Las ruinas de la mítica Petra, por Javier Reverte

La ciudad de Petra merece la expresión de lugar único; esto es, no existe nada parecido en el mundo, al menos que yo haya visto.

Javier Reverte

Después de unos cuantos años de trotamundear, las piedras antiguas, los restos de viejas ciudades o templos me han llegado a abrumar. A mis amigos les digo que tengo "empacho de piedras", una enfermedad que, entre otros síntomas, se manifiesta cuando no entiendes nada de lo que te explican los guías. Me explico: vas, por ejemplo, con un grupo de turistas a visitar los restos de un ágora romana y el guía te va explicando que en tal lugar se alzaba un templo, como lo demuestra la colocación de la base de las columnas, de las que no quedan más que algunos pedazos. Yo miro y no lo veo mientras que, a mi alrededor, los otros visitantes asienten con una abrumadora seguridad. De modo que, para librarme de complejo de tonto, he preferido bautizar mi impericia como "empacho de piedras". Y procuro evitar ese tipo de actividades turísticas.

A estas alturas de mi vida, creo que son pocas las maravillas del arte humano que no conozco. Si he de ser sincero, pocas me han dejado una honda emoción. Creo que, junto con algunas pinturas memorables que admiro en los museos de Roma, Nueva York, Madrid y París, sólo han quedado hincados en mi sensibilidad emocional las ruinas mayas de Tikal, los soldados de terracota de Xian, la Acrópolis ateniense y la ciudad de Pompeya. Lo demás transita liviano por mi memoria viajera. Hace poco viajé a Ammán y numerosos amigos me insistieron en que visitase las ruinas de Petra. Yo me resistía, aludiendo que, para ruinas, ya tengo bastante con las mías. Me argumentaban entonces que existen pocos monumentos como los de la ciudad enclavada en el desierto, y yo les refutaba diciendo que, para monumentos, basta salir en la primavera madrileña a la calle y mirar a las muchachas en flor. Pero no cejaban.

Así que, llegado a Ammán, alquilé un taxi para que me llevase a la ciudad de los nabateos, civilización prerromana que tuvo una de sus capitales en Petra. El viaje fue largo -más de tres horas de ida y otras tantas de vuelta-, y mientras cruzaba las tierras abrasadas y cenicientas del desierto jordano, me preguntaba por qué narices había cedido a la insistencia de mis amigos. Sin embargo, después de haber recorrido la necrópolis y templos de la ciudad, pienso que nunca les agradeceré bastante su consejo. Con Petra puede utilizarse la expresión tópica de que se trata de un lugar único, esto es: no existe nada parecido en el mundo, al menos que yo haya visto.

Lo primero de todo es su geografía, que resulta sobrecogedora. En medio del desierto se alza un circo de altas montañas, inexpugnables para un ejército bien pertrechado, que rodean un extenso valle. Desde allí, los nabateos controlaban a las caravanas que venían de Oriente, cobrándoles altos tributos por los caminos cercanos a su urbe. Si había resistencia, las asaltaban, robaban y se refugiaban en aquel valle invulnerable, al que sólo se podía entrar por estrechos cañones de piedra en donde era sencillo, con pocos hombres, organizar una emboscada. Justamente en esos pasos de montañas y en los espacios que se abrían entre los cañones, los nabateos construyeron sus templos y sus enterramientos solemnes, aprovechando las formaciones de la piedra. Los romanos, cuando conquistaron la ciudad, sólo lograron hacerlo cortándoles a los nabateos el suministro de agua que llegaba a la urbe por un ingenioso sistema de canales y acequias.

Hoy, cuando los recorres, tienes la impresión de estar viendo en vivo un decorado cinematográfico o visitando espacios que han inspirado novelas de ciencia ficción o de aventuras como Tarzán y la ciudad perdida, de Edgar Rice Burroughs.