como una adolescente, cimbreando las caderas como solo hacen las mujeres cubanas. El ungüento y las fricciones enérgicas dejan un efluvio en la habitación. Me recuerda el olor de los vestuarios cuando era niño. Termina la primera fase y extrae de su macuto un rodillo que dice que es magnético. Quince largos minutos de rodamiento por la espalda y por el cuello. Luego agarra con fuerza la base del cuello y pide que lo relajes mientras lo retuerce hasta que traquetea. Un pequeño mareo que advierte que es normal por la reactivación de la circulación en la cabeza.

Me pide que me despoje del pantalón. Se sienta en el suelo y manipula las rodillas en busca de algún fallo, por mínimo, en las articulaciones. De nuevo fricciones, siempre en silencio, siempre constantes, siempre enérgicas. Hay que proteger las rodillas contra el sobrepeso. Avanza la liturgia. Es un sacerdote laico para el que cada movimiento forma parte de una ceremonia. Silencio. Llega la hora de promover la relajación y abatir el estrés. Con cuidado, desenvuelve un lienzo con células. Es el santuario de sus secretos. Agujas finísimas, diminutas tachuelas de acero imantado y las semillas. Cada cosa tiene su función, pero no he podido desguazar sus utilidades.

Selecciona una semilla y busca en el interior de mi oreja, con los dedos, el punto adecuado. La aprieta con fuerza. Y la cubre con un diminuto trozo de esparadrapo. Así durante diez largos minutos. Me interroga sobre la dieta. Insiste una vez más en que hay que cenar vegetales. Nada de proteínas ni hidratos de carbono. Me interroga sobre la evolución del peso corporal y sonríe pronunciadamente. Está satisfecho.
Le acompaño hasta la puerta y le pregunto por su familia. Cortesía oriental. "Volveré el próximo jueves, a la misma hora", me dice con solemnidad. Le llamo doctor con respeto. Le observo descender la escalera, macuto a la cadera, apoyándose en el bastón. Yo también le sonrío. Adoro al doctor Chong. Ya tengo deseo de verle de nuevo.