Las fiestas de la vergüenza turística por Jesús Torbado

Casi todo el Senado apoyó las carnicerías festivas: todas, cualquiera que fuese el animal torturado, con la violencia y saña que fuere.

Jesús Torbado

Acababan apenas de desvanecerse los fuegos artificiales en los cielos de media España; en los arenales, en los adoquines, en los prados ni siquiera se habían secado del todo los chorros de sangre valientemente sembrada por mozos y mozas alegres, sangre de otros, claro; resonaba todavía el eco de los mugidos de dolor de cientos de animales torturados en público para regodeo de turistas anhelantes, de borrachuzos felices y de toda una panoplia de patriotas que siguen confundiendo el amor a su tierra con la entrega a sus más bárbaras invenciones.

Entonces, digo, en la última semana del mes de septiembre, los honorables miembros (y miembras, desde luego) del Senado de la nación rechazaron una propuesta que de un modo muy modesto intentaba reducir el maltrato a animales durante lo que insisten en llamar fiestas populares, y muy particularmente en aquellas que portan la medalla de Interés Turístico, tanto Nacional como Internacional. Por esos grados de Interés se consigue promoción gratis (o sea, pagada por los contribuyentes), subvenciones y otras socaliñas.

El proponente, senador Josep María Esquerda, pedía sólo que desaparecieran tales ventajillas, aunque sólo para las sesiones de tortura pública de reciente invención. Las clásicas, las de "toda la vida", podían seguir viento en popa con toda su panoplia de atrocidad: es decir, el desdichado Toro de la Vega alanceado por la multitud en la localidad vallisoletana de Tordesillas, los toros embolados, enmaromados, ahogados, acuchillados en cualquier rinconcejo de España, becerradas sanguinarias como las del municipio valenciano de Algemesí, a puñalada limpia (sucia), encierros estúpidos y psicópatas... Todo eso estaba ya sacralizado, despenalizado, aplaudido.

Pues bien, la gran mayoría de individuos a los que pagamos el inmerecido asiento en el Senado, de derechas, de izquierdas y del medio, votaron en contra. Casi todos apoyaron ignominiosamente las carnicerías festivas: todas ellas, todas, cualquiera que fuese el animal torturado, donde fuere, con la violencia y saña que fuere. Hubo muy pocos senadores que se avergonzaron de tal rechazo, muy pocos; sólo algunos catalanes supieron mostrarse dignos. Al igual que cuando los reporteros entrevistan en directo a quienes aplauden y jalean con alborozo los repugnantes espectáculos: todos a favor, sí.

¿Argumentos en beneficio de esos crímenes que incluso se atreven a llamar cultura? Son tradiciones populares (pero algunas no tienen ni cinco años), como si toda tradición fuera honorable por sí misma: rebanar el clítoris a las niñas africanas, cortar la mano al pequeño descuidero árabe, ensangrentar varias hectáreas de mar en las islas Feroe (Dinamarca, oiga) para "hacerse hombres" acuchillando delfines... ¡Ah, tradiciones santísimas, venerables, esencia del espíritu de nuestros abuelos! Lo mismo que quienes proclaman que el toreo es arte, según demostraron Goya y Picasso. El primero pintó estupendísimas torturas horribles y no menos el segundo, con su Guernica a la cabeza, asuntos muy justificables y dignos de aplauso porque esos genios los pintaron...

Mas los eximios senadores incluso sacaron a colación otro argumento irrebatible: a esas bestiales torturas públicas asisten turistas, gente que bebe, come y gasta, incluso personajes famosos si la sangre resulta abundante. Faltaría más: nada tan sagrado como esa calderilla que tintinea sobre la risa brutal de la masa ante los lances de la muerte. El Estado debe apoyar todo eso, claro, el Estado ciego, pétreo, criminal. Algunos decidimos no votar jamás a nadie para que se adorne con la despreciable insignia de senador de España.