Las mañanas de Menorca, encapsuladas en el tiempo, por Carlos Carnicero

Una ley no escrita prohíbe las algarabías en Mahón, es una comunión entre los habitantes y los forasteros.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Desde el balcón observo el suave movimiento de los veleros y las motoras buscando la bocana del puerto de Mahón. Agosto es el mes más agitado, pero invariablemente tranquilo en una isla que no quiere sobresaltos. Sobre todo, lo esencial para los menorquines es conservar el equilibrio de una vida que no la altera el turismo ni las inmobiliarias. No son, en general, simpáticos, pero no como elemento de rechazo sino de control de lo foráneo. Amables, sin aspavientos. Te tienes que ganar su respeto por repetición, hasta que se aseguran que no quieres violar sus códigos con imposiciones externas.

Gonzalo fuma su segundo puro leyendo L''Espress y los periódicos del día anterior. Lo hace con consecuencia, porque los compra al mediodía y quiere exprimirlos con el zumo de naranja de la mañana. En Menorca importan las noticias, no cuándo sucedieron. Saca partido a cada inhalación de su habano y a cada segundo de su existencia entrañable. Gonzalo es viejo amigo de los tiempos de Toldería. Algunos de ustedes saben que me refiero a aquel oasis de libertad que sobrevivía a las censuras de los últimos años del franquismo, camuflando las soflamas en las notas del altiplano y los ritmos del Río de la Plata. Toldería se escondía en Madrid, debajo del viaducto, para que no lo descubrieran los que no estaban elegidos. Nostalgia sin amargura; siempre vibrando en la memoria.

Gonzalo y Orbe, su mujer, preparan los útiles del barco para prevenir todo tipo de tormentas: jamón en lonchas finas y raciones generosas; conservas del norte, las mejores del mundo: anchoas, navajas, almejas... Y vino blanco frío. Y un poco de melón de piel amarilla, que sea de Menorca. No hay prisa porque cada momento es tan importante como el sucesivo. Gonzalo tiene una agilidad sorprendente para subirse y bajarse del cómodo y comedido barco. Bucea con un cuchillo e inunda la cubierta de erizos. Solos, crudos, sin siquiera limón: son la antesala del almuerzo. Vino blanco y seco; y como preludio, un gin tonic.

El viento es del norte y buscamos una cala en el sur. Navegando justo el tiempo para llegar a ella. El ancla atrapa la roca. El mar está en calma, con breve balanceo que nos cimbrea las caderas mientras damos cuenta del aperitivo. Densidad de humanos transpirable para nuestro deseo de disfrutar de nosotros mismos en la soledad compartida a la que nos hemos hecho acreedores por nuestro cariño.

A Niurka, mi mujer, el agua le parece helada porque está contaminada por los hábitos del Caribe. Pero se lanza desde cubierta con decisión de combatiente. Discurre la tarde. Silenciosa, apacible, sosegada. Levamos anclas y enfilamos al puerto cuando ya empieza a caer la noche. El día no ha hecho más que empezar. No hay bullicio en los muelles ni en los restaurantes que bordean las orillas del puerto. Una ley no escrita prohíbe el ruido y las algarabías en una comunión entre los habitantes de Mahón y los forasteros que busca las esencias de la isla en la oposición de los moradores a cualquier modificación de su estatus. Viven al margen del bullicio de Ibiza o de la compostura de Mallorca. Y en estas convicciones de calma radica la profundidad del encanto de la isla. Menorca me recuerda, no en el paisaje, a Cadaqués por la conjura de sus moradores a sustraerse del exceso de modernidad y de los cambios de tendencia en sus hábitos existenciales. Nadie se mata por un euro y nadie pierde la vida por aliviar una conversación: el tiempo es tan valioso en estos hemisferios que nadie quiere acelerarlo.

En el horno levita un san pedro. Un pez de aguas locales enjuto, prieto, sabroso; como teloneras de este concierto de los sentidos, unas gambas rojas. Hemos acudido a la cooperativa de pescadores, a la lonja, para tomarlos recién pescados. Orgullo de productos locales. Otra vez una conversación inteligente alrededor de botellas de vino que se suceden con una cadencia rigurosa hasta la hora del sueño. Gonzalo enciende otro habano.

Estoy estresado con la idea de volver a Madrid. El resto de mi existencia está suspendido en una calma tan intensa que me asusta. A veces creo que estoy sumergido en un sueño del que me despertará una declaración de Mariano Rajoy o de cualquiera de sus ministros de jornada. No me atrevo a besar el suelo del aeropuerto antes de emprender el regreso por si me toman por un poseído. La próxima vez lo haré. Menorca, sin duda, es tierra santa. De la buena.