Las ciudades pesebre, por Jesús Torbado

Luis Torbado

El turismo gastronómico, de altura o a ras de suelo, ha dejado muchos placeres a los viajeros y no pocos beneficios a los que viven de dar de comer al hambriento. Hay gente que, como el ilustre historiador y olvidado político Ricardo de la Cierva, cada vez que tenía que reparar un disgusto o celebrar una hazaña, se montaba en un avión y se largaba a París a cebarse del mejor caviar en la Maison de su nombre. Y gente existe que dedica un fin de semana a la carretera para devorar un botillo en Ponferrada, unas anchoas en Santoña o unas gambitas en Huelva. Y todo tal cual, es decir sin la intervención de manos sacamantecas de la alimentación cual Ferrán Adriá y otros tantos colegas de los precios cósmicos. Todas esas variantes y otras pertenecen en efecto al turismo gastronómico, sí, uno de los más jugosos y alegres. La gente viaja para ver la exposición de Da Vinci en Bruselas y también para echarse al coleto una fabada en Gijón.
Atentos al parche y al euro soberbio, ediles e industriales de cientos de pueblos y urbes de Europa han arrancado la costumbre de convertir honorables calles y plazas en abrevaderos y pesebres de sesión continua. Tal uso asciende cada ciclo solar y se amplía como sunami rabioso. No se trata ya de las clásicas terrazas para tomarse un refresco, aunque también éstas invaden los espacios públicos de manera cada vez más agresiva, sino del despliegue de auténticos restaurantes -de baja calidad, eso sí- que ya inundan losetas y adoquines.
Toda la costa oriental del Adriático, es decir, las preciosas villas que pertenecen hoy a Croacia y Montenegro son un inmenso comedor industrial que despacha por millones cada día pizzas de calidad todo a cien -y poco más-. En lugares tan nobles como Dubrovnik, Split o Kotor apenas es posible pasear, pues calles y plazas están ocupadas hasta el agobio por mesas y sillas. Lo de la higiene pública y el choque de olores es cuestión de segundo rango en esta protesta, pues lo que el viajero pierde es la visión natural de monumentos singulares y destacados urbanismos. Todas las costas mediterráneas sufren ya este agravio en mayor o menor abuso, desde Tel Aviv hasta el Algarve, y probablemente todo el mundo se siente satisfecho de la ingeniosa y comercial situación. Como se deduce viajando incluso por los bellos pueblos lluviosos de Bretaña, de Normandía, o por la gloriosa La Rochela. Y como la clientela abunda, ahí aparecen las plazas mayores de Madrid y de Salamanca, o la veneciana de San Marcos, por no citar a todas, convertidas también en grandes y multitudinarios pesebres al aire libre.
Por fortuna, ciudades más sensatas se defienden por ahora del obsceno agravio. El Amsterdam, que ya huele a marihuana y a otros pecados a 20 kilómetros de distancia, ha llenado su calle Dam de chiringos bajo techo, gastronómicamente tan funcionales como infames, pero preserva vacía su legendaria plaza. Ni la suntuosa Grand Place de Bruselas ni las de muchas otras grandiosas ciudades de Flandes, de Holanda y del norte de Francia entregan hoy su virginidad arquitectónica a la cuenta de resultados, aunque calles aledañas sean también pasadizos de alimentación (tal la clásica Bouchers -de los Carniceros- belga), pero más o menos encerrados en sí mismos, delimitados y ya clásicos. El bullicio gástrico-nocturnal del Trastévere romano no se extiende de momento a las plazas de España y Navona. Ni se desborda en Atenas el barrio de Plaka o caen sobre el apacible Tajo los comedores lisboetas de Chiado (pero sí sobre el Duero en Oporto).
Quien se contenta con ese romanticismo pimpinelo de la velita encendida al lado mismo del tubo de escape del autobús urbano y de los neumáticos del todoterreno deslocalizado obtiene su propio placer turístico, nadie se lo niega, mas priva a los viajeros auténticos de la contemplación de otra realidad más estable y más pura. Cuando una ciudad o un pueblo se convierten en comedero masivo, en pesebre general, cambia su intocable espíritu por el buen negocio de los menudillos al descubierto.